Ex nihili nihü fit.¹

Ex nihili nihü fit.¹

«Y de pronto un ruido formidable: la puerta había cedido por fin a la presión de los más forzudos. ¡Y qué horrible espectáculo se ofrecía ahora a la vista de los azorados concurrentes! De la habitación abierta salía un olor nauseabundo y adonde quiera que uno dirigiera la mirada: trozos de piel masticados y vueltos a escupir, huesos roídos apilados en montones que llegaban hasta casi el cielorraso, huesos sobre la mesa, huesos en los estantes, hasta en los cajones de la cómoda y en la caja fuerte: huesos y más huesos. La multitud quedó como paralizada; ahora ya no cabía duda acerca del paradero de los vecinos desaparecidos. Knödlseder se los había comido, no sin antes despojarlos de la mercadería previamente adquirida… ¡un segundo “Joyero Cardillac” de la novela de la señorita de Scuderi!».

Amadeus Knödlseder, el incorregible buitre de los Alpes, Gustav Meyrink.


¹Nada surge de la nada.

Orgullo.

Orgullo.

«Una tarde iba yo apresurado por una calle en un barrio miserable. Al pasar frente a la puerta de una cantina di limosna a un pordiosero increíblemente harapiento. Muchas cuadras más allá me di cuenta de que aquel mendigo que me mirara con insistencia, pero sin hablarme, era Juan Vizcarra. ¡Era un anciano, y Juan Vizcarra era sólo diez años mayor que yo! Volví de carrera a la cantina, pero el mendigo ya no estaba allí… ¡Juan era tan orgulloso! Pero después de todo quizás no fuera Juan, quizás fuera sólo imaginación mía creer que ese limosnero cojo tumbado en un charco de suciedad a la puerta de una cantina era Juan Vizcarra.
A veces pienso que lo buscaré. No puedo olvidar la cancioncilla maliciosa que silbaba al entrar a casa en la mañana, ni la destreza con que esos dedos colorados y romos hicieron brotar la vida ante mis maravillados ojos de niño. Pienso buscarlo…, no sé para qué. Pero los años pasan. Ahora sólo muy de tarde en tarde llego a preguntarme:
—¿Qué será de Juan Vizcarra?».

-El hombrecito

José Donoso.

Iniciación.

Iniciación.

«Aclaramos el secreto, sin embargo; y sentados con mi hermana en la sombría guarida de algún rincón, bien juntos y mudos en la semioscuridad, gozamos horas enteras el orgullo de no sentir miedo.
Fue allí donde una tarde, avergonzados de nuestra poca iniciativa, inventamos fumar. Mamá era viuda; con nosotros vivían habitualmente dos hermanas suyas, y en aquellos momentos un hermano, precisamente el que había venido con Inés de Buenos Aires.
Este nuestro tío de veinte años, muy elegante y presumido, habíase atribuido sobre nosotros dos cierta potestad que mamá, con el disgusto actual y su falta de carácter, fomentaba.
María y yo, por de pronto, profesábamos cordialísima antipatía al padrastrillo.
—Te aseguro —decía él a mamá, señalándonos con el mentón— que desearía vivir siempre contigo para vigilar a tus hijos. Te van a dar mucho trabajo.
—¡Déjalos! —respondía mamá cansada.
Nosotros no decíamos nada; pero nos mirábamos por encima del plato de sopa».

-Nuestro primer cigarro

Horacio Quiroga.

Lamentos.

Lamentos.

«—¡Sí, cansada de todo y de todos ustedes; de cocinar, de lavar, de limpiar esta puerca casa tres veces al día, y luego tener que pegarme a la máquina, a coser la tarea del día, cansada de servirles a ustedes de madre y de mujer sin serlo, sin haber tenido ni hijos ni marido! ¡Qué coño se creen? —les había gritado a sus dos hermanos por la mañana, cuando uno de ellos respondió a su lamento de siempre: “¿Cansada de qué?”
—¡De todo, me oíste, de todo! No puedo seguir viviendo así; es que no puedo. ¡Me iré de aquí! Buscaré marido y me iré de aquí, ¿lo oyen?
—Ya estás vieja para las dos cosas.
El que contestó fue el hermano mayor y el hermano menor dijo:
—Sí, muy vieja.
—Vieja, pero todavía tengo con qué. Tengo piernas y tengo brazos y tengo… —pero el hermano mayor no la dejó terminar de un manotazo. Sintió cómo un gusto entre salobre y dulzón inundaba su boca y quizá pensó que no era desagradable».

-La mosca en el vaso de leche

Guillermo Cabrera Infante.

Sobre Rebuscamientos.

Sobre Rebuscamientos.

«Había mandarinas como bolas de fuego, manzanas llenas de lozanía con tintes de rosa; peras amarillas tan suaves como la seda; uvas blancas con reflejos de plata y un gran racimo de rojas, tan intensas que parecían moradas. Éstas las había comprado para que entonaran con la nueva alfombra del comedor. Sí, tal vez pareciera algo absurdo y rebuscado, pero no era otra la razón de haberlas elegido. En la frutería había pensado: “Tengo que llevarme un racimo de uvas rojas para que en la mesa haya algo que recuerde la alfombra”. Y en aquel momento esta idea le pareció muy razonable».

Felicidad, Katherine Mansfield.

Sobre Fumadas.

Sobre Fumadas.

