Arbitrio y tortura.

Arbitrio y tortura.

«No pude reprimir un grito de horror cuando lo vi por primera vez. Era lúgubre, siniestro. Con grandes ojos amarillentos, casi redondos y sin parpadeo, que parecían penetrar através de las cosas y de las personas.
Mi vida desdichada se convirtió en un infierno. La misma noche de su llegada supliqué a mi marido que no me condenara a la tortura de su compañía. No podía resistirlo; me inspiraba desconfianza y horror. ‘Es completamente inofensivo —dijo mi marido mirándome con marcada inditerencía—. Te acostumbrarás a su compañía y si no lo consigues…’ No hubo manera de convencerlo de que se lo llevara. Se quedó en nuestra casa».

-El huésped

Amparo Dávila.

Desconciertos.

Desconciertos.

«Abatido, desconcertado, tomó el tranvía de regreso. Con aquel infortunado encuentro su habitual inseguridad había crecido a tal punto que no sabía ya si era un hombre o una sombra. Se metió en un bar, pero no en aquel adonde acostumbraba tomar la copa con los amigos, sino en otro donde no lo conocieran. No quería hablar con nadie. Necesitaba estar solo, encontrarse. Bebió varias copas pero no pudo olvidar el encuentro. Su mujer lo esperaba para cenar igual que siempre. No probó bocado. La sensación de ansiedad y de vacio le había llegado al estómago. Aquella noche no pudo acercarse a su mujer, cuando ella se acosto a su lado, ni las siguientes. No podía engañarla. Sentía remordirnientos, disgusto de sí mismo. Quizás a esa misma hora él estaba poseyendo a la hermosa rubia…»

-Final de una lucha

Amparo Dávila.

Crimen gourmet.

Crimen gourmet.

«No morían pronto. Su agonía se prolongaba interminablemente. Yo pasaba todo ese tiempo encerrado en mi cuarto con la almohada sobre la cabeza, pero aún así los oía. Cuando despertaba a media noche, volvía a escucharlos. Nunca supe si estaban vivos o si sus gritos se habían quedado dentro de mí, en mi cabeza, en mis oídos, fuera y dentro, martillando, desgarrando todo mi ser.
A veces veía cientos de pequeños ojos pegados al cristal goteante de las ventanas. Cientos de ojos redondos y negros. Ojos brillantes, húmedos de llanto, que imploraban misericordia. Pero no había misericordia en aquella casa. Nadie se conmovía ante aquella crueldad. Sus ojos y sus gritos me seguían, y me siguen aún, a todas partes».

-Alta cocina

Amparo Dávila.

Minientrada

Si tú no estás aquí.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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VUELVE

