«El Espantapájaros había contemplado muchas noches la lección de las estrellas, había observado la labor diaria del hombre en los sembrados, había escuchado atentamente el canto de todos los pájaros de su comarca, había sufrido la cólera de los vientos, la inclemencia de la lluvia y el ardor del sol; todo esto fue dándole comprensión y sabiduría, lo cual resultaba en beneficio de las avecillas, pues a todas le permitía llevar algunos granos para su sustento y abastecer los nidos donde piaban sus polluelos».
«Esa misma noche se da a la tarea de clavar al muñeco en medio del campo de cultivo. Devuelve sus pasos de entre los sembradíos sintiéndose temeroso, siente que el muñeco cobra vida y sigue sus pisadas, gira rápidamente alumbrando con una linterna al espantajo. La figura sigue en su lugar, íngrima, con su alargado gesto. Solo el frío viento de la noche mecía las telas desgarradas de su vestimenta».
«Era, sin duda, un atípico espantapájaros, sin ramas secas que sostuvieran su cuerpo de paja —pues no hay ramas muertas que tengan ese color marfileño—, ni botones a modo de ojos. Una calabaza labrada el Día de los Muertos, Dios sabe hace cuantos años, le brindaba todos sus rasgos, ventanas —boca, ojos, hocico— al fuego —que constantemente ardía en su cerebro».
«¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Tomé el libro. No, no partí brincando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo. Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aun yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abria por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si ya lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire… Había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada. A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo. Ya no era una niña más con un libro: era una mujer con su amante».
«Francis no gritó, pero el brinco que pegó su propio corazón le reveló a Peter una parte del terror de Francis. “No te preocupes”. Murmuró mientras palpaba la figura en cuclillas hasta atrapar una mano apretada. “Soy yo. Me voy a quedar contigo”. Y asiendo al otro con fuerza, escuchó la cascada de murmullos que habían provocado sus palabras. Una mano tocó el librero cerca de la cabeza de Peter y se percató de cómo continuaba el miedo de Francis a pesar de su presencia. Era menos intenso y esperaba que más soportable, pero permanecía. Sabía que el miedo que estaba sintiendo era el de su hermano y no el suyo. Para él la oscuridad solo era ausencia de luz, la mano que andaba a tientas, la de algún niño conocido. Armado de paciencia esperaba ser encontrado. No volvió a hablar, pues entre Francis y él existía la comunión más íntima. A través de las manos entrelazadas el pensamiento fluía más aprisa de lo que tardaban los labios en amoldarse a las palabras. Podía sentir cómo evolucionaban las emociones de su hermano, a partir del brinco de pánico por el contacto inesperado hasta el pulso uniforme del miedo que continuaba ahora con la regularidad del latido del corazón».
«Si habían de sobrepasar los límites, ese era el momento de hacerlo, cuando él la sujetaba cerca de su cuerpo y la hacía girar, cuando ella se dio cuenta de que él no podía evitar ver el morado que tenía en la sien. Debía de estar a seis pulgadas de sus ojos. Ella lo sintió resplandecer como una estrella maligna. (Ahora le tocaba a ella vengarse por la mano que él le había levantado cuando había intentado ser amable y le había preguntado por su mujer.) Siguieron bailando mientras cambiaba el disco, en silencio e inmóviles, juntos en mitad de la habitación. Después se convirtieron en un equipo compenetrado —como bailarines españoles profesionales ataviados con máscaras— mientras sonaba la canción lenta. Sin duda, incluso aquellos que viven ajenos al mundo, en esos momentos, necesitan sentir el tacto de los otros, o todo está perdido. Eran lo que el corazón de cada uno había deseado aquel día, para ellos mismos y para el otro».
«—Estoy dispuesto a pagar una suma razonable por los libros que tengo pensados —respondió el hombretón, y rozó el libro que tenía delante con la yema de un dedo, experimentalmente—. Ciento cincuenta, doscientos dólares como mucho. El chico lo miró y se echó a reír. —Con eso tiene para bastantes buenos libros. —En mi vida había visto tantos juntos —confesó el hombre—. Nunca pensé que llegaría el día en que entraría en una librería y compraría todos los libros que siempre he querido leer. —Ha de ser una sensación estupenda».
«Era dos minutos después de las diez; no estaba satisfecha con su ropa, su cara, su apartamento. Calentó café de nuevo y se sentó en la silla junto a la ventana. No puedo hacer nada más ahora, pensó, no tiene sentido tratar de mejorar algo a último minuto. Reconciliada, estable, trató de pensar en Jamie y no pudo ver su rostro claramente, u oír su voz. Siempre es así con alguien a quien amas, pensó, y dejó que su mente se deslice después de hoy y mañana, hacía el futuro lejano, cuando Jamie estuviera establecido con su escritura y ella hubiera dejado su trabajo, el hermoso futuro con casa en el campo que habían estado preparando la última semana. «Yo solía ser una excelente cocinera», le había dicho a Jamie, “con un poco de tiempo y práctica puedo recordar cómo hacer pastel de ángel. Y pollo frito”, dijo, sabiendo cómo las palabras se quedarían en la mente de Jamie, un poco tiernamente. “Y salsa holandesa”».
«Al cabo de un momento, el camarero se acercó al hombre, y la muchacha, con voz clara y audible por encima del suave vals que estaba tocando la orquesta, dijo a este: —No bebas más, Joey. Vayamos a cualquier sitio a comer algo. El hombre murmuró algo al camarero sin hacer caso de la mano de la chica, que lo asía por el brazo. Se volvió hacia el muñeco, le susurró algo y el rostro de madera, con una ancha sonrisa, miró a la chica y de nuevo al hombre. La muchacha se echó hacia atrás en la silla y su mirada buscó con el rabillo del ojo a la propietaria del restaurante».
«Moco era un garabato seco, de nariz caída y ojos fuera de la cara. Había sido músico y adivino y espiritista en alguna parte. Él fue quien metió aquella fiebre en todos. Comenzó a hablar de fuerzas secretas y señales en la manigua, y todos tambaleábamos. Amiana lo tenía para eso, para opiar a la gente y divinizar a Amiana. La isla, decía, había surgido para sostener a Amiana; los espíritus le traían hombres para que se sirviera de ellos, y lo guardaban para que nadie pudiera tocarlo. Amiana quería a Moco por esto. Nosotros sabíamos, algunos, que Moco no había sido nunca espiritista, que en su cabeza había otra cosa. Había sido violinista en un teatro al aire libre, y nada más. Ahora vivía por la manigua, oculto en los matorrales, y en cuevas que hacía en el suelo, hablando con los espíritus, decía a Amiana. A veces adivinaba cosas. Tenía una vista muy aguda y fingía veinte caras, y averiguaba. Sabía algo de astronomía y había adivinado el ciclón. Era el sacerdote de la isla. —¡Voy a adormecer a la gente! —decía a Amiana».