Liminalidad.

Liminalidad.

«Desde el tiempo de mi infancia no he sido
como otros eran, no he visto
como otros veían, no pude traer
mis pasiones de una simple primavera.
De la misma fuente no he tomado
mi pesar, no podría despertar
mi corazón al júbilo con el mismo tono;
Y todo lo que amé, lo amé solo».

EDGAR ALLAN POE
1809 – 1849

“Los que sueñan de día son conscientes de muchas cosas que escapan a los que sueñan sólo de noche.»

Fotografía por Klimbim

«Otros amigos se han ido antes; mañana él también me dejará, como me abandonaron mis esperanzas.»
Y entonces el pájaro dijo:
«Nunca más».

Arte de Gregory Hartman

Todo lo que vemos o imaginamos, es sólo un sueño dentro de un sueño.»

Ilustración de Shawn Duarte

«¿Deseas que te amen?
Nunca pierdas, entonces,
el rumbo de tu corazón.
Sólo aquello que eres has de ser,
y aquello que simulas, jamás serás».

Pintura de Jack Morefield

“Me volví loco, con largos intervalos de horrible cordura.»

Trincar.

Trincar.

«Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia… maldije… juré… Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto… más alto… más alto! Y entre tanto los hombres seguían charlando placidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían… y se estaban burlando de mi horror! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces… otra vez… escuchen… más fuerte… más fuerte… más fuerte!
—¡Basta ya de fingir, malvados! —aullé—. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí… ahí! ¡Donde está latiendo su horrible corazón!».

-El corazón delator

Edgar Allan Poe.

Amortajar.

Amortajar.

«[…] Antes de que los últimos ecos del carrillón se hubieran hundido en el silencio, muchos de los concurrentes tuvieron para advertir la presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no había llamado la atención de nadie.
[…] Los concurrentes parecían sentir en lo más hondo que el traje y la apariencia del desconocido no revelaban ni ingenio ni decoro. Su figura, alta y flaca estaba envuelta de la cabeza a los pies en una mortaja. La máscara que ocultaba el rostro se parecía de tal manera al semblante de un cadáver ya rígido, que el escrutinio más detallado se habría visto en dificultades para descubrir el engaño.
Pero el enmascarado se había atrevido a asumir las apariencias de la Muerte Roja. Su mortaja estaba salpica de sangre, y su amplia frente, así como el rostro, aparecían manchados por el horror escarlata».

-La máscara de la muerte roja

Edgar Allan Poe.

Acritud.

Acritud.

«Una noche en que volvía a casa completamente embriagado, después de una de mis correrías por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos, pero, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al punto se apoderó de mí una furia demoníaca y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras sujetaba al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo. Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad.

-El gato negro

Edgar Allan Poe.

Desperado.

Desperado.

«—A ver: ¡Trabajo! ¡Trabajo! ¿Pero qué ofrece usted a cambio?
El hombre suplicante era todo ojos.
¡Mi tiempo! ¡El sudor de mi frente!
—No es suficiente, eso lo ofrecen todos… a ver qué más ofrece.
El hombre en busca de trabajo temblaba como un pequeño pájaro en medio de la nieve, pero sacó fuerzas de su necesidad y adoptando un gesto de dignidad, respondió:
—Tengo dos pulmones, puedo ofrecer uno a quien me dé trabajo.
—Bueno… eso ya es otra cosa… a ver, estudiaremos su caso… ahora a esperar la carta, la recibirá en breve, y apártese que hay mucha gente a la que debo atender. ¡Que pase el siguiente!
Este tipo de cosas hizo que las oficinas de empleo pronto se convirtieran en un lugar insalubre. Densas nubes de moscardones merodeaban constantemente entre las bolsas en las que se guardaban visceras, ojos, piernas… de todos aquellos que buscaban trabajo».

-Oficina de empleo
Julia Otxoa.

Jindama.

Jindama.

«Cuando mi corazón dejo de martillear, me dije con firmeza que no había de qué asustarse.
Volvieron a llamar a la puerta, atravesé la habitación con firmes zancadas y la abrí.
Envuelto por el resplandor del crepúsculo, un hombre alto me miraba con aspecto malvado y un destornillador en la mano. No soy un hombre valiente. Me di la vuelta, grité y salí corriendo.
Meterme corriendo a la casa era la mayor estupidez, porque la única salida de aquella tumba subterránea, era la puerta principal.
Cerré de un portazo la puerta de la cocina y me apoyé contra ella. Todavía gritando. Luego mi mente sembrada de pánico reparó en que me encontraba bajo la luz del sol que provenía de la claraboya tubular.
De un pronto me aleje de la puerta y salte sobre una silla, me lancé a la claraboya y comencé a trepar hacía la salida. Me sentí vagamente esperanzado. Empecé a pedir ayuda a gritos. Debajo de mi, el hombre del destornillador gritaba.
Y luego vino la guinda al horror. Dos manos me agarraron los tobillos y empezaron a tirar de ellos. Estaba perfectamente atascado y no era fácil moverme, pero descendía poco a poco. Apreté las paredes de la claraboya con los codos y seguí gritando.
No era un hombre feliz. La tan temida resignación emergió en mí y dejé de pelear. Esperé a que me atravezara con el destornillador…
—Qué coño está pasando? —empezó Bucko, y luego, tras recordar que estaba fuera de toda duda la existencia de conductas extrañas en Coober Pedy, renunció a esperar una respuesta.
Señaló al hombre del destornilador —Este es Bob (dijo Bucko). Ha venido a arreglar el calentador».

