Maromas.

Maromas.

«Por más que Angelita y yo intentamos reconciliarnos, todo fue por demás. Todo se fue a la puritita chingada. Un tiempo vivimos todavía en Estrella. Es un decir: nos dimos vida de perro rabioso, hasta que ella abandonó el departamentito en agosto y yo me pasé una semana en él con varios litros de tequila y apenas si tenía conciencia para salir a comprar unos sopes o quesadillas donde fuera, menos con la Ma Rufailina: cada vez que me veía agarraba un chile de la mesa, me lo enseñaba y se carcajeaba»

-¿Me explico?

Emiliano Pérez Cruz

Neutle Milagroso.

Neutle Milagroso.

«A pesar de que don Canuto les tenía prohibido hacer el «alacrancito», porque, según decía, le salía muy caro el aserrín para andar ocultando sus porquerías, don Lupillo se dispuso a hacer el suyo a manera de despedida. Se echó para atrás para tomar vuelo, y haciendo una extraña parábola en el aire con su tornillo, arrojó al suelo el sobrante de pulque. De inmediato don Canuto se salió del mostrador con la intención de reclamar a don Lupillo lo que acababa de hacer, pero se detuvo al notar el extraño silencio que se había adueñado de su humilde changarro.
En lugar de la figura que generalmente se forma con el sobrante de neutle sobre el aserrín, apareció una figura muy diferente, figura que contrastaba grandemente con lo tradicional, una figura humana con un manto en la cabeza, y que recordaba a primer golpe de vista, la entrañable figura de la virgen».

El milagroso alacrán, Humberto Vallejo.

Pegajoso dulzor blanquecino.

Pegajoso dulzor blanquecino.

«—Creo que les gusta demasiado la cerveza o los cochinos refrescos de ahora. El puro alcohol no las perjudica. La cosa es, compadre, que en estos últimos tiempos se me descomponen todas. Que si el estómago, que si el hígado, que si los reumas, que si la barriga, que el corazón y las fatigas…
A Galdeano cada día de su santo le regalan una muchacha los de su tierra de Jalisco. Añade alguna que otra de su hacienda pulquera. Nemesio es más parco, la legítima no las admite en casa; los hijos sí. Lleva bautizados veintiuno. Galdeano ha perdido la cuenta. Pero desde hace algún tiempo muchas están enfermas.
—En nuestro tiempo las medicinas eran baratas. Ahora es un desmadre.
Beben pulque. Callan. Galdeano vino a hablar de lo que le tiene a pecho».

La vejez, Max Aub.

Mira a tu alrededor: hay otro, siempre hay otro.

Mira a tu alrededor: hay otro, siempre hay otro.

«Y un poco más tarde vi a un ángel durmiendo a la sombra de un árbol cubierto de flores. Me pareció que me miraba también; pero no estoy seguro, porque su rostro estaba escondido por una rama. Ahora, sin embargo, ella se despertó y comenzó a jugar con algunos otros. Alcé mi voz y grité, pero no me escuchó.
¡Supongo que me sentí poderoso como para derramar lágrimas!
Y entonces, de repente, se desvaneció y desapareció, y yo quedé solo en medio de la noche. Me sentí como en un laberinto, dolorido. Entonces oí a la Voz que decía: Si, aun siendo traviesos, le das obsequios a tus hijos, cuánto más su Padre, que está en todas las cosas buenas»

El valle de los niños perdidos, William Hope.

La perfidia de tu amor.

La perfidia de tu amor.

«Encontré que ya no quería a Robert en la misma forma que antes, puesto que dejó de parecerme el hombre más encantador del mundo y me había interesado Chas. Pero consideré al mismo tiempo que le profesaba un gran respeto y una gran estimación y ello estaba probado por la intensa emoción, el miedo, el sobrecogimiento que me produjo la posibilidad de ser descubierta. De no considerar y apreciar a Robert, tal posibilidad no me habría conmovido tanto. Examiné también a Chas y encontré que ese encantador pícaro jamás podría haberme despertado la reverencia que Robert. Ya no traté de escribir ninguna carta. Y desde este tiempo quise a Robert con seguridad y firmeza, pues el episodio me sirvió para valorizarlo… Además, quedé convencida de que la mujer es un ser fiel, o de que cuando menos yo lo soy, ya que por encima de todo, sentí una gran incomodidad ante mí misma, una especial vergüenza por lo que había hecho. Tal estado de ánimo se me quitó solamente cuando Robert volvió a casa y sentí como que me perdonaba su tranquila seguridad de hombre confiado…»

-Historia de una infidelidad

Ciro Alegría.

