Farruco Proceder

Farruco Proceder

«Benjamín Otálora cuenta, hacia 1891, diecinueve años. Es un mocetón de frente mezquina, de sinceros ojos claros, de reciedumbre vasca; una puñalada feliz le ha revelado que es un hombre valiente; no lo inquieta la muerte de su contrario, tampoco la inmediata necesidad de huir de la República. El caudillo de la parroquia le da una carta para un tal Azevedo Bandeira, del Uruguay. Otálora se embarca, la travesía es tormentosa y crujiente; al otro día, vaga por las calles de Montevideo, con inconfesada y tal vez ignorada tristeza. No da con Azevedo Bandeira; hacia la medianoche, en un almacén del Paso del Molino, asiste a un altercado entre unos troperos. Un cuchillo relumbra; Otálora no sabe de qué lado está la razón, pero lo atrae el puro sabor del peligro, como a otros la baraja o la música. Para, en el entrevero, una puñalada baja que un peón le tira a un hombre de galera oscura y de poncho. Éste, después, resulta ser Azevedo Bandeira. (Otálora, al saberlo, rompe la carta, porque prefiere debérselo todo a sí mismo.) Azevedo Bandeira da, aunque fornido, la injustificable impresión de ser contrahecho; en su rostro, siempre demasiado cercano, están el judío, el negro y el indio; en su empaque, el mono y el tigre; la cicatriz que le atraviesa la cara es un adorno más, como el negro bigote cerdoso».

-El muerto

Jorge Luis Borges.

Miedo y muerte.

Miedo y muerte.

«Un aliento fétido envuelve el rostro de Marie mientras la criatura que la estrangula le empuja la cabeza hasta pegarla a los barrotes.
¿Quién eres, asquerosa fisgona?…
Marie trata de articular una respuesta:
—M… Marie Parks.
—¿Esta cosa habla? ¡Oh, Señor, esta cosa habla!
La criatura empieza a gritar en las tinieblas:
—¡Hermas, he atrapado a Satanás y Satanás me ha hablado!
—¡Arránquele el cuello hermana, no lo deje escapar!
A Marie se le nubla la vista y sus rodillas fallan…»

-El evangelio del mal.

Patrick Graham.

Mátame suavemente.

Mátame suavemente.

«Las orquídeas del contrafuerte habían floreado y de algunas escurría un aroma excesivo, dulce, por un momento semejante al de la vainilla, pero detrás había otra gama casi ponzoñosa, levemente corrupta. Se distinguía el contorno de la ribera opuesta, por algunos manchones que la luna poniente dejaba flotar. Y arriba el puente hacía brillar sus luces mortecinas, y escuchó el silbato del sereno y el eco abovedado de sus pasos.
El miedo, fue un empujón violento del miedo el que lo hizo correr, subir la escalera a tropezones. Se detuvo jadeando en las tinieblas, sin oír mas que los puñetazos de su propio corazón. Al reanudar el paso creyó oír (¿oyó?) un llanto leve (¿o risita mal contenida?) que se mezclaba con la línea melódica constante y poco inventiva de las aguas.
Tardó mucho en dormirse. Cuando lo hizo, regresó el diablo a visitarlo, pero le dio más placer que miedo».

-Las visitaciones del diablo.

Emilio Carballido.

De menos me muero.

De menos me muero.

«Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aun que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.
Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa no se oía mas que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.
Alicia murió, por fin».

-El almohadón de plumas.

Horacio Quiroga.