Holonimia.

Holonimia.

«Al fin y al cabo todo en este mundo es misterioso. No hay ningún hecho que pueda ser aclarado satisfactoriamente. Como tapabocas se publicaron fotos de la cabeza y el torso de un muchachito, vestigios extraídos del Canal de Desagüe. Pese a la avanzada descomposición, era evidente que el cadáver correspondía a un niño de once o doce años, y no de seis como Rafael. Esto sí no es problema: en México siempre que se busca un cadáver se encuentran muchos otros en el curso de la pesquisa».

Tenga para que se entretenga.

José Emilio Pacheco.

Holístico.

Holístico.

«—¿Qué cambiarías si pudieras?
Supo la respuesta, también antes de que llegara.
—Todo.
Sonrió. Nadie desea cambiarlo todo. Siempre hay una o dos cosas a las que desearías aferrarte. Pero comprendió perfectamente a lo que ella se refería. Y también, que la amaba de un modo similar: absoluto, radical, sin limitaciones… todo incluido».

Un juguete para Justine.

Antonio Malpica.

Irreal y Absurdo.

Irreal y Absurdo.

«Si en verdad el mundo se va a acabar en unos días, lo menos que podemos hacer es disfrutar lo que queda —bromeó monsieur Loucas.
Habíamos ingresado, de pronto, en un cuento de hadas (con todos sus monstruos y brujas). Ya en los postres –yogur con miel, frutas, quesos, café y digestivos–, monsieur Loucas volvió a tomar la palabra.
—De un modo u otro —dijo—, estamos reunidos aquí en Patmos por la misma razón: el fin del mundo.
Todos reímos, más por el efecto del alcohol que por el significado real de la frase».

El juego del apocalipsis. Un viaje a Patmos.

Jorge Volpi.

Minientrada

Sombrear.

• MINIFICCIÓN •

Más luz.

Eduardo Casar

Estaba un día el Maestro We-chin-won concentrado en distraerse cuando se le acercó un alumno con una libreta y le preguntó por el significado de “catóptrica”.
—Lo relativo a la reflexión de la luz —dijo el Maestro.
—¿Y cuál es la reflexión de la luz? —volvió a inquirir el discípulo.
—Sombra decirlo —concluyó el Maestro.

Metalenguaje.

Metalenguaje.

«Caminé tras ella con la idea de que era ella. Tenía frente a mí una nueva oportunidad de volver a enamorarla, aunque, quizá, creo que habría terminado cagándola de la misma manera. Yo seguía aferrándome al borde de unos viejos recuerdos. Cuando casi quería confesarle mi identidad, comprendí que mi turno en su estación lo había perdido para siempre, mientras que otro, ahora con boleto en mano, ocupaba mi lugar para posar sus labios en aquella boca que alguna vez me hizo tan feliz».

La memoria del olvido.

Atzin Nieto.

Metaficción.

Metaficción.

«Yo me fui de la casa de mi abuelo porque ya nada fue igual y estaba harto de vivir en la esquina de una ratonera gris. Mi abuelo murió solo en su casa. Una vecina llamó a la policía porque el olor de su cuerpo putrefacto traspasó la puerta. Me llamaron para informarme que mi abuelo había muerto: un aneurisma cerebral. Yo lo negué. Te equivocaste de número, dije al sujeto que me llamó para notificarme el deceso».

A estas alturas del partido.

Jorge Meneses.

La noche era una bendición.

La noche era una bendición.

«Yo sé hacer el amor a mi novia, pero a mi princesa no se le podía hacer nada por que ella ya lo tenía todo y sólo había que arrebatárselo con la boca casi como la suya me robaba a fuerza de erecciones que el juego me provocaba. Luego, satisfechos, nos recostábamos uno al lado del otro sin decir o tocar más».

Quiero ser tu princesa.

Jorge Meneses.

Sólo se ama lo que se comprende.

Sólo se ama lo que se comprende.

«¿Por qué no nos atrevemos a inventarle una vida? Lo menos que puede hacer un escritor es regalarle a un personaje su destino. No nos cuesta nada hacerlo; nadie nos pedirá cuentas: ¿Somos incapaces de darle un destino a La Desdichada? ¿Por qué? ¿Tan desposeída la sentimos? ¿No es posible imaginarle patria, familia, pasado? ¿Qué nos lo impide?».

La Desdichada.

Carlos Fuentes.