¡Qué delicia la gente pensante!

¡Qué delicia la gente pensante!

«Y Filipp tuvo un sueño. Vio cómo todo había cambiado: la tierra era la misma, las casas las mismas, el portón el mismo y, sin embargo, la gente completamente distinta. ¡Todos eran muy sabios! No había ningún tonto, y por las calles andaban franceses y más franceses. Hasta el propio acudir reflexionaba de este modo: “Debo confesar que no me siento nada satisfecho del clima. Voy a consultar el termómetro”. Mientras esto decía sostenía un grueso libro entre las manos».

Un portero inteligente, Antón Chéjov.

Una conexión suprema.

Una conexión suprema.

«¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Tomé el libro. No, no partí brincando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo. Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aun yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abria por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si ya lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire… Había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada. A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo. Ya no era una niña más con un libro: era una mujer con su amante».

-Felicidad clandestina

Clarice Lispector

Sobre Extravagancias.

Sobre Extravagancias.

«—Estoy dispuesto a pagar una suma razonable por los libros que tengo pensados —respondió el hombretón, y rozó el libro que tenía delante con la yema de un dedo, experimentalmente—. Ciento cincuenta, doscientos dólares como mucho.
El chico lo miró y se echó a reír.
—Con eso tiene para bastantes buenos libros.
—En mi vida había visto tantos juntos —confesó el hombre—. Nunca pensé que llegaría el día en que entraría en una librería y compraría todos los libros que siempre he querido leer.
—Ha de ser una sensación estupenda».

Siete tipos de ambigüedadad.

Shirley Jackson.

Literalidades.

Literalidades.

• MINIFICCIÓN •

Nuestras conversaciones ajenas.

Alfredo Beltrán León

Un día antes, estos dos amantes, habían estado debatiendo sobre la máxima: «Los libros no se prestan». Uno, arraigado, daba fe. El otro, retorcido y medio maldito, declaraba algo así como que los libros son como el amor, los sentimientos o las bendiciones –alguna de esas–, que de nada sirven en los estantes —la gente de a pie, una vez que terminamos un libro y lo guardamos, rara vez lo volvemos a tocar, a menos que tu oficio lo requiera –ya sea consulta– o sea una edición de colección; difícilmente volvemos a la misma obra, no soy un erudito —sentenciaba. —Y ahí se quedan los libros guardados en las estanterías. Si una lectura puede tocar a otros, que lo haga, como debe hacerse con todo lo bueno de este mundo. Cuando presto un libro y me lo regresan –porque nunca faltarán los amigos bien nacidos– lo vuelvo a prestar, con la esperanza de que toque a todos los posibles. ¿De qué sirven los libros guardados? —Retorizaba imaginando el laurel en su frente. —El otro, formal y no retorcido –no de esa forma–, no daría su brazo a torcer, siguió atesorando su máxima con ahínco, aunque guardó silencio, como todo aquel que otorga.

Día de por medio.

En los últimos tiempos no eran muy esmerados en sus saludos. El aspirante a maldito le arrojó la pregunta en seco:

—¿Qué anduvo leyendo hoy? —Esperaba que le dijera que alguno de los cuentos que le había mandado.

—Novela. De hecho algo super jotdog con lo de ayer de prestar libros y eso…

De una especie de inflexión y con la voz de su pensamiento, como quien sueña despierto otorgó:

—Los libros no se van a quedar atrás, han adquirido la habilidad de escuchar conversaciones ajenas, y a gusto, aparecen en tus lecturas.

—Ora, ora, pinshi Mark Zucandinsky.

—Pinche ficción ésta en la que vivimos —dijo el vicario de sus letras, como intentando abrumarlo todo, a él, al otro, la realidad, la ficción, la meta, lo que está más allá —¿Quieres despertar?

–Por ahora no —respondió el otro sin rastro de bruma en su alma.

—¿Te gusta más el otro lado?

—No sé, no lo visito con regularidad. He pasado la mayor parte de mi vida acá.

Cosa que el autodenominado acomodador de letras aprovechó. Lo reunió todo en el símbolo de número, que sirve para jugar al gato y que ahora llaman hashtag: #enaburrida

—¿Te agüitas si te ficciono? —sonrió para sí.

—Nunca.

Mimetista de papel.

Mimetista de papel.

«Hubiera podido vivir más que discretamente con su dinero si, por la compra de tantos y tantos libros que le ocupaban desordenadamente la casa, no se hubiera endeudado. Al no poder comprar más libros nuevos, había releído los viejos, volviendo a masticarlos uno por uno, desde la primera hasta la última página. Y como aquellos animales que, por defensa natural, asumen el color y las cualidades de los lugares y de las plantas donde viven, así poco a poco se había vuelto casi de papel: el rostro, las manos, el color de la barba y del pelo. Descendida, dioptría por dioptría, toda la escala de la miopía, hacía unos años que parecía realmente comerse los libros, incluso materialmente, acercándoselos tanto al rostro para leerlos».

-Mundo de papel

Luigi Pirandello.