«Era una belleza de mariposa a la cual tan bien le queda el vals, el revoloteo por el jardín, la risa, la alegría, y la que no concuerda con una idea seria, ni con la tristeza, ni con la paz; y bastaría, al parecer, que un fuerte viento corriera por el andén o que cayera una lluvia para que el frágil cuerpo se marchitara de golpe y su caprichosa belleza se expulsara como el polvillo de las flores».
«Todos, a excepción de Sonia y Aliocha, cantan los números por turno. Cómodo éstos se repiten con frecuencia, los hay que llevan apodos: así, el siete se nombra ‘el gancho’; el once, ‘los patitos’; el noventa, ‘el abuelo’, etcétera. El juego sigue con viveza. —¡El treinta y dos! —exclama Gricha, metiendo la mano en el sombrero de su padre, donde están los pequeños cilindros amarillos—. ¡Dieciocho!… ¡El gancho! ¡El veintiocho!».
«Se metió debajo de todo eso, con una rebanada de pan al alcance de la mano. Dormitaba y esperaba, y mordisqueaba el pan, y contemplaba la nieve que entraba ligera. Tibby se sentó junto a la vieja cara azulada que asomaba entre las ropas y alzó una pata para tocarla. Maullaba y estaba inquieto, y entonces salió a la mañana de escarcha y llevó una paloma, que todavía forcejeaba y aleteaba un poco, y la dejó junto a la anciana. Pero ella temía salir de debajo del montón de ropa, donde el calor se generaba y conservaba con dificultad. En realidad no podía salir ni para sacar más tablas del suelo, encender un fuego, desplumar la paloma y cocinarla. Extendió una fría mano y acarició al gato.
“Tibby, pobrecito, la has traído para mí, ¿verdad?, ¿verdad que sí? Ven, ven…” Pero el gato no quería meterse allí dentro con ella. Maulló otra vez, le acercó más la paloma. Ahora estaba abatida y muerta.
“Para ti. Cómetela tú. Yo no tengo hambre, gracias, Tibby.” Pero la carcasa no le interesaba. Se había comido una paloma antes de llevarle esa a Hetty. Sabía alimentarse bien. A pesar de su pelo apelmazado y sus cicatrices y su ojo amarillo entrecerrado, era un gato fuerte y sano».
«Ya está rota la amistad entre los dos. Ya son enemigos. Ya son adversarios. El hombrecillo que duerme agazapado en el alma, en el cuerpo de Pablo, empieza a hacer sus primeras armas contra la pobre bestia que se debate furiosamente. Quiere dominarla, esclavizarla, someterla a su placer, torturarla sin objeto. La feral batalla se halla en pleno desarrollo, frente a este cielo impasible, a esta paz intachable de la naturaleza. En un minuto de descuido, sobre la mejilla de Pablo cae exactamente la garra del felino. Pablo siente la carne desgarrada y la sangre que brota. El odio, la enemistad, la ira, invaden su pura alma de niño. Y con las dos pequeñas manos en las cuales se ha concentrado súbitamente una extraña fuerza, va apretando, apretando, apretando el cuello del animal, que tiembla, se estremece, maúlla y, de pronto, calla, se aquieta, se inmoviliza entre esas manos. El gato ha caído, por fin sobre el cuello, como un saco vacío. Del húmedo hocico se escapa, casi imperceptible, un delgado hilo rojo. Pablo tiene los ojos desmesuradamente abiertos, tiembla de miedo y empieza a llorar, a llorar como lloran los niños».
«El cariño del gato por mí parecía aumentar en el mismo grado que mi aversión. Seguía mis pasos con una pertinacia que me costaría hacer entender al lector. Dondequiera que me sentara venía a ovillarse bajo mi silla o saltaba a mis rodillas, prodigándome sus odiosas caricias. Si echaba a caminar, se metía entre mis pies, amenazando con hacerme caer, o bien clavaba sus largas y afiladas uñas en mis ropas, para poder trepar hasta mi pecho. En esos momentos, aunque ansiaba aniquilarlo de un solo golpe, me sentía paralizado por el recuerdo de mi primer crimen, pero sobre todo (quiero confesarlo ahora mismo) por un espantoso temor al animal».
