Monstruos que sí son monstruos.

Monstruos que sí son monstruos.

• MINIFICCIÓN •

La luz de la inocencia.

Marco de Mendoza

Todas las noches arrimaba una vela a su cama para evitar dormir a obscuras, para lograr aliviarse del monstruo que la acechaba casi cada noche. Aquel día estaba decidida, iba a llenar a ese monstruo de luz. La puerta se abrió, el monstruo se acercó y sigiloso, se metió en su cama. Ella temblaba, y entre un llanto mudo tomó la vela con fuerza, el monstruo recorrió con sus ásperas manos sus inocentes piernas tiernas; ella tembló aún más. De pronto, la luz, mucha luz y gritos, muchos gritos. El monstruo terminó en el hospital con quemaduras de tercer grado, el monstruo desapareció y nunca volvió. Lucecita ahora duerme a obscuras. No quiere que ningún monstruo encuentre el camino a su cama, nunca.

Lucha feroz.

Lucha feroz.

«Ya está rota la amistad entre los dos. Ya son enemigos. Ya son adversarios. El hombrecillo que duerme agazapado en el alma, en el cuerpo de Pablo, empieza a hacer sus primeras armas contra la pobre bestia que se debate furiosamente. Quiere dominarla, esclavizarla, someterla a su placer, torturarla sin objeto. La feral batalla se halla en pleno desarrollo, frente a este cielo impasible, a esta paz intachable de la naturaleza. En un minuto de descuido, sobre la mejilla de Pablo cae exactamente la garra del felino. Pablo siente la carne desgarrada y la sangre que brota. El odio, la enemistad, la ira, invaden su pura alma de niño. Y con las dos pequeñas manos en las cuales se ha concentrado súbitamente una extraña fuerza, va apretando, apretando, apretando el cuello del animal, que tiembla, se estremece, maúlla y, de pronto, calla, se aquieta, se inmoviliza entre esas manos. El gato ha caído, por fin sobre el cuello, como un saco vacío. Del húmedo hocico se escapa, casi imperceptible, un delgado hilo rojo. Pablo tiene los ojos desmesuradamente abiertos, tiembla de miedo y empieza a llorar, a llorar como lloran los niños».

-La primera batalla

Hernando Téllez.

Reina de los prados.

Reina de los prados.

«No había más flores que se pudieran cortar. La madre miró de reojo a su hija por encima del ramo que abrazaba, mientras su mano de venas azules cambiaba de posición sobre los tallos.
—Escucha, Constance… El club de jardinería tiene hoy una celebración de algún tipo. Todo el mundo se reúne a almorzar en el club y luego van a ir al jardín de alguien, uno que tiene rocas y plantas alpinas. He pensado que si me llevo a tus hermanos pequeños…, ¿no te importa que vaya, verdad que no?
—No —dijo Constance al cabo de un momento.
Constance pensaba todavía en la pregunta que tenía que repetir, pero las palabras se le pegaban a la garganta como pegajosas bolitas de mucosidad y le pareció que si trataba de expulsarlas, lloraría. Lo que dijo en cambio, sin motivo especial, fue:
—Preciosas.
—¿Verdad que sí? En especial la reina de los prados, tan grácil y blanca.
—Ni siquiera sabía que hubieran empezado a florecer hasta que he salido.
—¿No lo sabías? Te puse algunas en un jarrón la semana pasada.
—En un jarrón… —murmuró Constance.
—De noche, sobre todo. Es el momento de verlas. Anoche me quedé junto a la ventana…, y estaban iluminadas por la luna. Ya sabes lo blancas que están las flores a la luz de la luna…»

-El aliento del cielo

Carson McCullers

Florecer.

Florecer.

• CITA CON EL SÉPTIMO ARTE •

BIG FISH

Tim Burton
( 2003)

🎞 📽

Sandra Bloom (Jessica Lange)

—¡¿Narcisos?!

Edward Bloom (Ewan McGregor)

—Son tus flores favoritas

Sandra Bloom (Jessica Lange)

—¿Cómo has podido encontrar tantas?

Edward Bloom (Ewan McGregor)

—He llamado a todas las floristas de cinco estados; les dije que era la única manera de que mi esposa se casara conmigo.

Sandra Bloom (Jessica Lange)

—¡Ni siquiera me conoces!

Edward Bloom (Ewan McGregor)

—Tengo el resto de mi vida para conocerte.

Ofitas.

Ofitas.

