Sucumbir.

Sucumbir.

• MINIFICCIÓN •

Terror.

Cristian Garzón

Al intentar ponerse los zapatos, siente una cola viscosa en su interior y los arroja. Al cepillarse ve sus dientes alargados y lanza el cepillo contra el espejo. Llega a la oficina, ordena el escritorio: los lápices, el retrato de su hijo, su agenda y la cinta adhesiva. Pasa los dedos para quitar el polvo, pero miles de patas grises pisan sus manos, suben por su rostro, dejan huellas de barro en todo el lugar. Llega a su casa, se seca las gotas de sudor en la frente, introduce la llave con lentitud. Quiere contarle todo a su esposa. Quizá deba ir a psiquiátra pronto. En el cuarto una gigantesca rata detiene la lectura y lo saluda agitando sus garras. Resbala en las escaleras. Patea la puerta. Corre sin detenerse. Se introduce en la alcantarilla.

Espectro del miedo.

Espectro del miedo.

«—¡Permítame explicarme! El miedo (y hasta los hombres más intrépidos pueden tener miedo) es algo espantoso, una sensación atroz, como una descomposición del alma, un espasmo horroroso del pensamiento y del corazón, cuyo mero recuerdo provoca estremecimientos de angustia. Pero cuando se es valiente, esto no ocurre ni ante un ataque, ni ante la muerte inevitable, ni ante todas las formas conocidas de peligro: ocurre en ciertas circunstancias anormales, bajo ciertas influencias misteriosas frente a riesgos vagos. El verdadero miedo es como una reminiscencia de los terrores fantásticos de antaño. Un hombre que cree en los fantasmas y se imagina ver un espectro en la noche debe de experimentar el miedo en todo su espantoso horror».

-El miedo

Guy de Maupassant.

En el nombre del Padre.

En el nombre del Padre.

«’Es un maricón’, y se extendió en la descripción del incidente, su llegada al reclinatorio, el comienzo de la confesión, la soledad de la iglesia, la voz del cura sonando hueca en el fondo y luego su mano apoyada en el muslo de Alberto. Le había agarrado el muslo, sin-ton-ni-son, inesperadamente, le había mandado la mano al sexo, narró mi hermano. Dijo entonces que se había levantado bruscamente del confesionario y le había soltado al cura la única frase que se le ocurrió: ‘¡No sea maricón!’».

-Las causas perdidas

Óscar Collazos.

Presagio maldito.

Presagio maldito.

«—¡Federico! —oí la voz traspasada de emoción de mamá— ¿sentiste?
—Sí —respondí, deslizándome de la cama—. Pero ella oyó el ruido.
—¡Por Dios, es un perro rabioso! ¡Federico, no salgas, por Dios! ¡Juana! ¡dile a tu marido que no salga! —clamó desesperada, dirigiéndose a mi mujer—.
Otro aullido explotó, esta vez en el corredor central, delante de la puerta. Una finísima lluvia de escalofríos me bañó la médula hasta la cintura. No creo que haya nada más profundamente lúgubre que un aullido de perro rabioso a esa hora. Subía tras él la voz desesperada de mamá. ¡Federico! ¡Va a entrar en tu cuarto! ¡No salgas, mi Dios, no salgas! ¡Juana! ¡dile a tu marido!…
—¡Federico! —se cogió mi mujer a mi brazo.
Pero la situación podía tornarse muy crítica si esperaba a que el animal entrara, y encendiendo la lámpara descolgué la escopeta. Levanté de lado la arpillera de la puerta, y no vi más que el negro triángulo de la profunda niebla de afuera. Tuve apenas tiempo de avanzar una pierna, cuando sentía que algo firme y tibio me rozaba el muslo: el perro rabioso se entraba en nuestro cuarto. Le eché violentamente atrás la cabeza de un golpe de rodilla, y súbitamente me lanzó un mordisco, que falló, en un claro golpe de dientes.
Pero un instante después sentía un dolor agudo.
Ni mi mujer ni mi madre se dieron cuenta de que me había mordido».

–El perro rabioso

Horacio Quiroga.

Hirsuto.

Hirsuto.

«—Mi enanito se está haciendo el desobediente —gritó la infanta—. ¡Levántenlo y díganle que baile!
Los caballeros sonrieron entre sí y entraron sin prisa. Al llegar junto al enanito, don Pedro se inclinó y lo golpeó suavemente en la mejilla con su guante bordado.
—Baila ya, petite montre —dijo—. La infanta de España y de todas las Indias quiere que la diviertas.
Pero el enano permaneció inmóvil.
—Habrá que hacer venir al verdugo —dijo enojado don Pedro.
Pero el chambelán, que miraba la escena con rostro grave, se arrodilló junto al enanito y le puso la mano sobre el corazón. Después de un momento se encogió de hombros y levantándose, hizo una profunda reverencia a la infanta diciendo:
—Mi bella princesa, tu enanito no volverá a bailar. Y es lamentable, porque es tan feo, que con seguridad habría hecho reír al propio rey.
—¿Y por qué no volverá a bailar? —Preguntó la infanta con un aire de decepción.
—Porque su corazón se ha roto —Contestó el chambelán.
Y la infanta frunció el ceño, y sus finos labios se contrajeron en un delicioso gesto de fastidio.
—De ahora en adelante —exclamó echando a correr al jardín—, procura que los que vengan a jugar conmigo no tengan corazón».

-El cumpleaños de la infanta

Oscar Wilde.