-Muerte blanca
Kenneth Cook.

Rabiar.

Rabiar.

«Lina sueña con amaneceres verdes y noches estrelladas. Pero, a las ocho de la mañana, a las ocho en punto, el viejo del segundo piso comienza a lanzar, desde su ventana, colillas encendidas y exabruptos. A esta hora se oye el gato desperezarse con un agónico maullar y en la cocina empieza el trajín de cacerolas y pucheros.
Por eso, hoy, después de que Paco se fuera al trabajo, cinco minutos antes de las ocho de la mañana, cinco minutos antes de caer la primera colilla encendida en ese pequeño patio estrecho y sombrío, Lina desconectó la cuarteada goma naranja de la cocina y ha arrastrado, ella que es tan poquita cosa, el tanque de gas hasta la oscura chimenea, después ha abierto la espita para que salga el gas y por fin, abrazando a la nena contra su pecho, corre por la calle sin mirar atrás».

-El patio.
Concha Ballinas.

Artificios.

Artificios.

-Una cosa quiero pedirle antes que nos trabemos. Que en este encuentro ponga todo su coraje y toda su maña, como en aquel otro de hace siete años, cuando mató a mi hermano.
Acaso por primera vez en su diálogo, Martín Fierro oyó el odio. Su sangre lo sintió como un acicate. Se entreveraron y el acero filoso rayó y marcó la cara del negro.
Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos pero es intraducible como una música… Desde su catre, Recabarren vio el fin. Una embestida y el negro reculó, perdió pie, amagó un hachazo a la cara y se tendió en una puñalada profunda, que penetró en el vientre. Después vino otra que el pulpero no alcanzó a precisar y Fierro no se levantó.
Inmóvil, el negro parecía vigilar su agonía laboriosa. Limpió el facón ensangrentado en el pasto y volvió a las casas con lentitud, sin mirar para atrás. Cumplida su tarea de justiciero, ahora era nadie. Mejor dicho era el otro: no tenía destino sobre la tierra y había matado a un hombre.

-El fin

Jorge Luis Borges.

Farruco Proceder

Farruco Proceder

«Benjamín Otálora cuenta, hacia 1891, diecinueve años. Es un mocetón de frente mezquina, de sinceros ojos claros, de reciedumbre vasca; una puñalada feliz le ha revelado que es un hombre valiente; no lo inquieta la muerte de su contrario, tampoco la inmediata necesidad de huir de la República. El caudillo de la parroquia le da una carta para un tal Azevedo Bandeira, del Uruguay. Otálora se embarca, la travesía es tormentosa y crujiente; al otro día, vaga por las calles de Montevideo, con inconfesada y tal vez ignorada tristeza. No da con Azevedo Bandeira; hacia la medianoche, en un almacén del Paso del Molino, asiste a un altercado entre unos troperos. Un cuchillo relumbra; Otálora no sabe de qué lado está la razón, pero lo atrae el puro sabor del peligro, como a otros la baraja o la música. Para, en el entrevero, una puñalada baja que un peón le tira a un hombre de galera oscura y de poncho. Éste, después, resulta ser Azevedo Bandeira. (Otálora, al saberlo, rompe la carta, porque prefiere debérselo todo a sí mismo.) Azevedo Bandeira da, aunque fornido, la injustificable impresión de ser contrahecho; en su rostro, siempre demasiado cercano, están el judío, el negro y el indio; en su empaque, el mono y el tigre; la cicatriz que le atraviesa la cara es un adorno más, como el negro bigote cerdoso».

-El muerto

Jorge Luis Borges.

Son consecuencias.

Son consecuencias.

«Es increíble que el mundo sea tan pequeño. Cuando entras en este negocio nunca imaginas que te tocará matar a un conocido. ¡Jamás! Tú vas, ubicas, procedes y se acabó. No hay más casos. Si es famoso, o si es un pobre diablo; si es un padre de familia ejemplar, o si es una lesbiana de moral dudosa, la suerte está echada y la muerte les llega a todos por igual. Nunca te preguntas qué hizo, ni tampoco por qué alguien lo quiere muerto. Ya te pagaron y no fue por preguntar. Ahora te toca hacer tu parte del contrato. Sin testigos. Sin exhibiciones. Sin escrúpulos. Te contratan para resolver problemas y no para crearlos. Aún recuerdo a la primera mujer que perdió conmigo. Era la hija de un comerciante. Estaba de buen ver; tenía unas caderas ardientes y usaba lencería de encaje negro. Fue una lástima que la bala terminara por arruinar ese delineado perfecto. La pequeña sabía demasiado: encontró a su padre encima de su mejor amiga. Cuando intentó estafarlo, éste pagó el último de sus costosos viajes, claro, sin retorno. Yo tenía treinta años cuando eso sucedió… Dicen que sólo al primer muerto es al que nunca olvidas y todos los demás se vuelven el sueño de una sombra».

-El día de mi suerte.
Atzin Nieto.