Una suave pesadilla.

Una suave pesadilla.

«Me explicó que desde hacía tiempo Jorge no comía en casa, llegaba tarde. Incluso dejó de ir dos días seguidos sin avisar. Inventé que tuvo que salir a firmar un contrato a la sierra, que no había manera de comunicárselo en esos pueblitos alejados. No me creyó, porque eso también sucede con las mujeres frágiles: sus inseguridades sostienen sus precarias certezas de cartón. Me dio pena Lucie. Le pregunté por su libro. Hasta eso me sale mal, dijo, está parado. No puedo seguir mientras no resuelva este problema con Jorge –pronunciaba su nombre tiernamente– y tenga al fin algo de paz» .

Un pequeño mundo cerrado.

Pedro Ángel Palou.

Irreal y Absurdo.

Irreal y Absurdo.

«Si en verdad el mundo se va a acabar en unos días, lo menos que podemos hacer es disfrutar lo que queda —bromeó monsieur Loucas.
Habíamos ingresado, de pronto, en un cuento de hadas (con todos sus monstruos y brujas). Ya en los postres –yogur con miel, frutas, quesos, café y digestivos–, monsieur Loucas volvió a tomar la palabra.
—De un modo u otro —dijo—, estamos reunidos aquí en Patmos por la misma razón: el fin del mundo.
Todos reímos, más por el efecto del alcohol que por el significado real de la frase».

El juego del apocalipsis. Un viaje a Patmos.

Jorge Volpi.

Transgresión Onírica.

Transgresión Onírica.

«El primer cargamento se perdió en el Atlántico a mediados de octubre. Seiscientas niñas de cerámica se ahogaron a escasas millas de Rotterdam sin que hubiese dios ni ayuda para impedir esa zozobra de encajes, piernas, brazos y ojos de vidrio que miraron sin mirar a los peces que no podrían devorarlas. Ahí seguirán ahora: sonrientes, mudas, hacinadas entre algas como una fosa abierta en el jardín de un pederasta, estrafalario sueño de fotógrafos marinos y coleccionistas de juguetes que estiman el valor de cada muñeca en poco más de mil trescientos marcos alemanes».

Las furias de Menlo Park.

Ignacio Padilla.

Lo que digo se desvanece.

Lo que digo se desvanece.

«Una casuista del tiempo llegó a confesar que era un monumento de lógica. La venalidad, dijo el Diablo, era el ejercicio de un derecho superior a todos los derechos. Si tú puedes vender tu casa, tu buey, tus zapatos, tu sombrero, cosas que son tuyas por una razón jurídica legal, pero que, en todo caso, están fuera de ti, ¿cómo es que no puede vender tu opinión, tu voto, tu palabra, tu fe, cosas que son más que tuyas porque son tu propia conciencia, esto es, tú mismo? Negarlo es caer en o absurdo y contradictorio. ¿Pues no hay mujeres que venden sus cabellos? ¿No puede un hombre vender parte de su sangre para transfundirla a otro hombre anémico? ¿Y la sangre y los cabellos, partes físicas, tendrán un privilegio que se le niega al carácter, a la parte moral del hombre?».

La iglesia del Diablo.

Joaquim Machado de Assis.

Deu rium.

Deu rium.

«Llegué a una calle mal iluminada, llena de árboles oscuros, el lugar ideal. ¿Hombre o mujer?, realmente no había gran diferencia, pero no aparecía nadie en condiciones, comencé a quedar un poco tenso, eso siempre sucedía, hasta me gustaba, el alivio era mayor. Entonces vi a la mujer, podía ser ella, aunque una mujer fuese menos emocionante, por ser más fácil».

Paseo Nocturno.

Rubem Fonseca.