Sapiencia.

Sapiencia.

Mientras Dorothy miraba con gran interés la extraña cara pintada del espantapájaros, se
sorprendió al ver que uno de los ojos le hacía
un lento guiño. Al principio creyó haberse
equivocado, pues ningún espantapájaros de
Kansas puede hacer guiños, pero a poco el
muñeco la saludó amistosamente con un
movimiento de cabeza. La niña descendió
entonces de la cerca y fue hacia él, mientras
que Toto daba vueltas alrededor del poste
ladrando sin cesar.
—Buenos días —dijo el Espantapájaros con voz
algo ronca.
—¿Hablaste? —preguntó la niña, muy extrañada.
—Claro. ¿Cómo estás?
—Muy bien, gracias —repuso cortésmente Dorothy—. ¿Y cómo estás tú?
—No muy bien —sonrió el Espantapájaros—; es
muy aburrido estar colgado aquí noche y día
para espantar a los pájaros.
—¿No puedes bajar?
—No, porque tengo el poste metido en la espalda. Si me hicieras el favor de sacar esta
madera, te lo agradeceré muchísimo.
Dorothy levantó los brazos y retiró el muñeco del poste, pues, como estaba relleno de paja, no
pesaba casi nada.
—Muchísimas gracias —le agradeció el Espantapájaros cuando ella lo hubo colocado
sobre el suelo—. Me siento como un hombre nuevo.

-El maravilloso mago de Oz.
(De cómo salvó Dorothy al Espantapájaros).

Lyman Frank Baum.

Dislates.

Dislates.

«Creo que todos tenemos un poco de esa bella locura que nos mantiene andando cuando todo alrededor es tan insanamente cuerdo.»

Julio Cortázar.

Ilustración de John Tenniel.
Ilustración de John Tenniel.
Ilustración de John Tenniel.
Ilustración de John Tenniel.
Ilustración de John Tenniel.
Ilustración de John Tenniel.
Ilustración de John Tenniel.
Ilustración de John Tenniel.
Utopía.

Utopía.


«Creo que ustedes podrían encontrar mejor manera de matar el tiempo —dijo Alicia— que ir proponiendo adivinanzas sin solución.
—Si conocieras al Tiempo tan bien como lo conozco yo —dijo el Sombrerero—, no hablarías de matarlo. ¡Es todo un personaje!
—No sé lo que usted quiere decir,
—protestó Alicia—.
—¡Claro que no lo sabes! —dijo el Sombrerero—, arrugando la nariz en un gesto de desprecio—. ¡Estoy seguro de que ni siquiera has hablado con el Tiempo!
—Creo que no —respondió Alicia con cautela—. Pero en la clase de música tengo que marcar el tiempo con palmadas.
—¡Ah, eso lo explica todo —dijo el Sombrerero. El tiempo no tolera que le den palmadas. En cambio, si estuvieras en buenas relaciones con él, haría todo lo que tú quisieras con el reloj. Por ejemplo, supón que son las nueve de la mañana, justo la hora de empezar las clases, pues no tendrías más que susurrarle al Tiempo tu deseo y el Tiempo en un abrir y cerrar de ojos haría girar las agujas de tu reloj.
¡La una y media! ¡Hora de comer!».

-Alicia en el país de las maravillas

Lewis Carroll.

Travesía.

Travesía.

«Al principio no vi nada; mis ojos, acostumbrados a la oscuridad, se deslumbraron y se cerraron bruscamente. Cuando pude abrirlos, me quedé más que maravillado, alucinado.
—¡El mar! —exclamé.
—Sí —respondió mi tío—, el mar Lidenbrock. No creo que ningún navegante me dispute el honor de haberlo descubierto ni el derecho de darle mi nombre.
Un inmenso manto de agua, que podía ser el comienzo de un lago o de un océano, se extendía mas allá de lo que alcanzaba la vista. La playa, muy abierta, regalaba a las últimas ondulaciones de las olas una arena fina, dorada y llena de pequeñas conchas donde vivieron los primeros seres de la Creación. Las olas chocaban con ese murmullo sonoro particular que producen en todo lugar cerrado e inmenso; la espuma se levantaba con el soplo del viento y me salpicaba la cara.
[… ] Era un verdadero océano con el mismo contorno de las playas terrestres, pero desierto y de un aspecto espantosamente salvaje».

Viaje al centro de la tierra.

Jules Verne.

Expedición.

Expedición.

«Habíamos salido con tiempo nublado, pero estable. No había que temer calores asfixiantes ni lluvias catastróficas. Un tiempo de turistas.
El placer de recorrer a caballo un país desconicido me hacía fácil el comienzo de la aventura. Me entregaba por completo a la felicidad del excursionista, lleno de deseos y de libertad. Empecé a poner de mi parte en el asunto.
“Después de todo —me decía yo—, ¿Qué peligro corro? ¿El de viajar en medio del país más interesante o escalar una montaña muy famosa? O, si se ponían mal las cosas, ¿bajar al fondo de un cráter apagado? En cuanto a las existencia de una galería que comunique con el centro del Globo, no es sino pura imaginación y pura imposibilidad. Por tanto, lo que haya de bueno en esta expedición hay que aprovecharlo sin escatimar.”
Apenas acababa yo estos razonamientos, ya habíamos salido de Reykjawik.
Hans marchaba a la cabeza, con paso rápido, regular y continuo.
[… ] Islandia es una de las mayores islas de Europa, mide 1400 millas de superfície y no tiene mas que sesenta mil habitantes. Los geografos la han dividido en cuatro partes y teníamos que atravesar casi de refilón la que lleva el nombre de país del cuarto del suroeste, Sudvestr Fjordúngr».

Viaje al centro de la tierra.

Jules Verne