Metalenguaje.

Metalenguaje.

«Caminé tras ella con la idea de que era ella. Tenía frente a mí una nueva oportunidad de volver a enamorarla, aunque, quizá, creo que habría terminado cagándola de la misma manera. Yo seguía aferrándome al borde de unos viejos recuerdos. Cuando casi quería confesarle mi identidad, comprendí que mi turno en su estación lo había perdido para siempre, mientras que otro, ahora con boleto en mano, ocupaba mi lugar para posar sus labios en aquella boca que alguna vez me hizo tan feliz».

La memoria del olvido.

Atzin Nieto.

Metaficción.

Metaficción.

«Yo me fui de la casa de mi abuelo porque ya nada fue igual y estaba harto de vivir en la esquina de una ratonera gris. Mi abuelo murió solo en su casa. Una vecina llamó a la policía porque el olor de su cuerpo putrefacto traspasó la puerta. Me llamaron para informarme que mi abuelo había muerto: un aneurisma cerebral. Yo lo negué. Te equivocaste de número, dije al sujeto que me llamó para notificarme el deceso».

A estas alturas del partido.

Jorge Meneses.

La noche era una bendición.

La noche era una bendición.

«Yo sé hacer el amor a mi novia, pero a mi princesa no se le podía hacer nada por que ella ya lo tenía todo y sólo había que arrebatárselo con la boca casi como la suya me robaba a fuerza de erecciones que el juego me provocaba. Luego, satisfechos, nos recostábamos uno al lado del otro sin decir o tocar más».

Quiero ser tu princesa.

Jorge Meneses.

Sólo se ama lo que se comprende.

Sólo se ama lo que se comprende.

«¿Por qué no nos atrevemos a inventarle una vida? Lo menos que puede hacer un escritor es regalarle a un personaje su destino. No nos cuesta nada hacerlo; nadie nos pedirá cuentas: ¿Somos incapaces de darle un destino a La Desdichada? ¿Por qué? ¿Tan desposeída la sentimos? ¿No es posible imaginarle patria, familia, pasado? ¿Qué nos lo impide?».

La Desdichada.

Carlos Fuentes.