Minientrada

¡Basta ya!

• MINIFICCIÓN •

Mensaje de amor deseperado

Ernesto Ortega G.

Para implorarle que vuelva a casa se ha cortado una oreja y se la ha hecho llegar con una nota escrita a mano: «Si no es contigo, no merece la pena escuchar el canto de los pájaros». Como no ha conseguido ablandar su corazón, se ha cortado una mano y se la ha enviado, con otro mensaje: «Puedo vivir sin manos, pero no podría hacerlo sin ti». Por fin, unos días después ha llegado la esperada respuesta. Era una cajita. Dentro solo estaban sus ojos y una nota que decía: «No quiero volver a verte nunca más».

Artificios.

Artificios.

-Una cosa quiero pedirle antes que nos trabemos. Que en este encuentro ponga todo su coraje y toda su maña, como en aquel otro de hace siete años, cuando mató a mi hermano.
Acaso por primera vez en su diálogo, Martín Fierro oyó el odio. Su sangre lo sintió como un acicate. Se entreveraron y el acero filoso rayó y marcó la cara del negro.
Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos pero es intraducible como una música… Desde su catre, Recabarren vio el fin. Una embestida y el negro reculó, perdió pie, amagó un hachazo a la cara y se tendió en una puñalada profunda, que penetró en el vientre. Después vino otra que el pulpero no alcanzó a precisar y Fierro no se levantó.
Inmóvil, el negro parecía vigilar su agonía laboriosa. Limpió el facón ensangrentado en el pasto y volvió a las casas con lentitud, sin mirar para atrás. Cumplida su tarea de justiciero, ahora era nadie. Mejor dicho era el otro: no tenía destino sobre la tierra y había matado a un hombre.

-El fin

Jorge Luis Borges.