Tretas

Tretas

«En casa, mi madre nos prohibía terminantemente acercarnos a él; alegaba que era un ser maligno, traicionero, sin escrupulos ni sentimientos, fuera de sus cabales, que tenía tratos con el infierno. Y es que para ella, el único hombre ejemplar sobre la tierra había sido mi padre. Por eso, aunque joven aún, nunca pretendió construir un nuevo tramo de felicidad ni aprender otro idioma de amor. A partir de su viudez se dedicó a la costura para acatar la obligación de mantenernos y, pese a su cariñosidad innegable, a veces era un poco arisca y autoritaria. Nosotros, ávidos de emociones y sin la menor malicia, nos exponíamos a sus regaños y desobedecíamos su prohibición».

-Demonios de la misma caldera

Agustín Monsreal

Cabo traición.

Cabo traición.

«Ashenden empleó dos o tres días en conocer Basilea, que no le agradó mucho. Pasó mucho tiempo en las librerías hojeando libros que hubiera merecido la pena leer si la vida fuera mil años más larga. En una ocasión, vio a Gustav en la calle. Al cuarto día, por la mañana, le entregaron una carta mientras se tomaba su café. El sobre llevaba el sello de una firma comercial desconocida para él y en su interior había una hoja de papel mecanografiada. No llevaba dirección ni firma. Ashenden se preguntó si Gustav sería consciente de que una máquina de escribir traicionaba a su dueño de igual modo que la escritura manual. Después de leer dos veces la carta con atención, puso el papel al trasluz para ver si había señales de tinta invisible (no tenía ninguna razón para hacer aquello excepto que el detective de unas novelas lo hacía), después encendió una cerilla, prendió el papel y contempló cómo ardía. Con las manos pulverizó los fragmentos quemados».

-El traidor

W. Somerset Maugham

Ya pa’ que…

Ya pa’ que…

«—Se pone a votación la proposición de los compañeros de San Juan de las Manzanas. Los que estén de acuerdo en que se les de permiso para matar al presidente municipal, que levanten la mano…
Todos los brazos se tienden a lo alto. También los de los ingenieros. No hay una sola mano que no esté arriba, categóricamente aprobando. Cada dedo señala la muerte inmediata, directa.
—La asamblea da permiso a los de San Juan de las Manzanas para lo que solicitan.
Sacramento, que ha permanecido de pie, con calma, termina de hablar. No hay alegría ni dolor en lo que dice. Su expresión es sencilla, simple.
—Pos muchas gracias por el permiso, porque como nadie nos hacía caso, desde ayer el presidente municipal de San Juan de las Manzanas está difunto».

La muerte tiene permiso,
Edmundo Valadés.

Mágico Gitano.

Mágico Gitano.

«El gitano había estado sentado negligentemente en uno de los costados del carro, observando cada rostro, hasta que dio un brinco ágil desde el eje con las rodillas un poco entumecidas. Era, aparentemente, un hombre de unos treinta años, y toda una belleza a su manera. Llevaba una especie de chaqueta de cazar de color verde y negro, reforzada en el pecho y que solo le llegaba a las caderas; unos pantalones negros bastante ajustados, botas negras, un sombrero verde oscuro y un pañuelo de seda amarilla y granate alrededor del cuello. Su apariencia era curiosamente elegante, y algo cara para ser un gitano. Era también atractivo, y de barbilla prominente, con el aire viejo y engreído de su raza, y parecía no prestar ya ninguna atención a aquellos extraños, mientras guiaba a su caballo fuera de la carretera, preparándose para hacer recular el carro».

-La Virgen y el gitano

D. H. Lawrence

Dulce Gitana.

Dulce Gitana.

«Su marido se burlaba de Hetty, la llamaba gitana. En realidad era medio gitana, pues su madre lo era, aunque había elegido abandonar a su gente y casarse con un hombre que vivía en una casa. A Fred Pennefather le gustaba su esposa porque era diferente del resto de las mujeres que conocía, y se había casado con ella por eso; pero los hijos temían que su sangre gitana se revelase en algo más grave que los merodeos por las estaciones de ferrocarril. Era una mujer alta, con una lustrosa y abundante cabellera negra, una piel que se bronceaba con facilidad y profundos ojos negros. Vestía colores luminosos, y disfrutaba de los arrebatos de furia y las reconciliaciones repentinas. En sus mejores años, llamaba la atención, era orgullosa y guapa. Todo esto hacía inevitable que la gente de la zona se refiriera a ella como “esa mujer gitana”. Cuando lo oía, contestaba a gritos que no por ello era peor».

-Una anciana y su gato

Doris Lessing