Jindama.

Jindama.

«Cuando mi corazón dejo de martillear, me dije con firmeza que no había de qué asustarse.
Volvieron a llamar a la puerta, atravesé la habitación con firmes zancadas y la abrí.
Envuelto por el resplandor del crepúsculo, un hombre alto me miraba con aspecto malvado y un destornillador en la mano. No soy un hombre valiente. Me di la vuelta, grité y salí corriendo.
Meterme corriendo a la casa era la mayor estupidez, porque la única salida de aquella tumba subterránea, era la puerta principal.
Cerré de un portazo la puerta de la cocina y me apoyé contra ella. Todavía gritando. Luego mi mente sembrada de pánico reparó en que me encontraba bajo la luz del sol que provenía de la claraboya tubular.
De un pronto me aleje de la puerta y salte sobre una silla, me lancé a la claraboya y comencé a trepar hacía la salida. Me sentí vagamente esperanzado. Empecé a pedir ayuda a gritos. Debajo de mi, el hombre del destornillador gritaba.
Y luego vino la guinda al horror. Dos manos me agarraron los tobillos y empezaron a tirar de ellos. Estaba perfectamente atascado y no era fácil moverme, pero descendía poco a poco. Apreté las paredes de la claraboya con los codos y seguí gritando.
No era un hombre feliz. La tan temida resignación emergió en mí y dejé de pelear. Esperé a que me atravezara con el destornillador…
—Qué coño está pasando? —empezó Bucko, y luego, tras recordar que estaba fuera de toda duda la existencia de conductas extrañas en Coober Pedy, renunció a esperar una respuesta.
Señaló al hombre del destornilador —Este es Bob (dijo Bucko). Ha venido a arreglar el calentador».

-Muerte blanca
Kenneth Cook.