Confraternidad.

Confraternidad.

«—Quiero ver a los siete cuervos —contestó la niña sin temor—. Las estrellas me han dicho que vivían aquí.
—Es verdad —respondió el gentil enano—, pero en este momento mis amos han salido. Sin embargo, como no tardarán en volver, si quieres puedes pasar a esperarlos. Es posible que se alegren de verte, pero nunca reciben a nadie.
La niña no se hizo repetir la invitación y entró en el castillo. Cruzó el amplio vestíbulo, y el enano la condujo al comedor, donde se vio frente a una gran mesa puesta para siete cubiertos. Como después de su largo viaje la niña tenía hambre, dijo al enano:
—¿Podría servirme algo de lo que hay sobre la mesa? Estoy muy cansada y tengo hambre y sed.
—Sí —dijo el enano—. Come y bebe si quieres.
Y como la niña no quería privar a ninguno de los siete cuervos de su ración, probó nada más que un bocado de cada plato y bebió un sorbo de cada vaso.
Pero no advirtió que el anillo de bodas de su madre rodó de su dedo y cayó al fondo de uno de los vasos.
De pronto se sintió afuera un aleteo de pájaros y la niña se levantó presurosa.
—Escóndeme —dijo al enano—; no quisiera que tus amos los siete cuervos me vieran todavía.
El enano la hizo ocultar tras una cortina, y poco después se vio entrar por la ventana a los siete cuervos. Se posó cada uno junto a su plato, y comenzaron a comer. De pronto, uno de ellos exclamó:
—Parece como si alguien hubiera comido en mi plato y bebido en mi vaso.
—Pues, ¡y en el mío! —dijo otro—.
—¡Y en el mío, y en el mío! —gritaban todos los cuervos a un tiempo, en medio de un agitado batir de alas—.
Y cuando el último de ellos miró su vaso, advirtió que algo sonaba en el fondo del mismo. Miraron todos, y con gran sorpresa vieron en el vaso el anillo de bodas de su madre.
Primero se quedaron mudos de asombro. Pero en seguida comprendieron que aquello que parecía un milagro no tenía sino una explicación. Y dando grandes aleteos de alegría, comenzaron a gritar alborozados:
—¡Nuestra hermanita ha venido a buscarnos!».

-Los siete cuervos

Jacob y Wilhelm Grimm.

Superchería.

Superchería.

«—Mira, esas velas que ves son las vidas de los hombres. Las grandes son las vidas de los niños; las medianas son las vidas de los cónyuges, y las pequeñas las de los ancianos. Pero hay también niños y jóvenes que no tienen más que una velita pequeña. —¡Dime cuál es mi luz! —dijo el médico, pensando que era todavía una vela bien grande—. Y la Muerte le enseñó un cabito de vela, casi consumido: —Ahí la tienes. —¡Ay, madrina, madrina mía! ¡Enciéndeme una luz nueva! ¡Por favor, hazlo por mí! ¡Mira que todavía no he disfrutado de la vida, que me van a hacer rey y me voy a casar con la princesa! —No puede ser, dijo la Muerte. —No puedo encender una luz mientras no se haya apagado otra. —¡Pues enciende una vela nueva con la que se está apagando! —suplicó el médico—. La Muerte hizo como si fuera a obedecerle; llevó una vela nueva y larga. Pero como quería vengarse, a sabiendas tiró el cabito de vela al suelo, y la lucecita se apagó. Y en el mismo momento, el médico se cayó al suelo, y dio entonces en manos de la Muerte».

-La Muerte madrina

Jacob y Wilhelm Grimm.

Garantías.

Garantías.

«—Por favor, enano, por favor, ahora poseo riqueza, te daré todo lo que quieras. —¿Cómo puedes comparar el valor de una vida con algo material? —Quiero a tu hijo, —exigió el desaliñado enano—. Pero tanto rogó y suplicó la mujer, que conmovió al enano: —Tienes tres días para averiguar cuál es mi nombre, si lo aciertas, dejaré que te quedes con el niño.
Por más que pensó y se devanó los sesos la molinerita para buscar el nombre del enano, nunca acertaba la respuesta correcta.
Al tercer día, envió a sus exploradores a buscar nombres diferentes por todos los confines del mundo. De vuelta, uno de ellos contó la anécdota de un duende al que había visto saltar a la puerta de una pequeña cabaña cantando:
“Hoy tomo vino,
y mañana cerveza,
después al niño sin falta traerán.
Nunca, se rompan o no la cabeza,
el nombre Rumpelstiltskin adivinarán.”

Cuando volvió el enano la tercera noche, y preguntó su propio nombre a la reina, esta le contestó: —¡Te llamas Rumpelstiltskin!».

-El enano saltarín (Rumpelstiltskin)

Jacob y Wilhelm Grimm.

Premura.

Premura.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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Me urges todo el tiempo
A la mañana cuando todo me hace falta.
Como ese café que aguarda.
Me urges.
Me urges todo el tiempo.
Al mediodía cuando todo es calma,
cuando todo en mi alma te reclama.
Me urges.
Me urges todo el tiempo.
Al atardecer en que en sol se pone,
como anticipando que no estás,
como gritándole al viento: ¡Ven!
Me urges.
Me urges todo el tiempo.
Más allá de cada noche
en que mi piel busca tu rose,
en que mis ojos no te encuentran,
ni mis labios tienen goce.
Me urges.
Me urges todo el tiempo.
Como un sueño anticipado
donde buscarte y encontrarte, me es urgente.

MARCO DE MENDOZA

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EXONERACIÓN.

EXONERACIÓN.

• EFEMÉRIDES •

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02 de diciembre

Día internacional de la abolición de la esclavitud•

SOLOMON NORTHUP

1808 / 1863

12 AÑOS DE ESCLAVO

«La gloriosa esperanza a la que me había aferrado con tanto entusiasmo se estaba reduciendo a cenizas entre mis manos. Sentía que me estaba hundiendo cada vez más en las aguas amargas de la esclavitud de cuya insondable profundidad jamás lograría volver a salir».

«Pensé que moriría bajo los latigazos de aquel maldito bruto. Todavía se me pone la carne de gallina al recordar aquella escena. Tenía la espalda en carne viva. Mi sufrimiento solo se podía comparar con las ardientes agonías del infierno».

«Y así, esposados y en silencio, atravesamos las calles de Washington, la capital de un país cuya teoría de gobierno, según nos dicen, se apoya en la fundación del inalienable derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. ¡Bravo! ¡Columbia, una tierra feliz, por supuesto!».

«Los hombres pueden escribir libros retratando la vida humilde tal como es, o como no es, se pueden explayar con la solemnidad propia de los que todo lo saben sobre el goce de la ignorancia y hablar displicentemente desde sus sillones de los placeres de la esclavitud, pero si trabajaran en el campo, si durmieran en una cabaña, si comieran farfollas y fueran azotados, cazados y maniatados, contarían otra historia muy diferente».

«Lo cierto es que era difícil decidir a quién debía tener más miedo, a los perros, los caimanes o los hombres».

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