Eso que somos.

Eso que somos.

«Todavía sin plan, todavía desordenado y hosco, aparta la sábana con un ademán lento y se sienta en la cama, los pies apoyados sobre el piso desnudo, lejos de la alfombra. Mientras el frío de las baldosas va piernas arriba, caderas arriba, hasta lamer el vaho tibio de la cama, que aún perdura en su espalda, en su pecho, en sus hombros, conserva todavía en la cabeza (no tanto en la memoria) el sonido y el olor de anteayer, el olor y el sonido de la figura aborrecida y admirada, del hombre alto, calvo y afeitado, con el enorme vientre desafiante y las piernas firmes, un poco separadas. Aborrecido y admirado, no. Ni aborrecer ni admirar. Más bien sentir en la conciencia… menos que eso, en la boca, en las manos, en los ojos, la justificación del propio pudor, el asco indiferente hacia el hombre alto».

-Esta mañana

Mario Benedetti.

Sentimientos encontrados.

Sentimientos encontrados.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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La gente muere todo el tiempo.

«La gente muere todo el tiempo», me dijo mi madre aquel día cuando ví morir al tío Artemio. Un derrame cerebral fue lo que de un instante lo fulminó. Tumbado ahí frente a mí, junto a mis pies que se volvieron una pesada roca cuando lo percibí inmóvil, cuando de pronto, se hizo encima; ni así pude moverme. Su tono pálido se torno a mí de igual modo, dejándome frío. Quería moverme, salir de ahí corriendo con todas mis fuerzas. La gente comenzó a arrimarse, murmuraban, pero yo solo percibía ruidos inaudibles. Sentía el estómago revuelto y los ojos desorbitados. Las piernas, de ser una roca, se volvieron hilos insostenibles y la piel se me crispó.
—¡Antonio!
—Un grito agudo y desesperado de mi madre—.
Fue eso lo que me devolvió al mundo de los vivos. Y solté en llanto. Un llanto frío, desesperado, de miedo y pavor. No podía apartar la vista del tío Artemio. Entre todo ese temor y angustia, había desconcierto.
—¡El tio mamá, mi tío Artemio! —Le dije cuando ella intentó apartarme para que los paramédicos hicieran lo suyo— Pero el tío ya no estaba ahí en ese cuerpo, ya no era él esa cosa apenas tibia y ahora apestosa.
Mi madre me abrazo apretándome contra su cintura, en su intento por evitarme la escena. Pero yo ya lo había visto todo. ¿Qué más podía pasar?
Apenas hace unos minutos el tío me decía que iríamos a montar a Celadio, aquel caballo azabache que me encantaba, luego de eso, apretó mi mano con tanta fuerza que creí iba a deshacermela —¡Auch, tío! —le increpé molesto—. Era la razón. Al instante, cayó al suelo sin decir nada. Me arrastro con él, pero en mi enojo, jalé mi mano con brusquedad mientras me sostenía de la barandilla del atrio de aquella Iglesia que cruzábamos para cortar camino a la heladería.
Lloramos, vaya que lloramos todos. Lloraron sus hijos, la viuda, la familia y algunos más, muchos más que acudieron al funeral y posterior entierro. Lloramos cuanto se pudo y un poco más. Había lágrimas en todos lados. Lágrimas en el pan que acompañaba al café. Las mismas lágrimas que salaban y enturbiaban ese café. Era inevitable, y no era suficiente. Llorar era una forma de sacarnos la asfixia, de lavar el cuerpo y las entrañas de esa maldita presión en el pecho que, ¡cómo duele!
Artemio Torres, de 45 años. Era bien conocido por todos y además, querido. Nunca nadie se atrevió a negarle un favor. Artemio fue siempre un hombre de palabra, responsable y honesto. Muy, muy querido. Sus hijos sonreían al verlo llegar del trabajo, siempre con una bolsa de frutas en la mano. —Te traje mangos Antonio —Me decía— Yo era su sobrino, pero nos quisimos tanto. Yo lo ví morir y hubiera deseado todo en este mundo, menos eso.
La mañana de su entierro, aunque cantamos, también lloramos. Creo que dejé ahí todas mis lágrimas posibles.
Han pasado ya muchos años. No he vuelto a llorar.
Recuerdo las palabras de mi madre cuando me recogió frente al inerte cuerpo del tío Artemio: «La gente muere todo el tiempo».
Ayer murió mi padre. No lloré. No pude.

Marco de Mendoza

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Alguien me deletrea.

Alguien me deletrea.

“—¡Qué va a experimentar el alma de esta niña—añadió Jehel— cuando se desligue de la carne y se encuentre en el seno de la cuarta dimensión! ¡Cuál va a ser su extrañeza, cuál su azoramiento al hallarse en el espacio negro, sin límites, entre el silencioso gravitar de los mundos; al ver perderse vertiginosamente a lo lejos, como un enjambre dorado, los planetas del sistema solar! ¡Qué desorientación más angustiosa la suya, cuando no te encuentre ni pueda verte, ¡oh Increado!, porque le faltan para ello tantas etapas, tantos ciclos aún infranqueables!”.

Como en las estampas.

Amado Nervo.

Lo que digo se desvanece.

Lo que digo se desvanece.

«Una casuista del tiempo llegó a confesar que era un monumento de lógica. La venalidad, dijo el Diablo, era el ejercicio de un derecho superior a todos los derechos. Si tú puedes vender tu casa, tu buey, tus zapatos, tu sombrero, cosas que son tuyas por una razón jurídica legal, pero que, en todo caso, están fuera de ti, ¿cómo es que no puede vender tu opinión, tu voto, tu palabra, tu fe, cosas que son más que tuyas porque son tu propia conciencia, esto es, tú mismo? Negarlo es caer en o absurdo y contradictorio. ¿Pues no hay mujeres que venden sus cabellos? ¿No puede un hombre vender parte de su sangre para transfundirla a otro hombre anémico? ¿Y la sangre y los cabellos, partes físicas, tendrán un privilegio que se le niega al carácter, a la parte moral del hombre?».

La iglesia del Diablo.

Joaquim Machado de Assis.

Forma terrible de la nada.

Forma terrible de la nada.

«Quizás te convendría reposar en alguna religión. Esto también lo dejo a tu criterio. Yo no puedo recomendarte alguna de ellas porque soy el menos indicado para hacerlo. De todos modos, piénsalo y decídete si hay dentro de ti una voz profunda que lo solicita.

Lo que sí te recomiendo, y lo hago muy ampliamente, es que en lugar de ocuparte en investigaciones amargas, te dediques a observar más bien el pequeño cosmos que te rodea. Registra con cuidado los milagros cotidianos y acoge en tu corazón a la belleza. Recibe sus mensajes inefables y tradúcelos en tu lengua.

Creo que te falta actividad y que todavía no has penetrado en el profundo sentido del trabajo. Deberías buscar alguna ocupación que satisfaga a tus necesidades y que te deje solamente algunas horas libres. Toma esto con la mayor atención, es un consejo que te conviene mucho. Al final de un día laborioso no suele encontrarse uno con noches como esta, que por fortuna estás acabando de pasar profundamente dormido».

El silencio de Dios.

Juan José Arreola.