El placer de hacer.

El placer de hacer.

«Veía a Gianni desesperado por decirme algo que o era muy embarazoso o era muy extraordinario. Entonces ocurrió, sacó del bolsillo una cajetilla de cigarros y dentro de ella extrajo una bolsita de tela.
—¿Quieres? —me preguntó.
—¿Qué cosa?
—Algo que ayuda a oír el jazz…
—Mariguana.
Yo debí saltar en mi asiento, porque me dijo, sonriendo otra vez con su sonrisa sana:
—No te asustes, que no mata.
—No me asusta —Ya la he fumado, mentí.
—¿De veras? ¿Y qué efecto produce?
—A mí me dio mareos y vómitos.
—Pues no has fumado mariguana, porque la mariguana ni da mareos ni vómitos. Es exactamente como la bebida, sólo que no hay despertar malo al día siguiente. ¿De veras que no quieres?
—No —me mantuve ahí.
—Bueno, ¿entonces no te importa que yo la fume?
—No —le dije, muy blasé—. No me importa.
En realidad estaba muerto de miedo.
—Puedes fumarla —le dije.
Lo encendió y comenzó a fumar. Yo no sentía olor ni nada por el estilo. Puede ser que hubiera sido el miedo o la sorpresa, porque insistí, muy ingenuamente, en preguntarle:
—¿Es mariguana de veras?
Me miró. Se sonrió con su sonrisa doblada. Me dijo, simplemente:
—Mi nombre es Gianni, no Zanni.
Zanni, en italiano, quiere decir bufón, cómico, payaso».

-Jazz

Guillermo Cabrera Infante.

Añoranzas.

Añoranzas.

DESCANSAMOS LOS MARTES

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Aromas. Son tan diversos, contrastantes y evocadores, que a veces tienen la fuerza suficiente para llevarnos a un sitio en el pasado o provocarnos sensaciones luminosas y también malamente, desagradables. Pero hoy quiero hablar solo de las sensaciones placenteras que nos provoca oler, sentir.

Hay muchas maneras de evocar recuerdos, pero sin duda, a mí los aromas me llevan de inmediato a momentos y personas. Cuando adolescente, recuerdo que solía usar una colonia fresca y con esencia de romero. Ahora todos los días de camino al trabajo, cruzo junto a una casa que en gran parte de su jardín tiene romero. Me detengo por un momento, inhalo, y de inmediato ese devenir de momentos, de instantes; todos repletos de felicidad. Así huelo yo al romero.

Seguramente todos tenemos una esencia que nos rememora algo, un lugar, una o varias personas, una situación particular, a la familia; por ejemplo, mi madre me solía preguntar por qué iba tanto a aquel sitio de pizzas a la leña. —Pareciera que estoy en casa de los abuelos, le decía yo.

A veces llegaba dormido en el auto, y el aroma a pan recién horneado me despertaba. Aquel aroma del horno agitando sus brazas era saber que mis abuelos estaban cerca. Ahora cada que percibo ese aroma, ellos vuelven e instintivamente sonrío. El abuelo había construido ese horno a petición de mí abuela. Era fantástico llegar y comer de ese pan tibio, esponjoso y aromático. Pero era aún mejor cuando juntos, entre los primos y mis abuelos, hacíamos el pan, lo decorábamos y lo metíamos al horno y luego, esperábamos sentados en el balcón con una taza de té de limón. Otro aroma poderoso.

Ahora, faltan pocos días para navidad y yo solo espero ese aroma tan característico del ponche y de las nochebuenas, porque me recuerda a la familia. Reunidos en torno a una mesa, en espera de compartir risas, sueños y esperanzas.

También esta ese aroma dulce hasta empalagar de la profesora de física en la preparatoria, siempre que lo percibo, recuerdo el martirio de sus clases llenas de este almizcle que a mí, me provocaba las náuseas, y a mis compañeros risas incansables al ver mi rostro torturado. Hasta que un día la profesora misma se dio cuenta de ello y solo cambio a otro 1% menos dulce. Eso fue razón suficiente para que mi enamoramiento tácito no prosperara.

Hay aromas para todos los recuerdos. Aromas que entrelazan abrazos, felicidad, besos y costumbres. Yo estoy seguro de que entre el día a día, entre tanto y todo, hay un aroma que les recuerda lo feliz que fueron, lo dichosos que se sintieron o lo risible de una anécdota, y ojalá que en medio de todo eso, siempre podamos inhalar y sonreír.

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