El Espantajo.

El Espantajo.

En el árbol de mi pecho / hay un pájaro encarnado. / Cuando te veo se asusta, / aletea, lanza saltos. / En el árbol de mi pecho / hay un pájaro encarnado. / Cuando te veo se asusta, / ¡eres un espantapájaros!

En el árbol de mi pecho, Gloria Fuentes.

Alberto Aragón Reyes

Espantapájaros

Espantapájaros Guía
Alberto Aragón Reyes
Espantapájaros Mago
Alberto Aragón Reyes
Espantapájaros Águila
Alberto Aragón Reyes
Espantapájaros Simbólico
Alberto Aragón Reyes
Espantapájaros de la Dualidad
Alberto Aragón Reyes
Espantapájaros Reflejo del Cielo
Alberto Aragón Reyes
Espantapájaros Nocturno
Alberto Aragón Reyes
Espantapájaros Chamán
Alberto Aragón Reyes
Espantapájaros del Olvido
Alberto Aragón Reyes
Espantapájaros de la Sombra
Alberto Aragón Reyes
Psique vaivén.

Psique vaivén.

«No pinto lo que veo, sino lo que vi.»

Edvard Munch
1863-1944

Melancolía
1894-96
Edvard Munch
«Sin Miedo y la enfermedad, nunca podría haber logrado todo lo que tengo.»
Ansiedad
1894
Edvard Munch
“Me hallaba al borde de la locura. No faltó mucho.»
Desesperación
(El grito)
1893
Edvard Munch
«A menudo me despertaba en la noche y miraba ampliamente la sala, ¿estoy en el infierno?»
Artificios.

Artificios.

-Una cosa quiero pedirle antes que nos trabemos. Que en este encuentro ponga todo su coraje y toda su maña, como en aquel otro de hace siete años, cuando mató a mi hermano.
Acaso por primera vez en su diálogo, Martín Fierro oyó el odio. Su sangre lo sintió como un acicate. Se entreveraron y el acero filoso rayó y marcó la cara del negro.
Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos pero es intraducible como una música… Desde su catre, Recabarren vio el fin. Una embestida y el negro reculó, perdió pie, amagó un hachazo a la cara y se tendió en una puñalada profunda, que penetró en el vientre. Después vino otra que el pulpero no alcanzó a precisar y Fierro no se levantó.
Inmóvil, el negro parecía vigilar su agonía laboriosa. Limpió el facón ensangrentado en el pasto y volvió a las casas con lentitud, sin mirar para atrás. Cumplida su tarea de justiciero, ahora era nadie. Mejor dicho era el otro: no tenía destino sobre la tierra y había matado a un hombre.

-El fin

Jorge Luis Borges.