Hoy me he levantado más temprano que de costumbre. Me cepille los dientes como todos los días y sí, dejé el tubo de la pasta dental aplastado, como destripado, sí, ¿y qué? Fuí a orinar y no levanté el asiento, es más, dejé unas gotas como de lluvia, para amenizar el momento. Me he dado una ducha y al terminar, no he secado el baño. ¡Qué mas da! No he llevado sandalias y no me sequé los pies, he caminado así hasta la habitación, nuestra habitación. La toalla húmeda se ha quedado sobre la cama. Me he puesto mucha colonia y dejé el frasco sobre la mesa del televisor. Sí, seguro ahí habrá luego una terrible mancha, ¿y qué? Tomé un poco de café y no he limpiado la cafetera; apenas y saqué el filtro goteante. Se derramó un poco sobre tus revistas. Ya, ya, que han sido solo unas cuantas gotas. Me he llevado la taza al coche y luego se ha quedado allí por días.
He llegado a la oficina, saludo y todos me miran, apenas responden el saludo. No soy yo, son ellos. Locos deben estar. Es hora de la comida y una sopa instantánea es lo de hoy, para qué buscar más. No me la he terminado, tiro el envase de poliestireno y regreso a la oficina. Me pierdo en montones de papeles, números, balances, reportes; escucho entre voces mentar mi nombre, no atiendo, no tengo tiempo, no quiero. Es tarde, la oficina se ha quedado vacía y yo no pienso volver a casa, no. Es viernes, hoy iré a tomar unos tragos y llegaré tarde, muy tarde. Son cerca de las 3:00 a.m. cuando aparco el coche, las luces en casa no están encendidas. Al entrar, la penumbra que me recibe me lleva a tirar ese feo jarrón que te regalo tu madre. Aviento el saco sobre los restos como para ocultar mi delito. Me tiro en el sofá. —¿Quién mueve el maldito sillón? —grito como si alguien fuera a responderme— son las copas de más lo que me tiene malamente mareado. Es sábado, un estupor asqueante me levanta y corro en dirección al baño, me resbalo, maldigo. Mi estómago expulsa odio, resentimiento, el higado y hasta mis riñones. Incluso me acordé de dios, de tu dios. Camino a la cocina por un café, urgente. —¡La cafetera esta sucia! —Grito, nuevamente como si alguien pudiera escucharme—. Lanzo de un golpe la cafetera, se derrama sobre tus revistas. Exhalo brutamente, gemiqueo, me rompo, lloro. Todo lo he hecho con la intención de que me mires de nuevo. Con la esperanza de que me des un golpe en el brazo por destripar el dentífrico. Que te quejes hasta la histeria porque he dejado el baño escurrido y la toalla tirada en medio de la cama. Por qué no vienes y me sirves el café, me das un poco para llevar en tu termo favorito y me despides con un beso mientras lees tu revista cultural, esa en la que siempre me decías que te gustaría escribir. He comido una de esas sopas de porquería que tanto odias y no lo sabes, no puedo decirtelo aún con la conciencia de tu reprimenda. Me he alcoholizado hasta tarde y he conducido así mientras mis ojos buscaban su órbita común. Llegué a casa, he roto tu jarrón y torpemente he intenado cubrir el crimen; aunque sé que eso no te enfadaría, más bien te haría sonreír maliciosamente. Todo eso y ¿dónde estás tú, dónde carajos estás? Todos en la oficina me miran con angustia, pero igual que tú, no dicen nada. ¿Por qué no vienes, por qué no estás aquí de nuevo como antes? Con tus locuras que me hacian sonreír como un tonto, con tus miedos para protegerte, con esas dudas que terminabas resolviendo tú misma mientras yo te miraba enamorado. ¿Por qué no estás? O no, más bien, ¿por qué te fuiste? ¿Por qué ese maldito te aparto de mi? He querido buscarlo pero sé que tú no querrías eso. Al final podría matarme; pero es que es eso lo que yo quiero, morir. Las lágrimas no se me terminan y me están ahogando. Me levanto y tomo las llaves del auto. Es necesario, iré a buscarte, salgo de casa; afuera hay un viento gélido, me hiela el rostro. Los ojos me arden y se me nubla la vista, aprieto los dientes con desesperación. Conduzco con un pulso acelerado. Las lágrimas me brotan incesantes y mi corazón te busca. Algo me dice que volveré a verte muy pronto. La carretera húmeda me dificulta el avance, acelero. No puedo esperar más, han sido 2 meses sin ti y ya no puedo más. Sé que tú también lo deseas, que tú también me esperas. Acelero más, aún más, más.
De pronto, ese viento gélido ya no lo siento. Ahora es calor, un calor que me sube por la piernas. ¿Qué es esto que me corre por el rostro? Estoy mareado, no veo nada. No, espera, te veo a ti, vienes por mi. Lo sabía. Te acercas, estás hermosa. Tu sonrisa me vuelve loco. Ya no siento ni frío, ni calor; ya nada me duele. ¡Tu cabello, mira tu cabello, ha vuelto! El maldito cáncer ya no puede hacerte daño y yo, yo estoy de vuelta contigo amor. No te vayas, te prometo que repondré aquel horroroso jarrón chino, pero por favor, que ya nada te aparte de mi.

Marco de Mendoza

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Inconfortable.

Inconfortable.

• MINIFICCIÓN •

La princesa Cardenal.

Marco de Mendoza

No eran los cuentos de princesas que me hacían creer que yo podría ser una; era mamá que me los leía cada noche, antes de que papá llegara del trabajo cansado y fastidiado, muy fastidiado; tanto, que necesitaba golpear a mamá, para luego él quedarse dormido en medio del sillón sosteniendo una cerveza. —No es que papá sea malo —decía mi madre, cubriéndose los cardenales—. —Es como en tus cuentos, siempre hay alguien así. —¿Cómo la bruja malvada mamá? —Preguntaba yo—, —Sí, justo así. —Yo prefiero ser princesa, mamá. —Eso debes ser, hija. Una buena y obediente princesa.
Hoy gracias a eso, soy una princesa muy obediente. Lo único malo, es que al igual que mamá, tengo una bruja malvada en casa. Y se queda dormido con una cerveza en la mano justo después de demostrarme… que yo no soy una princesa.

