Malagueña.

Malagueña.

«Allá en Juchipila a todos mis parientes y a mí nos decían mecos hijos de ésta, mecos hijos de la otra. Eso dejé de oírlo hasta que ingrese en la cárcel. Y de allí salí bien instruído; pero no se me borra el pasado ni el mundo de humillaje en que viví junto con mis hermanos, mis padres y mis abuelos. Tengo plena seguridad de que si algún día regreso a Juchipila me volverán a llamar meco. Así que necesito un documento probatorio para restregárselos en la cara y acusarlos de difamación si vuelven con sus “jijeces”».

El descubridor.

Juan Rulfo.

Endilgamiento.

Endilgamiento.

«Aquella mañana ella quiso ir al camposanto. Como siempre solía preguntar a Crispín, el no nacido, si estaba de acuerdo, lo hizo: “Crispín, le dijo, ¿te parece bien que vayamos? Te prometo que no lloraré. Sólo no sentaremos un ratito a platicar con tu padre y después volveremos; nos servirá a los dos ¿quieres?” Luego, tratando de adivinar en qué lugar podía tener sus manitas aquel hijo suyo: “Te llevaré de la mano todo el tiempo.” Esto le dijo».

La vida no es muy seria en sus cosas.

Juan Rulfo.

Por la obligada necesidad.

Por la obligada necesidad.

«—Padre, nos mataron.
—¿A quiénes?
—A nosotros. Al pasar el río. Nos zumbaron las balas hasta que nos mataron a todos.
—¿En dónde?
—Allá, en el Paso del Norte, mientras nos encandilaban las linternas, cuando íbamos cruzando el río.
—¿Y por qué?
—Pos no lo supe, padre. ¿Se acuerda de Estanislado? Él fue el que me encampanó pa irnos pa allá. Estábamos pasando el río cuando nos fusilaron con los máuseres. Me devolví porque él me dijo: “Sácame de aquí, paisano, no me dejes.” Y entonces estaba ya panza arriba, con el cuerpo todo agujerado, sin músculos. Lo arrastré como pude, a tirones, haciéndomele a un lado a las linternas que nos alumbraban buscándonos. Le dije: “Estás vivo”, y él me contestó: ‘Sácame de aquí, paisano’. Y luego me dijo: ‘Me dieron’».

-Paso del Norte

Juan Rulfo.

Derrengar.

Derrengar.

«—Dame agua.
Tengo mucha sed y mucho sueño.
—Me acuerdo cuando naciste. Así eras entonces.
Despertabas con hambre y comías para volver a dormirte. Y tu madre te daba agua, porque ya te habías acabado la leche de ella. No tenías llenadero. Y eras muy rabioso. Nunca pensé que con el tiempo se te fuera a subir aquella rabia a la cabeza… Pero así fue. Tu madre, que descanse en paz, quería que te criaras fuerte. Creía que cuando tú crecieras irías a ser su sostén. No te tuvo más que a ti. El otro hijo que iba a tener la mató. Y tú la hubieras matado otra vez si ella estuviera viva a estas alturas.
Sintió que el hombre aquel que llevaba sobre sus hombros dejó de apretar las rodillas y comenzó a soltar los pies, balanceándolo de un lado para otro. Y le pareció que la cabeza; allá arriba, se sacudía como si sollozara.
Sobre su cabello sintió que caían gruesas gotas, como de lágrimas».

-¿No oyes ladrar a los perros?

Juan Rulfo.