Quiahuitl.

Quiahuitl.

«La lluvia tiene un vago secreto de ternura,
algo de somnolencia resignada y amable,
una música humilde se despierta con ella
que hace vibrar el alma dormida del paisaje».

Federico García Lorca

Tlaloc

Tlaloc
Andrés Ríos
Tlaloc
Gianluca Rolli
Tlaloc – God of Rain
Danae Alba
Tlaloque
José Manuel Tello
Kinich Ahau.

Kinich Ahau.

«—Soy un Alacrán. Un hijo de Síina’an Yaach que fue arrancado del nido junto con otros para que en un juego de pelota se decidiera el destino de toda una ciudad.
—Todo guerrero que es elegido para recrear la creación de Tsiík Kaaj, las tierras salvajes, en el pok ta pok debería sentirse orgulloso. Ha sido escogido como guardián de su pueblo, defensor de las tradiciones y servidor de la verdad.
—Eso lo dices tú porque nunca has estado golpeando un caucho duro con la cadera durante horas. Yo sólo soy un sobreviviente. No estoy obligado a defender a nadie si no hay un precio de por medio. No sirvo ni ideales efímeros, ni a dioses, ni reyes o naciones».

El alacrán.

Paulo César Ramírez Villaseñor.

Celestes espejismos.

Celestes espejismos.

«Dicen que mi padre la bautizó rápidamente y que estuvo horas enteras frente a su cunita sin aceptar su muerte. Nadie pudo convencerlo de que debía enterrarla. Llevó su empeño insensato hasta esconderla en aquel pomo de chiles que yo descubrí un día en el ropero, el cual estaba protegido por un envase carmesí de forma tan extraña que el más indiferente se sentía obligado a preguntar de qué se trataba».

Historia de Mariquita.

Guadalupe Dueñas.

Me sumerges al fin de los abismos.

Me sumerges al fin de los abismos.

«La corriente es que un cadáver sólo pese y mortifique; pero está vez, fallecer, significaría una fortuna. Beatriz se felicitó de poseer un cuerpo; ¡que desperdicio si hubiera nacido camaleón o golondrina! Meditó en la torpeza de consumirse entre las sábanas y en el egoísmo con que se escamotea una justa ganancia».

No moriré del todo.

Guadalupe Dueñas.

Cuando tú me detractas…

Cuando tú me detractas…

«El calvario se agrava. Ahora, antes de que amanezca, me dirijo anhelante al primer puesto, al vendedor más cercano; al gacetillero, al pepenador, para revisar meticulosamente cada publicación y comprobar si aún figura mi nombre, aunque sea en el directorio. Con mano temblorosa y ávida, abro las páginas; los dedos se me hacen huéspedes. Con esfuerzo olvido el llanto que me cause ver en algún rincón mi nombre de pila o la inicial perdida del apelativo que ya nadie reconoce».

Yo vendí mi nombre.

Guadalupe Dueñas.

Alguien me deletrea.

Alguien me deletrea.

«—¡Qué va a experimentar el alma de esta niña—añadió Jehel— cuando se desligue de la carne y se encuentre en el seno de la cuarta dimensión! ¡Cuál va a ser su extrañeza, cuál su azoramiento al hallarse en el espacio negro, sin límites, entre el silencioso gravitar de los mundos; al ver perderse vertiginosamente a lo lejos, como un enjambre dorado, los planetas del sistema solar! ¡Qué desorientación más angustiosa la suya, cuando no te encuentre ni pueda verte, ¡oh Increado!, porque le faltan para ello tantas etapas, tantos ciclos aún infranqueables!».

Como en las estampas.

Amado Nervo.

Lo que digo se desvanece.

Lo que digo se desvanece.

«Una casuista del tiempo llegó a confesar que era un monumento de lógica. La venalidad, dijo el Diablo, era el ejercicio de un derecho superior a todos los derechos. Si tú puedes vender tu casa, tu buey, tus zapatos, tu sombrero, cosas que son tuyas por una razón jurídica legal, pero que, en todo caso, están fuera de ti, ¿cómo es que no puede vender tu opinión, tu voto, tu palabra, tu fe, cosas que son más que tuyas porque son tu propia conciencia, esto es, tú mismo? Negarlo es caer en o absurdo y contradictorio. ¿Pues no hay mujeres que venden sus cabellos? ¿No puede un hombre vender parte de su sangre para transfundirla a otro hombre anémico? ¿Y la sangre y los cabellos, partes físicas, tendrán un privilegio que se le niega al carácter, a la parte moral del hombre?».

La iglesia del Diablo.

Joaquim Machado de Assis.

Forma terrible de la nada.

Forma terrible de la nada.

«Quizás te convendría reposar en alguna religión. Esto también lo dejo a tu criterio. Yo no puedo recomendarte alguna de ellas porque soy el menos indicado para hacerlo. De todos modos, piénsalo y decídete si hay dentro de ti una voz profunda que lo solicita.

Lo que sí te recomiendo, y lo hago muy ampliamente, es que en lugar de ocuparte en investigaciones amargas, te dediques a observar más bien el pequeño cosmos que te rodea. Registra con cuidado los milagros cotidianos y acoge en tu corazón a la belleza. Recibe sus mensajes inefables y tradúcelos en tu lengua.

Creo que te falta actividad y que todavía no has penetrado en el profundo sentido del trabajo. Deberías buscar alguna ocupación que satisfaga a tus necesidades y que te deje solamente algunas horas libres. Toma esto con la mayor atención, es un consejo que te conviene mucho. Al final de un día laborioso no suele encontrarse uno con noches como esta, que por fortuna estás acabando de pasar profundamente dormido».

El silencio de Dios.

Juan José Arreola.