Agrietar.

Agrietar.

• MINIFICCIÓN •

La última guerra.

Victoriano Alejandro Ordorica

No obstante los millones de años luz pasados, los astros en sus cuitas espaciales aun la recuerdan. A uno de ellos, que lucia la esclavitud circundante impuesta por un anillo de mágicos resplandores, le oi decir: nació del cosmos y la amamantaron las estrellas. Cuando niña conoció la tranquilidad pero ya adolescente la carimarcaron con bombas. De adulta en su piel sintió el terrible ardor de la explosión nuclear, pero más le dolió la incomprensión y el odio. Murió resquebrajada y con decepción profunda. Desde su muerte el día no existe pues la tristeza enfrió el sol. Siempre hay noche, luto eterno, negro terciopelo pegado a aire. Eso hizo el hombre con la Tierra —acabó diciendo entre los sollozos que caían de su cielo.

¿Por qué somos así?

¿Por qué somos así?

«La vida camina hacia las utopías. Y quizá comience un nuevo siglo dónde los intelectuales y la clase cultivada soñarán con los medios de evitar las utopías y con volver a una sociedad no utópica, menos perfecta y más libre».

Nikolái Berdiáyev.

Mundos Distópicos

Ascenso del pez dorado
Michael Cheval

Pop Culture Dystopia
Filip Hodas

Sanctuarium
Dariusz Sawadzki

Death Lilies
Boti Harko

The Revolution
Marton Zoltan Toth

Quinine is Medicine
Jamie Baldridge

Geometrías Inexorables.

Geometrías Inexorables.

«De niño me había criado en el jardín de infantes del hospital, ahorrándome así todos los peligros psicológicos de una vida familiar físicamente íntima (para no mencionar los riesgos, estéticos y no estéticos, de una higiene doméstica compartida). Pero lejos de estar aislado, me encontraba rodeado de compañía. En la televisión nunca estaba solo. En mi cuarto me entretenía durante horas jugando alegremente con mis padres, que me miraban desde la comodidad de sus casas y alimentaban mi pantalla con un sinnúmero de juegos de video, dibujos animados, documentales sobre la vida silvestre y seriales de sagas familiares que en conjunto me abrieron el mundo».

Unidad de cuidados intensivos,
James Graham Ballard.

El @#$&+ oído occidental.

El @#$&+ oído occidental.

«—¿Está viva?
Blackett se rio.
—Mi querido Hamilton, por supuesto que no ¿Cómo podría estarlo?
—Entonces ¿de dónde recibe los nuevos materiales? ¿Del suelo?
—Del aire, aunque aún no lo sé, por supuesto, pero me imagino que sintetiza rápidamente una forma alotrópica de óxido ferroso. En otras palabras, un reordenamiento puramente físico de los elementos del óxido. —Blackett se acarició el espeso bigote cortado a cepillo y contempló la estatua con una expresión de ensueño—. Musicalmente es bastante curiosa, un horroroso compendio de casi todas las malas notas jamás compuestas. La estatua debe de haber sufrido un grave trauma sónico en algún lugar. Se porta como si hubiera estado durante una semana en un patio de maniobras del ferrocarril».

Venus sonríe,
James Graham Ballard.

A un dólar el metro.

A un dólar el metro.

«—La ciudad ha estado siempre aquí dijo el cirujano—. No exactamente estas mismas vigas de hormigón y estos mismo ladrillos, sino que antes hubo otros distintos. Usted acepta que el tiempo no tiene principio ni fin. La ciudad es tan antigua como el tiempo y continua con él.
—Alguien colocó los primeros ladrillos —insistió M—. Se conoce como la Fundación.
—Un mito. Sólo los científicos creen eso, y ni siquiera ellos le hacén demasiado caso. La mayoría admite en privado que la Primera Piedra no es más que una superstición. Defendemos esa historia por conveniencia, y porque nos da un sentido de tradición. Es evidente que no pudo haber un primer ladrillo. Si lo hubiera, ¿cómo se puede explicar quién lo puso y, lo que es más dificil, de dónde vino quien lo puso?
—Tiene que haber espacio libre en alguna parte —le dijo M con obstinación—. La ciudad debe tener límites».

Ciudad de concentración,
James Graham Ballard.

Todo se desvanece rápidamente.

Todo se desvanece rápidamente.

«Axel asintió, sonriendo interiormente ante la tentativa de su mujer para tranquilizarle. La entonación con que ella había pronunciado la palabra “todavía” revelaba su propio conocimiento del próximo fin. De hecho, restaba una escasa docena de flores de los cientos que habían crecido en el jardín, y en su mayor parte eran tan sólo capullos. Solamente tres o cuatro habían alcanzado la plenitud. Cuando caminaban hacia el lago, Axel trataba de decidir si debía arrancar primero las flores desarrolladas o dejarlas para el final».

El jardín del tiempo,
James Graham Ballard.