A un dólar el metro.

A un dólar el metro.

«—La ciudad ha estado siempre aquí dijo el cirujano—. No exactamente estas mismas vigas de hormigón y estos mismo ladrillos, sino que antes hubo otros distintos. Usted acepta que el tiempo no tiene principio ni fin. La ciudad es tan antigua como el tiempo y continua con él.
—Alguien colocó los primeros ladrillos —insistió M—. Se conoce como la Fundación.
—Un mito. Sólo los científicos creen eso, y ni siquiera ellos le hacén demasiado caso. La mayoría admite en privado que la Primera Piedra no es más que una superstición. Defendemos esa historia por conveniencia, y porque nos da un sentido de tradición. Es evidente que no pudo haber un primer ladrillo. Si lo hubiera, ¿cómo se puede explicar quién lo puso y, lo que es más dificil, de dónde vino quien lo puso?
—Tiene que haber espacio libre en alguna parte —le dijo M con obstinación—. La ciudad debe tener límites».

Ciudad de concentración,
James Graham Ballard.

Desperado.

Desperado.

«—A ver: ¡Trabajo! ¡Trabajo! ¿Pero qué ofrece usted a cambio?
El hombre suplicante era todo ojos.
¡Mi tiempo! ¡El sudor de mi frente!
—No es suficiente, eso lo ofrecen todos… a ver qué más ofrece.
El hombre en busca de trabajo temblaba como un pequeño pájaro en medio de la nieve, pero sacó fuerzas de su necesidad y adoptando un gesto de dignidad, respondió:
—Tengo dos pulmones, puedo ofrecer uno a quien me dé trabajo.
—Bueno… eso ya es otra cosa… a ver, estudiaremos su caso… ahora a esperar la carta, la recibirá en breve, y apártese que hay mucha gente a la que debo atender. ¡Que pase el siguiente!
Este tipo de cosas hizo que las oficinas de empleo pronto se convirtieran en un lugar insalubre. Densas nubes de moscardones merodeaban constantemente entre las bolsas en las que se guardaban visceras, ojos, piernas… de todos aquellos que buscaban trabajo».

-Oficina de empleo
Julia Otxoa.

Rabiar.

Rabiar.

«Lina sueña con amaneceres verdes y noches estrelladas. Pero, a las ocho de la mañana, a las ocho en punto, el viejo del segundo piso comienza a lanzar, desde su ventana, colillas encendidas y exabruptos. A esta hora se oye el gato desperezarse con un agónico maullar y en la cocina empieza el trajín de cacerolas y pucheros.
Por eso, hoy, después de que Paco se fuera al trabajo, cinco minutos antes de las ocho de la mañana, cinco minutos antes de caer la primera colilla encendida en ese pequeño patio estrecho y sombrío, Lina desconectó la cuarteada goma naranja de la cocina y ha arrastrado, ella que es tan poquita cosa, el tanque de gas hasta la oscura chimenea, después ha abierto la espita para que salga el gas y por fin, abrazando a la nena contra su pecho, corre por la calle sin mirar atrás».

-El patio.
Concha Ballinas.