Cosa de un afán.

Cosa de un afán.

«Se dio cuenta con gran tristeza y desencanto que aquel hermoso juego de liberación la había cansado y que no quería saber ya ni de la boda, ni de José Juan, ni de nada. Empezó a sentir disgusto cuando oía que llegaba, lo cual hacía varias veces durante el día, con el pretexto de consultarle alguna cosa. Comenzó a chocarle su voz, el leve beso que le daba al despedirse por las noches, los labios fríos y húmedos, su conversación: «la casa, las cortinas, las alfombras, la casa, los muebles, las cortinas…» Ella no podía más, ya no le importaba salvarse o padecer toda la vida. Sólo quería descansar de aquella tremenda fatiga, de ir todo el día de un lado a otro, de hablar con cien gentes, de opinar, de escoger cosas, de oír la voz de José Juan… Quería quedarse en su cuarto sola, sin ver a nadie, ni siquiera a su madre y a Clara, estar sola, cerrar los ojos, olvidar todo, no oír ni una palabra, nada, “la casa, los muebles, las alfombras, la ropa blanca, las cortinas, la casa, la modista, la vajilla…”».

-𝐋𝐚 𝐜𝐞𝐥𝐝𝐚
𝐀𝐦𝐩𝐚𝐫𝐨 𝐃𝐚́𝐯𝐢𝐥𝐚

Cosa de semántica.

Cosa de semántica.

«He visto lo que les ha pasado a algunos amigos —decía Rutherford— y he decidido que a mí no me pase lo mismo. No es tan difícil: si eliges una mujer con sentido común y le hablas claro, y te comportas como Dios manda, y juegas limpio, entonces es un matrimonio de verdad. Pero si desde el principio consientes tonterías, entonces es un vulgar apaño: antes de que pasen cinco años el marido corta por lo sano, o ella lo engaña, y se repite el desastre de siempre.
—¡Exacto! —asintió entusiasmado el individuo que lo acompañaba—. Hamilton, chico, tienes toda la tazón».

-𝐋𝐚 𝐛𝐨𝐝𝐚
𝐅. 𝐒𝐜𝐨𝐭𝐭 𝐅𝐢𝐭𝐳𝐠𝐞𝐫𝐚𝐥𝐝

Dios te dé paz y paciencia y muerte con penitencia.

Dios te dé paz y paciencia y muerte con penitencia.

• MINIFICCIÓN •

La penitencia de la niña.

Amélie Olaiz

Ha dejado su bicicleta a la entrada de la iglesia. Se arrodilla en el reclinatorio junto a las veladoras, a los pies de la Virgen. Inclina la cabeza y aprieta las manos contra un pecho que se expande para suspirar.

Mientras lo espera, aromas de incienso y parafina se mezclan con sensaciones de culpa.

Los senos, montículos nuevos en su cuerpo, arden aún bajo las caricias del padre Miguel. Al escuchar ruido la piel se le pone chinita. Dios, como agua en cestillo, se le escapa entre los dedos.

Lo que nunca se ha tenido no se debería echar de menos.

Lo que nunca se ha tenido no se debería echar de menos.

«Mi madre no nació del barro, nació del cristal, delicada, frágil. Eso dijo mi padre aquel lejano día. Pero yo, creo que no, creo que mi madre no se perdonó jamás porque ella era tan de barro o más que cualquiera de nosotros. Ella era del barro más poroso, más humano que existe».

Su propia penitencia,
Rocío Díaz.

Penitencia II

Penitencia II

«Finge no escuchar el advenimiento del Señor de la Casa. Come las cáscaras de las pepitas de calabaza. Masca un pedacito de bolsa del súper, porque ahora son biodegradables y sabe que es bueno sólo un pedacito diario para evitar la inflación, los gases que deterioran la economía del hogar. Aquél da el primer jadeo, resopla, gruñe al agredir la paz de esa tarde.».

Civet de jabalí,
Antonio Jiménez Ochoa.

Penitencia III

Penitencia III

«Y nunca más habló ni una palabra, con nadie. Tampoco nosotros hablábamos de él. Sólo se pensaba en él. No, de nuestro padre no podíamos olvidarnos; y si, en algunos momentos, hacíamos como que olvidábamos, era sólo para despertar de nuevo, de repente, con su recuerdo, al paso de otros sobresaltos».

La tercería orilla del río,
João Guimarães Rosa.

La luz se esconde entre las sombras.

La luz se esconde entre las sombras.

«Se necesita darle sangre al diablo para que nos haga caso».
Veneno para las hadas

Sacerdotisa de Delphi John Collier
El hechizado por fuerza Francisco de Goya
Earthbound Evelyn de Morgan
El círculo mágico John William Waterhouse
Circe Invidiosa John William Waterhouse
The love potion Evelyn de Morgan
Live potion. Ludwing Van Bacon
Ambición maltrecha.

Ambición maltrecha.

«Terminado el yantar y recogida la vajilla, nos reunimos como solemos hacerlo en la choza de Marcelino Peje, perrero catedralicio: el Cojo, el negro Sebastián Milagros y este indigno servidor de vuesa merced. Comentamos, como era justo, lo que habíamos escuchado contra nuestra voluntad en el Fuerte, y resolvimos de común acuerdo, validos de la circunstancia de haber tratado yo pasajeramente a vuestra merced veinte años, enviarle la carta que estoy dictando y que el Cojo adereza con donaire más sutil.
Tiene ella por objeto comunicar a vuestra merced, Señor Ayuda de Cámara, una fórmula que en casos graves aplica Sebastián Milagros y cuyas virtudes han sido hasta hoy infalibles. Consiste en una cocción de palma, romero y olivo tostados en una vasija de arcilla, con los cuales se sahumará la alcoba del embrujado, asperjando también los rincones con agua sacra. Quien realice el exorcismo deberá revestir una capa y aletear con ella, a manera de quien espanta, en dirección a la puerta. En ésta se habrá enterrado previamente un cuí negro, clavado con alfileres. Acaso vuestra merced ignore que el cuí o cuy es un conejillo de tierras cálidas».

-𝐄𝐥 𝐞𝐦𝐛𝐫𝐮𝐣𝐨 𝐝𝐞𝐥 𝐫𝐞𝐲

𝐌𝐚𝐧𝐮𝐞𝐥 𝐌𝐮𝐣𝐢𝐜𝐚 𝐋𝐚𝐢𝐧𝐞𝐳