«“He soñado con pájaros esta noche”, pensaba Linda. ¿Qué era? Lo había olvidado. Pero lo extraño en esta vida de los objetos, era lo que hacían. Escuchaban, parecían inflarse con un regocijo misterioso e importante; se dilataban y entonces Linda les sentía sonreír. Pero no era para ella sola esa sonrisa astuta, misteriosa; miembros de una sociedad secreta, ellos sonreían entre sí. A veces, cuando se había dormido durante el día, se despertaba sin poder levantar un dedo, ni aun volver los ojos a derecha e izquierda, porque ellos estaban allí. Otras veces, si ella salía de una habitación dejándola vacía, sabía que al ruido del portazo ellos la ocuparían. Y había momentos, por ejemplo, durante la noche, cuando ella subía, dejando abajo a todo el mundo, en que apenas le era posible escaparse de ellos. Entonces no podía apresurarse, no podía tararear una música. Si trataba de decir de la manera más desenvuelta: “¿dónde estará ese dedal viejo?”, ellos no se equivocaban, ellos conocían su miedo, ellos veían cómo volvía la cabeza al pasar delante del espejo. Linda sentía siempre que ellos querían algo de ella y sabía que si se abandonaba y se quedaba tranquila, más que tranquila, silenciosa, inmóvil, ocurriría algo seguramente».

Preludio, Katherine Mansfield.

Sobre Mafufadas.

Sobre Mafufadas.

«—¡Dichoso cartero! ¿Qué puede haberle ocurrido? —exclamó Beatrice— Deja estas cosas por ahí, querido.
—¿Dónde las quieres?
Ella Levantó la cabeza y sonriéndome con su modo suave y burlón, dijo:
—Tonto. En cualquier sitio.
Pero sabía que tal lugar no existía para ella, y habría preferido quedarme durante meses sosteniendo la botella de licor y los pasteles, antes que arriesgarme a producir el más ligero sobresalto a su exquisito sentido del orden».

Veneno, Katherine Mansfield.

El placer de hacer.

El placer de hacer.

«Veía a Gianni desesperado por decirme algo que o era muy embarazoso o era muy extraordinario. Entonces ocurrió, sacó del bolsillo una cajetilla de cigarros y dentro de ella extrajo una bolsita de tela.
—¿Quieres? —me preguntó.
—¿Qué cosa?
—Algo que ayuda a oír el jazz…
—Mariguana.
Yo debí saltar en mi asiento, porque me dijo, sonriendo otra vez con su sonrisa sana:
—No te asustes, que no mata.
—No me asusta —Ya la he fumado, mentí.
—¿De veras? ¿Y qué efecto produce?
—A mí me dio mareos y vómitos.
—Pues no has fumado mariguana, porque la mariguana ni da mareos ni vómitos. Es exactamente como la bebida, sólo que no hay despertar malo al día siguiente. ¿De veras que no quieres?
—No —me mantuve ahí.
—Bueno, ¿entonces no te importa que yo la fume?
—No —le dije, muy blasé—. No me importa.
En realidad estaba muerto de miedo.
—Puedes fumarla —le dije.
Lo encendió y comenzó a fumar. Yo no sentía olor ni nada por el estilo. Puede ser que hubiera sido el miedo o la sorpresa, porque insistí, muy ingenuamente, en preguntarle:
—¿Es mariguana de veras?
Me miró. Se sonrió con su sonrisa doblada. Me dijo, simplemente:
—Mi nombre es Gianni, no Zanni.
Zanni, en italiano, quiere decir bufón, cómico, payaso».

-Jazz

Guillermo Cabrera Infante.

El placer de sentir.

El placer de sentir.

«—Me gusta tu pelo —dijo—. —Siempre me ha gustado el pelo muy negro. Me gustan las cosas negras.
Se acercó a mí y me pasó una mano por el pelo. Súbitamente, se agachó y me besó. Besaba rudamente y sentía el alambre apretarse contra mis labios, después contra mis dientes y mi lengua.
La sujeté firmemente por la cintura con un brazo y traté de acariciarle los senos, pero ella me apartó la mano.
Había hablado a través de mis labios y en su voz no había enojo, sólo firmeza. Finalmente, dejó de besarme y se quedó frente a mí, de pie. Antes de que yo comprobara con mi mano si tenía los labios pintados, sentí un golpe chasqueante en mi cara y un calor me sofocó la cabeza. Cuando me di cuenta que me abofeteaba, ya lo había hecho dos o tres veces. Tenía ambas mejillas ardiendo y una lágrima saltó de mi ojo derecho».

-Un nido de gorriones en un toldo

Guillermo Cabrera Infante.

El placer de ser.

El placer de ser.

Había entrado en el convento por imposición de la familia: querían verla amparada en el seno de Dios. Obedeció.
Pero empezó a cansarse de vivir sólo entre mujeres. Mujeres, mujeres, mujeres. Escogió a una amiga como confidente. Le dijo que no aguantaba más. La amiga le aconsejó: —Mortifica el cuerpo.
Comenzó a dormir en la losa fría. Y se fustigaba con el cilicio. De nada servía. Le daban fuertes gripes, quedaba toda arañada. Un día, a la hora del almuerzo, empezó a llorar. No le explicó la razón a nadie. Ni ella sabía por qué lloraba. Y de ahí en adelante vivía llorando. A pesar de comer poco, engordaba. Y tenía ojeras moradas. Su voz, cuando cantaba en la iglesia, era de contralto.
Se confesó con el padre. Él le mandó que siguiera mortificándose. Ella continuó.
Hasta que le dijo al padre en el confesionario:
—¡No aguanto más, juro que ya no aguanto más! Él le dijo meditativo: —Es mejor no casarse. Pero es mejor casarse que arder.

-Mejor que arder

Clarice Lispector.