Pasión criminal.

Pasión criminal.

«La imagen del cuerpo que se disgregaba al tocarlo no se apartó de mí jamás. Entre todos nuestros interrogadores sólo el padre Santillán no se dejó intimidar y aceptó nuestra versión. Dijo que nos tocó asistir al desenlace de un crimen legendario en los anales del pueblo, una venganza de la que nadie había podido confirmar la verdad.
El cadáver deshecho bajo mi tacto era el de una mujer a la que en el s. XVIII administraron un tóxico paralizante. Al abrir los ojos se halló emparedada en un osario. Murió de angustia, de hambre y de sed, sin poder moverse de la silla en que la encontramos ciento cincuenta años después. Era la esposa de un corregidor. Su doble crimen fue tener relaciones con un monje del convento y arrojar a un pozo al niño que nació de esos amores».

-La cautiva

José Emilio Pacheco.

Caprichos cretinos.

Caprichos cretinos.

«—Angelito: ¿puedo tomar un vaso de agua?
—Mi mamá no quiere que entres en mi casa.
Harto del egoísmo de Angelito, Artemio, que ya tenía doce años le dijo:
—Cómo eres díscolo nomás por ser tan rico. Pero no le andes buscando los tres pies al gato porque ya verás.
Angelito corrió a informar a su madre que Artemio acababa de insultarlo. José, el mozo, fue a castigar al impertinente.
El niño se levantó y se acercó al lecho de su madre:
—Mamá…
—¿Qué quieres, hijito? ¿Por qué estás despierto? Si no duermes te vas a enfermar.
—Mamá, quiero tener un gato de tres pies.
—Pero, mi vida, eso no puede ser: todos los gatos tienen cuatro patas.
—Yo quiero uno que sólo tenga tres.
—Bueno, sólo que le cortáramos una pata a Cleo —contestó la madre sin pensarlo».

-Los tres pies del gato (Tríptico del gato)

José Emilio Pacheco.

Sueños de papel.

Sueños de papel.

«Entonces no había día en que no soñara, en que el sueño no fuera el acoso de gentes como fantasmas, de rostros asediándome, de manos buscando agarrarse a mi cuerpo para estrangularlo en un instante que no llegaba, milagrosamente, que no llegaba jamás. ‘Son cuentos suyos’, decía mamá. Y no eran cuentos míos: eran mis sueños, sueños que al día siguiente elaboraba y reelaboraba para poder decir por las mañanas algo, para poder insistir (‘volví a soñar con el negro’), aunque siempre hallaba la misma respuesta (‘son cuentos suyos, déjese de historias, quién diablos se las estará metiendo en la cabeza’), la respuesta desconsoladora de siempre. Desconsoladora porque quería que me creyeran».

-El lento olvido de tus sueños

Óscar Collazos.

Vaticinio furtivo.

Vaticinio furtivo.

«Lo mejor sería que se llevara a su papá de este lugar, le dice una de las mujeres al oído. B pide otro tequila. No puedo, dice. La mujer le mete la mano por debajo de la camisa holgada y con dibujos hawaianos. Está comprobando si voy armado, piensa B. Los dedos de la mujer suben por su pecho y se enroscan alrededor de su tetilla izquierda. Se la aprieta. Eh, dice B. ¿No me crees?, dice la mujer. ¿Qué va a pasar?, dice B. Algo malo, dice la mujer. ¿Como cuánto de malo?, dice B. No lo sé, pero yo que tú me largaría. B sonríe y la mira a los ojos por primera vez: vente con nosotros, le dice mientras bebe un trago de tequila. Ni que estuviera loca, dice la mujer».

-Últimos atardeceres en la tierra (Putas asesinas).

Roberto Bolaño

Embeleco.

Embeleco.

«El adolescente entró en el coche sin decir una palabra. Mis recuerdos del resto de aquella noche son festivos. Irreflexivamente festivos. Parecía que celebráramos el cumpleaños del joven que iba con nosotros. Parecíamos sus padres. Parecíamos sus padrotes. Parecíamos dos mexicanos blancos tristes guardando las espaldas de un mexicano indio incomprensible. Nos reíamos. Bebíamos y nos reíamos y nadie osó acercarse a nosotros o burlarse de nosotros porque si mi amigo no lo hubiera matado lo hubiera hecho yo».

-Dentista (Putas asesinas).

Roberto Bolaño