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¿Qué hay más allá del Linde?

• SERIALES •

The OA

Marlow Rhodes (Liz Carr):

–Renuncié porque el proyecto cruzó una línea, pero no fue una línea moral.

Karim Washington (Kingsley Ben-Adir):

–¿Qué significa eso?

Marlow Rhodes (Liz Carr):

–Hay un límite que debe ser respetado. Renuncié por que Ruskin cruzó ese límite.

Karim Washington (Kingsley Ben-Adir):

–¿Y qué límite es ése?

Marlow Rhodes (Liz Carr):

–Si algo del mundo real ingresa en un sueño, es natural. Si algo del sueño ingresa al mundo real, es antinatural.

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Ella es así.

• MINIFICCIÓN •

Infortunio

Marco de Mendoza

Ella se acercó a mi, yo no la llamé. Vino un día de otoño y se quedó. Me dijo que estaba lista y que yo debía empacar. Ese día salimos por la puerta principal, todos nos vieron, partimos plaza. Entre aplausos y vitoreos les dije adiós. —Mira —le dije—, nos han traído mariachi. Todos cantaban. De pronto, no quería irme; era mi celebración, yo estaba feliz. Ella me tomo de la mano y seguimos de largo. Yo miraba a todos y de pronto, me di cuenta que ellos tampoco querían que yo me fuera, estaban llorando. Cada uno lloraba tanto, que me dolía. Solté su mano con brusquedad y le grité que no me iría. En sus ojos botaba fuego. Me miró y me dijo: «Nadie engaña a la muerte, ya empacaste. Es hora de irnos».

Lo divino es femenino.

Lo divino es femenino.

«Soy inquieta y áspera y desesperanzada. Aunque amor dentro de mí, eso sí lo tengo. Pero no sé usar el amor. A veces me araña como si fuese una garra».
Clarice
Lispector

Como Peito terrenal.

Como Peito terrenal.

«Una mujer como ésta vale más, mucho más. Yo sabía que valía mucho más porque ella me lo dijo: “Ricardo, cuando tengas veinte pesos, iremos a la casa para divertirnos”. ¡Veinte pesos! Todo un mes de trabajo, y sin pensar en mamá, sin ahorrar nada para los zapatos, dejándome crecer el pelo. No. Genoveva no iría jamás conmigo a la casa de la esquina, jamás podría yo cruzar el zaguán oscuro, llegar al misterioso interior donde, por fin, se me entregaría, donde podría verla desnuda y palpar su cintura breve y sus senos erguidos y sus caderas graciosas. La piel se me erizaba y la corriente del deseo parecía que me quemara la sangre. ¡Qué poca cosa era yo en el mundo! Menos que un grano de trigo en la zaranda, menos que un grano de maíz en el bulto».

-Genoveva me espera siempre.

Hernando Téllez.

Aciagos malditos.

Aciagos malditos.

«Nuestra escuela era pobre, como el pueblo, como nosotros, como la señorita Marta Amaya que allí había llegado, nombrada por el gobernador, hacía dos años, sola, con su sombrero de paja, su falda de tela clara y su maleta de cuero que podía abrirse como un fuelle. Era realmente bonita la señorita Marta. Y a mí siempre me pareció buena. Y ahora, ahora la señorita Marta estaba como muerta, pero no estaba muerta, entre su cama, con la blusa desgarrada y los senos al aire y la falda tirada sobre el piso, y una de las piernas colgando, como un péndulo, del borde del lecho. No debía estar muerta, a pesar de que tenía los ojos cerrados, porque yo veía cómo ondulaba y ondulaba ese pecho desnudo».

-Lección de domingo

Hernando Téllez.

Para sabores, los colores.

Para sabores, los colores.

«Rosario era en cierta manera, implacable. A los 17 años hubiera querido ser ya esposa, madre y probablemente viuda. Llevaba, en lo profundo de su ser, una tremenda urgencia vital. Del colegio donde estudiaba fue preciso extraerla discretamente, pretextando un inaplazable viaje de sus padres a otras provincias del país, para evitar así toda suerte de escándalo: la habían sorprendido besándose apasionadamente con una profesora, cuyas sospechosas costumbres llenaban la crónica secreta del establecimiento. Además, entre los efectos personales de Rosario, la inquisitiva inspección de las directoras encontró cándidos pero ardientes billetes de amor, provenientes de otros sectores femeninos del colegio».

-Rosario dijo que sí

Hernando Téllez.

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Siempre por ti, mujer.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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Mujer

Como viento fresco, como suave brisa que acaricia. Piel porcelana. Así mujer, mueves vida y consuelas miradas.
Del cielo al infinito, murmullo celeste acompasado, tenue y cálido.
Brillas como un trueno, y así mismo clamas, poderoso estruendo. Eres todo, quiero que seas todo.
La vida es tuya porque la das, porque eres reina y potentada. Porque te pertenecemos, mujer.
Posees gloria, eres la gloria. Por cada rincón y por cada brillo anidas dicha, contagias. Con una caricia conviertes lava en suave manto, como si de tus manos emergiera poder bendito.
¿Quién eres mujer y quién soy yo para poder siquiera amarte?
Dime, mujer, si te meresco acaso; si tu sabía de amor es lo que pretexto para soñar, para vivir.
Gracia prudente que envuelve paz, como mar en calma, como dicha constante.
Brilla mujer, y en tu brillo eterno quiero contigo ser.

Marco de Mendoza

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