«Nuestra escuela era pobre, como el pueblo, como nosotros, como la señorita Marta Amaya que allà habÃa llegado, nombrada por el gobernador, hacÃa dos años, sola, con su sombrero de paja, su falda de tela clara y su maleta de cuero que podÃa abrirse como un fuelle. Era realmente bonita la señorita Marta. Y a mà siempre me pareció buena. Y ahora, ahora la señorita Marta estaba como muerta, pero no estaba muerta, entre su cama, con la blusa desgarrada y los senos al aire y la falda tirada sobre el piso, y una de las piernas colgando, como un péndulo, del borde del lecho. No debÃa estar muerta, a pesar de que tenÃa los ojos cerrados, porque yo veÃa cómo ondulaba y ondulaba ese pecho desnudo».
-Lección de domingo
Hernando Téllez.
