Caer en la tierra.

Caer en la tierra.

«Una sonrisa curiosa asomó a los labios de mi padre. Acariciándome los rebeldes cabellos, quiso saber qué le pediría yo al hada. No tenía por qué ocultárselo. Él era como una casa grande donde yo podía vivir seguro y feliz. Una casa en la que yo podía hablar en voz alta. Se lo dije:
—Le pediré primero que me cuente cuentos todos los días; que pueda llegar tarde a la escuela los días son sol; que se me aparezca mi ángel de la guarda y juegue conmigo y con mis amigos a ‘la roña’; que no le tenga miedo a la oscuridad; que nunca me lleve un robachicos; que conozca yo a una princesa y que un día sea tan alto como tú».

Se solicita un hada,
Edmundo Valadés.

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Ya no importa el cuándo.

Ya no importa el cuándo.

«No quiere revisarse nada, quiere sentir que su cuarto tiene por lo menos el eco de su respiración y ve el reloj y sabe lo que su mamá estará haciendo en los otros sitios del muy amplio departamento del piso 20, con sistema de alarmas, de videos, de guardias en la entrada y rondines en las afueras —son para que no te agobien los fans —pero el Hada sabe que es mentira, que es una forma de mantenerla aislada y de no permitir que nadie penetre a ese útero construido en las lomas de las afueras del Distrito Federal —el México que nos merecemos —dijo su madre cuando el vendedor abrió los brazos mostrando el espacio como si mostrara las puertas del paraíso».

Cumpleaños feliz,
Rafael Ramírez Heredia.