«—Quisiera usted decirme ¿qué camino debo tomar para irme de aquí? —Eso depende, en mucho, del lugar a donde quieras ir —Respondió el gato—. —No me preocupa mayormente el lugar… —Dijo Alicia—. —En tal caso, poco importa el camino, —Declaró el gato— —… con tal de llegar a alguna parte —Añadió Alicia a modo de explicación—. —Oh —Dijo el gato—: puede usted estar segura de llegar, con tal de que camine un tiempo bastante largo».
Acuérdate de lanzar mis cenizas al mar, de llevar al niño los lunes a inglés y los miércoles a natación. El jueves le ponen la vacuna y el viernes tiene revisión. No olvides regar las plantas ni sacar a Troylo a pasear antes de las 8:00 que si no, se lo hace encima. Recuerda que en mayo siempre se nos achucha el mes porque viene el seguro del coche y el tuyo de la caza. Haz verduras de vez en cuando, y pescado, que es más sano.
Ah, compra lejía y frota con agua fría la sangre; es como
sale mejor.
«[… ] creo que si un hombre viviera su vida de manera total y completa, si diera forma a todo sentimiento, expresión a todo pensamiento, realidad a todo sueño…, creo que el mundo recibiría tal empujón de alegría que olvidaríamos todas las enfermedades del medievalismo y regresaríamos al ideal heleno; puede que incluso a algo más delicado, más rico que el ideal heleno. Pero hasta el más valiente de nosotros tiene miedo de sí mismo. La mutilación del salvaje encuentra su trágica supervivencia en la autorrenuncia que desfigura nuestra vida. Se nos castiga por nuestras negativas. Todos los impulsos que nos esforzamos por estrangular se multiplican en la mente y nos envenenan. Que el cuerpo peque una vez, y se habrá librado de su pecado, porque la acción es un modo de purificación. Después no queda nada, excepto el recuerdo de un placer o la voluptuosidad de un remordimiento. La única manera de librarse de la tentación es ceder ante ella. Si se resiste, el alma enferma, anhelando lo que ella misma se ha prohibido, deseando lo que sus leyes monstruosas han hecho monstruoso e ilegal. Se ha dicho que los grandes acontecimientos del mundo suceden en el cerebro. Es también en el cerebro, y sólo en el cerebro, donde se cometen los grandes pecados. Usted, señor Gray, usted mismo, todavía con las rosas rojas de la juventud y las blancas de la infancia, ha tenido pasiones que le han hecho asustarse, pensamientos que le han llenado de terror, sueños y momentos de vigilia cuyo simple recuerdo puede teñirle las mejillas de verguenza…».
«[… ] Entonces el fantasma habló de nuevo con una voz que resonaba como los suspiros del viento: —¿Ha leído usted alguna vez la antigua profecía que hay sobre las vidrieras de la biblioteca? —¡Oh, muchas veces! —exclamó la muchacha levantando los ojos—. La conozco muy bien. Está pintada con unas curiosas letras negras y se lee con dificultad. No tiene más que estos seis versos:
Cuando una joven rubia logre hacer brotar una oración de los labios del pecador, cuando el almendro estéril dé fruto y un pequeño deje correr su llanto, entonces, toda la casa quedará tranquila y volverá la paz a Canterville.
Pero no sé lo que significan. —Significan que tiene usted que llorar conmigo mis pecados, porque no tengo lágrimas, y que tiene usted que rezar conmigo por mi alma, porque no tengo fe, y entonces, si ha sido usted siempre dulce, buena y cariñosa, el ángel de la muerte se compadecerá de mí. Verá usted seres terribles en las tinieblas y voces malignas susurrarán en sus oídos, pero no podrán hacerle ningún daño, porque contra la pureza de una niña no pueden nada las potencias infernales. Virginia no contestó y el fantasma retorcióse las manos en la violencia de su desesperación, sin dejar de mirar la rubia cabeza inclinada. De pronto se irguió la joven, muy pálida, con un fulgor extraño en los ojos. —No tengo miedo —dijo con voz firme— y rogaré al ángel que se apiade de usted».
Aromas. Son tan diversos,
contrastantes y evocadores, que a veces tienen la fuerza suficiente para
llevarnos a un sitio en el pasado o provocarnos sensaciones luminosas y también
malamente, desagradables. Pero hoy quiero hablar solo de las sensaciones placenteras
que nos provoca oler, sentir.