«Rosie no se sentía molesta y tampoco entendía por qué había tanto alboroto. Todo ese asunto de las Hadas estaba, según su opinión, un poco sobredimensionado. No tenía ninguna necesidad de un tintineo estúpido ni de un parásito molesto aleteando a su alrededor a cada paso. Lo que ella realmente quería era crecer lo más rápido posible, dejar ese pueblo aburrido y comenzar magníficas aventuras a través de los otros continentes. Quaint era el último lugar donde ella hubiera elegido vivir, porque nada interesante pasaba allí. Así que, para ella, era una verdadera molestia encontrarse cara a cara con un nuevo Hada Padrino en esa pesada mañana soleada».
«Una sonrisa curiosa asomó a los labios de mi padre. Acariciándome los rebeldes cabellos, quiso saber qué le pediría yo al hada. No tenía por qué ocultárselo. Él era como una casa grande donde yo podía vivir seguro y feliz. Una casa en la que yo podía hablar en voz alta. Se lo dije: —Le pediré primero que me cuente cuentos todos los días; que pueda llegar tarde a la escuela los días son sol; que se me aparezca mi ángel de la guarda y juegue conmigo y con mis amigos a ‘la roña’; que no le tenga miedo a la oscuridad; que nunca me lleve un robachicos; que conozca yo a una princesa y que un día sea tan alto como tú».
«No quiere revisarse nada, quiere sentir que su cuarto tiene por lo menos el eco de su respiración y ve el reloj y sabe lo que su mamá estará haciendo en los otros sitios del muy amplio departamento del piso 20, con sistema de alarmas, de videos, de guardias en la entrada y rondines en las afueras —son para que no te agobien los fans —pero el Hada sabe que es mentira, que es una forma de mantenerla aislada y de no permitir que nadie penetre a ese útero construido en las lomas de las afueras del Distrito Federal —el México que nos merecemos —dijo su madre cuando el vendedor abrió los brazos mostrando el espacio como si mostrara las puertas del paraíso».
«No era el mismo uniforme que había llevado en la guerra entre los estados. En realidad, no había sido general en esa guerra. Probablemente había sido soldado raso; no recordaba lo que había sido; de hecho, no se acordaba para nada de esa guerra. Era como sus pies, que ahora colgaban marchitos al final de él, sin que los sintiera, cubiertos con la manta azul grisáceo que Sally Poker había tejido cuando era una niña. No recordaba la guerra entre Estados Unidos y España en la que había perdido un hijo; ni siquiera se acordaba de su hijo. Le traía sin cuidado la historia porque esperaba no volver a verla jamás. En su cerebro, la historia estaba relacionada con procesiones, y la vida, con desfiles, y a él le gustaban los desfiles. La gente siempre le preguntaba si recordaba esto o aquello; una monótona y negra procesión de preguntas sobre el pasado. Había un solo acontecimiento del pasado que tenía alguna relevancia para él y del que le interesaba hablar: había ocurrido doce años atrás, cuando recibió el uniforme de general y acudió al estreno.»
«—¡Llévenselo y amárrenlo un rato, para que padezca, y luego fusílenlo! —¡Mírame, coronel! —pidió él—. Ya no valgo nada. No tardaré en morirme solito, derrengado de viejo. ¡No me mates…! —¡Llévenselo! —volvió a decir la voz de adentro. —…Ya he pagado, coronel. He pagado muchas veces. Todo me lo quitaron. Me castigaron de muchos modos. Me he pasado cosa de cuarenta años escondido como un apestado, siempre con el pálpito de que en cualquier rato me matarían. No merezco morir así, coronel. Déjame que, al menos, el Señor me perdone. ¡No me mates! ¡Diles que no me maten! Estaba allí, como si lo hubieran golpeado, sacudiendo su sombrero contra la tierra. Gritando. En seguida la voz de allá adentro dijo: —Amárrenlo y denle algo de beber hasta que se emborrache para que no le duelan los tiros».