«Decían que era viejo, que ya era viejo cuando se la llevó con él. Sus padres no querían nada con aquel hombre tan extraño. Había llegado al pueblo con gran fama de curandero. Hizo algunas curaciones que parecieron milagrosas. Gentes casi moribundas con piernas inmensas y deformadas, con enormes vientres, con temblores incontrolables, con diarreas continuas y vómitos y amarilleces en los ojos y en la cara. A veces les daba a tomar una poción transparente donde se veían flotar filamentos de raíces o de hojas. A veces los envolvía en un sahumerio espeso y asfixiante como en una nube y los tenía por horas chorreando sudor, mientras recitaba entre dientes oraciones e invocaciones con nombres desconocidos. A veces, pura y simplemente, les hacía un ensalmo, les colocaba algún objeto suyo sobre la picada de culebra o sobre la llaga profunda, volvía los ojos hacia arriba y comenzaba a implorar o a dar órdenes a espíritus o a seres infernales».

-La mujer de Uriel

Arturo Uslar Pietri

Eternidad.

Eternidad.

«De mi cuerpo descompuesto crecerán las flores y yo estaré en ellas. Eso es eternidad».

Edvard Munch

Jai Raphael
Jai Raphael
Jai Raphael
Jai Raphael
Jai Raphael
Jai Raphael
Jai Raphael
Deseos.

Deseos.

«—Todo lo que usted me dice ahora es muy triste, señor Abad; pero una cosa me consuela, y es que allá arriba, en el paraíso de las estrellas, seré todavía el Delfín… Sé que el buen Dios es mi primo y que sabrá tratarme como corresponde a la altura de mi rango.
Luego añade, volviéndose hacia su madre:
—¡Que me traigan mis más bellos vestidos, mi jubón de armiño blanco y mis escarpines de terciopelo! Quiero hacerme fuerte ante los ángeles y entrar en el paraíso vestido de Delfín.
Por tercera vez, el capellán se inclina hacia el pequeño Delfín y le habla nuevamente en voz baja… En medio de su discurso, el niño le interrumpe con cólera:
—¿¡Pero entonces, grita, esto de ser Delfín, no sirve absolutamente para nada!?
… Y, sin querer atender a nada más, el pequeño Delfín se vuelve hacia la muralla, y llora amargamente».

-La muerte del delfín

Alphonse Daudet

Trágicas esperanzas.

Trágicas esperanzas.

«8 de octubre

Quiero darle las gracias a la muerte cuando venga, pues ahora el plazo se vencerá demasiado pronto como para que me sienta capaz de seguir esperando. Sólo tres cortos días de otoño más y sucederá. ¡Qué ansioso estoy de que llegue el último instante, el último de todos! ¿No debería ser un instante de dicha y de indecible dulzura? ¿Un instante de máxima sensualidad?

Tres cortos días de otoño y la muerte entrará aquí, en mi habitación. ¿Cómo se comportará? ¿Me tratará como a un gusano? ¿Me agarrará del cuello y me estrangulará? ¿O meterá su mano en mi cerebro? Sin embargo, ¡yo me la imagino grande y bella, de una majestuosidad salvaje!».

-La muerte

Thomas Mann

Inundame.

Inundame.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

🍸

M I F

Inundame con tu espacio, con tu cuerpo, con tu saliva; con tu maremoto blanco explotado de placer.
Inundame, que te busco completo, interminable. Derramarme en tu centro quiero, puedo.
Inundame con tu sudor, poseído, jadeante, agotado.
Inundame el alma con tu espacio; desde el resquicio de mi baja voz, hasta ahí donde se extingan tus jadeos impulsados por mi embestir.
Inundame en un beso sucio, atracón de piel y secreción; vuelve luego he inundame de nuevo con encanto, con pasión, y asfixia con tu lengua mi garganta, que de tu miel, mi carne vive ansiosa.

Marco de Mendoza

🍸

Orgullo.

Orgullo.

«Una tarde iba yo apresurado por una calle en un barrio miserable. Al pasar frente a la puerta de una cantina di limosna a un pordiosero increíblemente harapiento. Muchas cuadras más allá me di cuenta de que aquel mendigo que me mirara con insistencia, pero sin hablarme, era Juan Vizcarra. ¡Era un anciano, y Juan Vizcarra era sólo diez años mayor que yo! Volví de carrera a la cantina, pero el mendigo ya no estaba allí… ¡Juan era tan orgulloso! Pero después de todo quizás no fuera Juan, quizás fuera sólo imaginación mía creer que ese limosnero cojo tumbado en un charco de suciedad a la puerta de una cantina era Juan Vizcarra.
A veces pienso que lo buscaré. No puedo olvidar la cancioncilla maliciosa que silbaba al entrar a casa en la mañana, ni la destreza con que esos dedos colorados y romos hicieron brotar la vida ante mis maravillados ojos de niño. Pienso buscarlo…, no sé para qué. Pero los años pasan. Ahora sólo muy de tarde en tarde llego a preguntarme:
—¿Qué será de Juan Vizcarra?».

-El hombrecito

José Donoso.