Hay muchas maneras de evocar recuerdos, pero sin duda, a mí los aromas me llevan de inmediato a momentos y personas. Cuando adolescente, recuerdo que solía usar una colonia fresca y con esencia de romero. Ahora todos los días de camino al trabajo, cruzo junto a una casa que en gran parte de su jardín tiene romero. Me detengo por un momento, inhalo, y de inmediato ese devenir de momentos, de instantes; todos repletos de felicidad. Así huelo yo al romero.
Seguramente todos tenemos una esencia que nos rememora algo, un lugar, una o varias personas, una situación particular, a la familia; por ejemplo, mi madre me solía preguntar por qué iba tanto a aquel sitio de pizzas a la leña. —Pareciera que estoy en casa de los abuelos, le decía yo.
A veces llegaba dormido en el
auto, y el aroma a pan recién horneado me despertaba. Aquel aroma del horno
agitando sus brazas era saber que mis abuelos estaban cerca. Ahora cada que
percibo ese aroma, ellos vuelven e instintivamente sonrío. El abuelo había construido
ese horno a petición de mí abuela. Era fantástico llegar y comer de ese pan
tibio, esponjoso y aromático. Pero era aún mejor cuando juntos, entre los
primos y mis abuelos, hacíamos el pan, lo decorábamos y lo metíamos al horno y
luego, esperábamos sentados en el balcón con una taza de té de limón. Otro aroma
poderoso.
Ahora, faltan pocos días para
navidad y yo solo espero ese aroma tan característico del ponche y de las
nochebuenas, porque me recuerda a la familia. Reunidos en torno a una mesa, en
espera de compartir risas, sueños y esperanzas.
También esta ese aroma dulce
hasta empalagar de la profesora de física en la preparatoria, siempre que lo
percibo, recuerdo el martirio de sus clases llenas de este almizcle que a mí,
me provocaba las náuseas, y a mis compañeros risas incansables al ver mi rostro
torturado. Hasta que un día la profesora misma se dio cuenta de ello y solo
cambio a otro 1% menos dulce. Eso fue razón suficiente para que mi
enamoramiento tácito no prosperara.
Hay aromas para todos los recuerdos. Aromas que entrelazan abrazos, felicidad, besos y costumbres. Yo estoy seguro de que entre el día a día, entre tanto y todo, hay un aroma que les recuerda lo feliz que fueron, lo dichosos que se sintieron o lo risible de una anécdota, y ojalá que en medio de todo eso, siempre podamos inhalar y sonreír.
A Mariela no la llamaron nunca por su nombre. Desde que no nació todos se empeñaron en olvidarla sin recuerdos y, por más que grite, tire jarrones en la sala, abra puertas o sople a los ojos de su madre, nadie la mira ni la escucha. Últimamente le ha dado por probarse el vestido de comunión de su hermana y cada mañana lo encuentran fuera del armario. Quizás un día alguien hable de lo que nunca ocurrió y pueda empezar a morir.
«Desde el tiempo de mi infancia no he sido como otros eran, no he visto como otros veían, no pude traer mis pasiones de una simple primavera. De la misma fuente no he tomado mi pesar, no podría despertar mi corazón al júbilo con el mismo tono; Y todo lo que amé, lo amé solo».
EDGAR ALLAN POE 1809 – 1849
“Los que sueñan de día son conscientes de muchas cosas que escapan a los que sueñan sólo de noche.»
Fotografía por Klimbim
«Otros amigos se han ido antes; mañana él también me dejará, como me abandonaron mis esperanzas.» Y entonces el pájaro dijo: «Nunca más».
Arte de Gregory Hartman
“Todo lo que vemos o imaginamos, es sólo un sueño dentro de un sueño.»
Ilustración de Shawn Duarte
«¿Deseas que te amen? Nunca pierdas, entonces, el rumbo de tu corazón. Sólo aquello que eres has de ser, y aquello que simulas, jamás serás».
Pintura de Jack Morefield
“Me volví loco, con largos intervalos de horrible cordura.»
«[…] Antes de que los últimos ecos del carrillón se hubieran hundido en el silencio, muchos de los concurrentes tuvieron para advertir la presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no había llamado la atención de nadie. […] Los concurrentes parecían sentir en lo más hondo que el traje y la apariencia del desconocido no revelaban ni ingenio ni decoro. Su figura, alta y flaca estaba envuelta de la cabeza a los pies en una mortaja. La máscara que ocultaba el rostro se parecía de tal manera al semblante de un cadáver ya rígido, que el escrutinio más detallado se habría visto en dificultades para descubrir el engaño. Pero el enmascarado se había atrevido a asumir las apariencias de la Muerte Roja. Su mortaja estaba salpica de sangre, y su amplia frente, así como el rostro, aparecían manchados por el horror escarlata».