Estranho.

Estranho.

«—No llore, mujer. Soy el papá, y no estoy llorando.
Con la ayuda de un pariente el papá lo bañó. El niño permaneció duro sobre la tina, no pudieron sentarlo en el agua. Después la mamá lo vistió, ni era domingo; pantalón azul, camisa blanca, con saco, como un hombrecito. No calzó los viejos zapatos. Lo abrazó tan fuerte, quería ser enterrada con él en el mismo cajón, el hijo tenía miedo a la oscuridad».

Pedrinho.

Dalton Trevisan.

Hoy tengo que decirte papá.

Hoy tengo que decirte papá.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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Puerta del ser: Abre tu ser, despierta / aprende a ser también, labra tu cara / trabaja tus facciones, ten un rostro / para mirar mi rostro y que te mire / para mirar la vida hasta la muerte.

Piedra de sol. Octavio Paz.

El Heredero

Quisiera el cielo que el canto que / me inspira / siempre sus ojos con amor lo vean, / y de todos los versos de mi lira / estos dignos de su nombre sean. ¹
Podrá nublarse el soleternamente; / podrá secarse en un instante el mar; / podrá romperse el eje de la tierra / como un débil cristal. / ¡Todo sucederá! Podrá la muerte / cubrirme con su fúnebre crespón; / pero jamás en mí podrá apagarse / la llama de tu amor. ²

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¹ Mi Padre, Juan De Dios Peza.

² Amor eterno, Gustavo Adolfo Bécquer.

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Derrengar.

Derrengar.

«—Dame agua.
Tengo mucha sed y mucho sueño.
—Me acuerdo cuando naciste. Así eras entonces.
Despertabas con hambre y comías para volver a dormirte. Y tu madre te daba agua, porque ya te habías acabado la leche de ella. No tenías llenadero. Y eras muy rabioso. Nunca pensé que con el tiempo se te fuera a subir aquella rabia a la cabeza… Pero así fue. Tu madre, que descanse en paz, quería que te criaras fuerte. Creía que cuando tú crecieras irías a ser su sostén. No te tuvo más que a ti. El otro hijo que iba a tener la mató. Y tú la hubieras matado otra vez si ella estuviera viva a estas alturas.
Sintió que el hombre aquel que llevaba sobre sus hombros dejó de apretar las rodillas y comenzó a soltar los pies, balanceándolo de un lado para otro. Y le pareció que la cabeza; allá arriba, se sacudía como si sollozara.
Sobre su cabello sintió que caían gruesas gotas, como de lágrimas».

-¿No oyes ladrar a los perros?

Juan Rulfo.