No te bebas de un sorbo la Alegría.

No te bebas de un sorbo la Alegría.

«Fue precisamente en aquel clima subterráneo, y encarando con un enorme caballo de madera que parecía presidir el feudo contrario, dónde se produjo la ruptura formal de hospitalidades mediante una nueva versión de la plegaria que recitaron mirando hacia todos los rincones, dado el carácter difuso del destinatario: «Y ahora, Señor, nosotros, los gemelos Orejas de Burro y Hocico de Perro os rogamos por el ángel, el cara de infeliz del retrato, que voló a vuestro reino hace hoy no sabemos cuánto tiempo, porque nos olvidamos de hacer la raya en la pared, y para que cualquier día de éstos caiga de tu cielo y se rompa las alas, amén»».

El ángel planeador, Armonía Somers.

Nunca digas que es tuya la tiniebla.

Nunca digas que es tuya la tiniebla.

«Pasaron otros nueve meses. De ella no quedaba más que el pellejo, el esqueleto y una mirada de tal serenidad como nunca elmundo la había visto.
Aún pasaron otros nueve meses, y otros, y otros. Y allá a las nueve veces nueve meses, el pellejo habíase ido reparando, reinformando bajo la presión del grano de trigo que mantuviera dentro, sin darlo a luz, sin arrojarlo de ella. Ahora no eran dos, era uno solo, uno solo que había acabado de crecer dentro de su madre, y ésta había acabado por convertirse en su hijo sin morir, por pasar de una generación a otra, sin probar la vejez.
Y este ser echó alas. Y los hombres ya se habían olvidado de todo y dijeron:
Esta es la primera creatura celestial que ha crecido en la tierra, el primer habitante celestial que aparece en la tierra, que viene a poner un poco del aliento celestial en esta tierra».

Bárbara, Efrén Hernández.

Sexual.

Sexual.

«Desde nuestro lugar no podíamos ver todo lo que ocurría en el salón. Pero en las mesas de nuestro alrededor había siempre una o dos mujeres prendidas a un hombre enteramente vestido. El boleto de entrada daba derecho a que una de las innumerables mujeres que hacían strip-tease en varios lugares del salón se frotaran por algún tiempo en el portador del ticket de entrada. Había un patrón coreográfico en las caricias: la mujer se ponía a gatas, rozaba las nalgas en el pubis del hombre que permanecía sentado en la silla, después bailaba frente a él. Algunas, más rebuscadas, se subían encima del sujeto y le sujetaban la cara en el vértice de los muslos. Después agarraban el ticket de entrada y se retiraban».

-La carne y los huesos

Rubem Fonseca.

Bésame la boca.

Bésame la boca.

«Winner le quita la blusa a Clotilde. Después la agarra del cuello y la tumba en la cama. Le aprieta los huesos del omóplato y del tórax, donde se apoyan unos senos pequeños y empinados; palpa las costillas conspicuas. El cuerpo de Clotilde a veces recuerda el de un lagarto, si un lagarto tuviera la piel tan fina.
—Levanta la cabeza —dice Winner después de desnudar a Clotilde. Con la lengua siente los músculos abdominales de la mujer, tensos debajo de la piel. Recorre con la mano la musculatura ondulada de ese vientre que le parece, excitantemente, una tabla de lavar ropa.
—Bésame la boca —dice ella.
—Muéstrame tu lengua».

-Romance negro 

Rubem Fonseca

El saber de los espíritus del mal.

El saber de los espíritus del mal.

«—¡El demonio! —chilló la vieja beata.
—¿De modo que la tía Cloyse reconoce a su viejo amigo? —inquirió el viajero, poniéndosele enfrente y apoyándose en el palo retorcido.
—¡Ah, cómo no! ¿Pero efectivamente se trata de su señoría? —exclamó la buena mujer—. Sí, claro, y a imagen y semejanza de mi viejo compinche Goodman Brown, el abuelo del tonto que ahora lleva el nombre. Pero, ¿lo creería su señoría?, mi escoba desapareció como por ensalmo, sospecho que robada por esa bruja sin colgar de la tía Cory, y eso cuando además yo andaba toda ungida de jugo de cañarejo, y de cincoenrama, y de acónito…
—Majado todo con trigo menudo y con la grasa de un recién nacido —dijo la aparición del viejo Goodman Brown».

El joven Goodman Brown, Nathaniel Hawthorne.

Sobre males sin nombre.

Sobre males sin nombre.

«—Necesita un remedio para la melancolía —dijo la mujer débilmente—. ¡Hay en esta casa tierra de momias para hacer una pócima? Las mejores momias son las egipcias, árabes, hirasfatas, libias, todas muy útiles para los trastornos magnéticos. Pregunten por mí, la Gitana, en Flodden Road. Vendo piedra perejil, incienso macho…
—Flodden Road, piedra perejil… ¡más despacio, mujer!
—Opobálsamo, valeriana póntica…
—¡Aguarda, mujer! ¡Opobálsamo, sí! ¡Que no se vaya, Jaime!
Pero la mujer se escabulló, nombrando medicamentos».

Remedio para melancólicos, Ray Bradbury.

Resplandor dorado.

Resplandor dorado.

«Pero aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario».

-Axolotl

Julio Cortázar.


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Atavío dorado.

Atavío dorado.

«De vuelta a la corte, los grandes artífices echaron sobre los hombros de la reina el manto de armiño y púrpura; luego se dieron a trabajar el oro, día y noche, puliéndolo, repuliéndolo, cincelándolo, para después embutir en el oro bien trabajado muchas piedras fúlgidas y acabar la corona y el cetro; por último, engarzaron perlas y corales, y un río de corales y perlas corrió por la garganta de Psiquis».

-Cuento áureo 

Manuel Díaz Rodríguez 

Todo es distante en el Desierto.

Todo es distante en el Desierto.

«Sólo queda en mención un cuadro a la deriva, en realidad el seco resultado lastimero que desdice papeles: una pastelería de desperdicios y un mezcla de hedores agridulces que el aire del desierto arrastraba despacio removiendo también algunas trizas. Un vaho de pestilencia como fruto mendaz de lo que no sería sino ilusión y tregua todavía por cumplirse. Pero ni un alma aquí ni en perspectiva dentro del panorama desgraciado, solamente de hinojos y casi en engarruñe estaba Juan Ruperto llorando inconsolable como un niño que ha recibido golpes sin piedad de un padre gordinflón: de brazos chuletones… Quienes lo vieron hecho un estropicio, desde alguna ventana o varias: lejos, ahora andan diciendo que nunca antes en Charcos de Risa habían visto a un fulano llorar tanto: Fue un llanto muy ruidoso y duradero, aunque es puro decir, porque el día que siguió más bien fue casi nulo: la gente durmió en grande, o sea: ¡a la fregada todos los trabajos!
Por lo demás, ¡caray!, el mundo continuaba… ¿O renacía tal vez?
Mera casualidad o mero pasatiempo».

La averiguata, Daniel Sada.


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Lo que incauta el desierto.

Lo que incauta el desierto.

«Le lleva unos segundos recuperar el aliento, pulso y plena conciencia de la extensión inabarcable de arena rojiza que lo rodea. Por primera vez, le parece peligrosa. La parálisis del desierto es un disfraz, una fachada tras la que se oculta un entramado prehistórico de túneles sobrepoblados de alimañas, piensa. Se enjuga el sudor con la manga de la camisa y recuerda que en Nueva York es invierno; más bien, recuerda haber leído en la carta de L. C. que en Nueva York es invierno. Desde que se mudaron, apenas registra el paso del tiempo».

Famous blue raincot, Aixa de la Cruz.


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