El Espantajo.

El Espantajo.

En el árbol de mi pecho / hay un pájaro encarnado. / Cuando te veo se asusta, / aletea, lanza saltos. / En el árbol de mi pecho / hay un pájaro encarnado. / Cuando te veo se asusta, / ¡eres un espantapájaros!

En el árbol de mi pecho, Gloria Fuentes.

Alberto Aragón Reyes

Espantapájaros

Espantapájaros Guía
Alberto Aragón Reyes
Espantapájaros Mago
Alberto Aragón Reyes
Espantapájaros Águila
Alberto Aragón Reyes
Espantapájaros Simbólico
Alberto Aragón Reyes
Espantapájaros de la Dualidad
Alberto Aragón Reyes
Espantapájaros Reflejo del Cielo
Alberto Aragón Reyes
Espantapájaros Nocturno
Alberto Aragón Reyes
Espantapájaros Chamán
Alberto Aragón Reyes
Espantapájaros del Olvido
Alberto Aragón Reyes
Espantapájaros de la Sombra
Alberto Aragón Reyes
Piar.

Piar.

«El Espantapájaros había contemplado muchas noches la lección de las estrellas, había observado la labor diaria del hombre en los sembrados, había escuchado atentamente el canto de todos los pájaros de su comarca, había sufrido la cólera de los vientos, la inclemencia de la lluvia y el ardor del sol; todo esto fue dándole comprensión y sabiduría, lo cual resultaba en beneficio de las avecillas, pues a todas le permitía llevar algunos granos para su sustento y abastecer los nidos donde piaban sus polluelos».

El espantapájaros,
Fernando Lujan.

Crascitar.

Crascitar.

«Esa misma noche se da a la tarea de clavar al muñeco en medio del campo de cultivo. Devuelve sus pasos de entre los sembradíos sintiéndose temeroso, siente que el muñeco cobra vida y sigue sus pisadas, gira rápidamente alumbrando con una linterna al espantajo. La figura sigue en su lugar, íngrima, con su alargado gesto. Solo el frío viento de la noche mecía las telas desgarradas de su vestimenta».

Espantapájaros,
Pedro Luna Creo.

Graznar.

Graznar.

«Era, sin duda, un atípico espantapájaros, sin ramas secas que sostuvieran su cuerpo de paja —pues no hay ramas muertas que tengan ese color marfileño—, ni botones a modo de ojos. Una calabaza labrada el Día de los Muertos, Dios sabe hace cuantos años, le brindaba todos sus rasgos, ventanas —boca, ojos, hocico— al fuego —que constantemente ardía en su cerebro».

Ciclos Nocturnos,
Juan Ángel Laguna Edroso.