Allá donde hay paz.

Allá donde hay paz.

«El arte no es lo que ves, sino lo que haces que otros vean».
Edgar Degas.

A la orilla
Tomás Sánchez
Inundación
Tomás Sánchez
La meditación de la garza
Tomás Sánchez
El reto
Tomás Sánchez
Perder el paraíso
Tomás Sánchez
Espejismo
Tomás Sánchez
Levitar
Tomás Sanchez
Autorretrato en tarde rosa
Tomás Sánchez
Contempladores de cascada
Tomás Sánchez
Soñar que el río cae
Tomás Sánchez

Por la obligada necesidad.

Por la obligada necesidad.

«—Padre, nos mataron.
—¿A quiénes?
—A nosotros. Al pasar el río. Nos zumbaron las balas hasta que nos mataron a todos.
—¿En dónde?
—Allá, en el Paso del Norte, mientras nos encandilaban las linternas, cuando íbamos cruzando el río.
—¿Y por qué?
—Pos no lo supe, padre. ¿Se acuerda de Estanislado? Él fue el que me encampanó pa irnos pa allá. Estábamos pasando el río cuando nos fusilaron con los máuseres. Me devolví porque él me dijo: “Sácame de aquí, paisano, no me dejes.” Y entonces estaba ya panza arriba, con el cuerpo todo agujerado, sin músculos. Lo arrastré como pude, a tirones, haciéndomele a un lado a las linternas que nos alumbraban buscándonos. Le dije: “Estás vivo”, y él me contestó: ‘Sácame de aquí, paisano’. Y luego me dijo: ‘Me dieron’».

-Paso del Norte

Juan Rulfo.

Suplicio infame.

Suplicio infame.

—¡Mírame, coronel! —pidió él—. Ya no valgo nada. No tardaré en morirme solito, de viejo. ¡No me mates…!
—¡Llévenselo! —volvió a decir la voz de adentro.—…Ya he pagado, coronel. He pagado muchas veces. Todo me lo quitaron. Me castigaron de muchos modos. Me he pasado cosa de cuarenta años escondido como un apestado, siempre con el pálpito de que en cualquier rato me matarían. No merezco morir así, coronel. Déjame que, al menos, el Señor me perdone. ¡No me mates! ¡Diles que no me maten!
Estaba allí, como si lo hubieran golpeado, sacudiendo su sombrero contra la tierra. Gritando.
En seguida la voz de allá adentro dijo:
—Amárrenlo y denle algo de beber hasta que se emborrache para que no le duelan los tiros.

-¡Diles que no me maten!

Juan Rulfo.

Derrengar.

Derrengar.

«—Dame agua.
Tengo mucha sed y mucho sueño.
—Me acuerdo cuando naciste. Así eras entonces.
Despertabas con hambre y comías para volver a dormirte. Y tu madre te daba agua, porque ya te habías acabado la leche de ella. No tenías llenadero. Y eras muy rabioso. Nunca pensé que con el tiempo se te fuera a subir aquella rabia a la cabeza… Pero así fue. Tu madre, que descanse en paz, quería que te criaras fuerte. Creía que cuando tú crecieras irías a ser su sostén. No te tuvo más que a ti. El otro hijo que iba a tener la mató. Y tú la hubieras matado otra vez si ella estuviera viva a estas alturas.
Sintió que el hombre aquel que llevaba sobre sus hombros dejó de apretar las rodillas y comenzó a soltar los pies, balanceándolo de un lado para otro. Y le pareció que la cabeza; allá arriba, se sacudía como si sollozara.
Sobre su cabello sintió que caían gruesas gotas, como de lágrimas».

-¿No oyes ladrar a los perros?

Juan Rulfo.

Impetuoso cabalga, explorador.

Impetuoso cabalga, explorador.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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SER

He sido viento, alterado deseo que irrumpe en tu vientre y ha salido convertido en vida.
Comí de tu mano, la miel suculenta de tu entrecuerpo.
Morí entre cada latido, que unido al mío gozosos permeamos.
De tu piel fui poeta, esclavo perfecto y amo también.
Subí tus montañas, comí entre tus campos y more en tu palacio. Palacio bendito que emana pasión.
En cada sendero hice mella, para que en ellos acunes mi palpitante vida, para que sea mi ejército blanco quien a placer los cubra jadeante.
Besé tus resquicios, ángulos perfectos y moldes concisos de mis presurosas manos.
Me entregué sin cordura, preso ya de tus férvidos ojos, como imán de todo lo que vida tiene en mí.
Acezar tu piel, mi candela eterna.
Después de ser viento, quiero ser tornado y apaciguarme luego en tus costas, abrir tu dulce camino. Conquistador en puerto; fatuo feliz por mirar tu placer. Concupiscencia saldada, por ti, porque en tu ser, yo soy.
Colmar tus espacios, dichosos, integros; derramarlos todos, y sentir que un vuelco te vuelves más de mí.
Porque fui viento entre tus islas y hoy soy mar en calma, bebiendo de tus labios vehementes que me encienden de vuelta y retorno cual siervo a tu humedad.
He sido todo y volveré siempre a ti, a ese rincón soñado en el que firme extasiado, puedo encallar.

Marco de Mendoza.

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Minientrada

Sombrear.

• MINIFICCIÓN •

Más luz.

Eduardo Casar

Estaba un día el Maestro We-chin-won concentrado en distraerse cuando se le acercó un alumno con una libreta y le preguntó por el significado de “catóptrica”.
—Lo relativo a la reflexión de la luz —dijo el Maestro.
—¿Y cuál es la reflexión de la luz? —volvió a inquirir el discípulo.
—Sombra decirlo —concluyó el Maestro.

Incuba en todos los sentidos.

Incuba en todos los sentidos.

«Le pregunté por lo que había sucedido a un niño que pasaba por ahí. Me dijo que nadie lo quiso. Descubrí que eran varias crías que de noche aullaban mucho. Los vecinos decidieron arrojarlos a todos. Recuérdenme que algún día pinte la escena que vi».

Soplo de luz.

Luriel Lavista.

La sombra de la noche arcaica.

La sombra de la noche arcaica.

«Llevaba catorce días sin dormir, los había contado. Mi madre insistía en que no podían ser tantos. Decía que, al tercero, el cerebro se apaga. Pero lo que más me preocupaba no era eso, yo sabía que sobreviviría. Lo peor era la mancha que me había salido en el costado. El sudor con olor a clorofila en las palmas de las manos y en los pies podía pasar desapercibido, era amistoso. Pero en el lado derecho, por encima de las costillas, tenía un sarpullido enorme de color marrón que cada día se extendía más. La piel se me había endurecido y se había agrietado formando pequeños surcos, como la corteza de los olmos o los álamos viejos en los parques».

Especies de luz.

Mónica Sánchez.