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Cartas sin entrega.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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Las pasiones también terminan.

Recorrí tu cuerpo enaltecido, sofocante y ansioso, como lamer un dulce que de niño ansias. Era ocaso y plenitud. Perfección en mi pequeño sediento mundo.
Éramos dos polinizando nuestros centros, de savia, de placer bruto y perenne, como Eracles, fuertes; como bandidos, astutos. Más yo era Eros pero tú no Psyché.
Las pasiones también terminan, y se sabe, como se sabe que el sol tiene su ocaso y las aves un nido a tiempo; como se siente cuando el corazón se expande y se agita ante su arritmia.
Las pasiones también terminan, cuando el sendero es otro, cuando la mentira tiene poder y fulmina. Las pasiones como está, terminan, sobre todo cuando han estado más ligadas a la razón, que al corazón. Tristeza insolente.
Las pasiones terminan, cuando no son tus labios los que inflamados derriten a los míos, potentados. Hay pasiones que en cambio no terminan, cuando se vuelven vida. Pero vida, tú, ya no eres mi vida.

Marco de Mendoza

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Esquivez.

• MINIFICCIÓN •

Acuse de recibo

José Manuel Dorrego

Había escrito cien veces: Te quiero. Escribió con trazo firme, caligráfico. Con esa paciencia y minuciosidad que ponen los náufragos en todo lo que emprenden, intuyendo que, probablemente, cuanto les queda es todo un pasado por delante. Escribió un «te quiero» por hoja, una botella por papel, un mensaje por botella: cien botellas en total. La respuesta llegó dos meses después arrastrada por las olas hasta la orilla, dentro de otra botella. El mensaje era claro, conciso, breve y letal: No insistas, decía.

Mortaja.

Mortaja.

«Los viejos se han hincado, sollozando.
Yo alargo la mano y rozo con los dedos el rostro de porcelana de mi amiga. Siento el frío de esas facciones dibujadas, de la muñeca-reina que preside los fastos de esta cámara real de la muerte. Porcelana, pasta y algodón. “Amilamia no olbida a su amigito y me buscas aquí como te lo divujo.»
Aparto los dedos del falso cadáver. Mis huellas digitales quedan sobre la tez de la muñeca.
Y la náusea se insinúa en mi estómago, depósito del humo de los cirios y la peste del ásaro en el cuarto encerrado. Doy la espalda al túmulo de Amilamia. La mano de la señora toca mi brazo. Sus ojos desorbitados no hacen temblar la voz apagada:
—No vuelva, señor. Si de veras la quiso, no vuelva más.
Toco la mano de la madre de Amilamia, veo con los ojos mareados la cabeza del viejo, hundida entre sus rodillas, y salgo del aposento a la escalera, a la sala, al patio, a la calle».

-La muñeca reina

Carlos Fuentes.

IN VIVO.

IN VIVO.

MINIFICCIÓN

INNATA

ANA VIDAL

A Mariela no la llamaron nunca por su nombre. Desde que no nació todos se empeñaron en olvidarla sin recuerdos y, por más que grite, tire jarrones en la sala, abra puertas o sople a los ojos de su madre, nadie la mira ni la escucha. Últimamente le ha dado por probarse el vestido de comunión de su hermana y cada mañana lo encuentran fuera del armario. Quizás un día alguien hable de lo que nunca ocurrió y pueda empezar a morir.