Hideous.

Hideous.

«Unos huesos le atraparon la pierna. Secos y mojados a un mismo tiempo. Estiró el miembro derecho y miró a la esqueleto. Tenía una larguísima cabellera café con leche, enredada como una madeja en el cráneo y un par de húmeros, de iliacos, de fémures a punto de deshacerse. Y lloraba. Sin ruidos, sólo con agua sal que le salía de las cuencas aparentemente vacías».

La esqueleto.

Paola Esteban.

Sassy.

Sassy.

«Por el color del cielo supo que quedaban solo segundos de luz, así que prescindió de preámbulos. Fue hacia ella, la abrazó sin dulzura y la tumbó de espaldas sobre la arena, de acuerdo a un modo de comportarse que le llegaba de muy lejos, de más allá de la memoria. Un último rayo de sol, ya muy tenue, se confundió con la mirada dorada que ella clavaba en los ojos del hombre que la poseía, y, antes de evanescerse, le atravesó limpiamente el rostro como dicen que hace siempre el sol con los duendes».

La duende.

Rafael Sender.

Reverberación.

Reverberación.

«Cuando encontró la fotografía en una de sus viejas libretas de apuntes se dio cuenta de que el deseo era un camino hacia la nada y de que sus intentos por retener a Sofía se habían esfumado. Quizá ella era tan sólo un fantasma o una ilusión, el hechizo que fue posible gracias al obturador y el diafragma al capturar un instante».

El castillo de Atlante.

Jesús Gibrán Alvarado Torres.