«—Estoy dispuesto a pagar una suma razonable por los libros que tengo pensados —respondió el hombretón, y rozó el libro que tenía delante con la yema de un dedo, experimentalmente—. Ciento cincuenta, doscientos dólares como mucho. El chico lo miró y se echó a reír. —Con eso tiene para bastantes buenos libros. —En mi vida había visto tantos juntos —confesó el hombre—. Nunca pensé que llegaría el día en que entraría en una librería y compraría todos los libros que siempre he querido leer. —Ha de ser una sensación estupenda».
«Era dos minutos después de las diez; no estaba satisfecha con su ropa, su cara, su apartamento. Calentó café de nuevo y se sentó en la silla junto a la ventana. No puedo hacer nada más ahora, pensó, no tiene sentido tratar de mejorar algo a último minuto. Reconciliada, estable, trató de pensar en Jamie y no pudo ver su rostro claramente, u oír su voz. Siempre es así con alguien a quien amas, pensó, y dejó que su mente se deslice después de hoy y mañana, hacía el futuro lejano, cuando Jamie estuviera establecido con su escritura y ella hubiera dejado su trabajo, el hermoso futuro con casa en el campo que habían estado preparando la última semana. «Yo solía ser una excelente cocinera», le había dicho a Jamie, “con un poco de tiempo y práctica puedo recordar cómo hacer pastel de ángel. Y pollo frito”, dijo, sabiendo cómo las palabras se quedarían en la mente de Jamie, un poco tiernamente. “Y salsa holandesa”».
«Al cabo de un momento, el camarero se acercó al hombre, y la muchacha, con voz clara y audible por encima del suave vals que estaba tocando la orquesta, dijo a este: —No bebas más, Joey. Vayamos a cualquier sitio a comer algo. El hombre murmuró algo al camarero sin hacer caso de la mano de la chica, que lo asía por el brazo. Se volvió hacia el muñeco, le susurró algo y el rostro de madera, con una ancha sonrisa, miró a la chica y de nuevo al hombre. La muchacha se echó hacia atrás en la silla y su mirada buscó con el rabillo del ojo a la propietaria del restaurante».
«Tú eres aquello que haces, no aquello que dices que harás». Carl Gustav Jung. ✒️
Mercurio en Escorpio ☿ ♏
Este Mercurio inquisidor pareciera un astro peligroso y comprometedor, pero la realidad es que podemos aprovechar su energía para conocernos a profundidad; una tarea de toda la vida y que requiere mucho esfuerzo.
La recomendación vulgar es: Buen momento para la investigación, indagar, conocer, reconocer y guiarnos con nuestra intuición; pero la Recomendación Suprema es: Excelente tiempo para sumergirnos en nuestro inconsciente y despertar conciencia. Desmitificar todo aquello que siempre nos ha llevado a lugares incorrectos, romper tabúes, desprogramar condicionamientos nocivos.
Si tú crees que eres capaz de lograr, de hacer algo, lo cumplirás… Y justo con esa luz que surge de creer en ti conseguirás que los caminos se empiecen a abrir para que llegues hasta aquello que desea tu corazón. Deja de ver el pasto ajeno, y disfruta del tuyo. Cierto que la energía de Mercurio en la casa de Escorpio les va de maravilla a los chismosos (¡Saludos Géminis! Y todos los agremiados del Aire), sé la excepción a la regla y mira hacia un lugar mejor: TU INTERIOR.
Si pasáramos un pequeño porcentaje (digamos el 10) stalkeándonos a nosotros mismos, de lo que pasamos pendientes de las vidas de los demás, lo cierto es que podríamos reconocernos como una excelente compañía, estar a gusto con nosotros mismos, lo que nos daría una mejor calidad de vida. Y nuestra proximidad a la felicidad sería inminente.
Así mismo también es importante reconocer dónde ponemos nuestra energía. Recuerda que el inconsciente no reconoce la palabra “No”, así que cuando te enfocas en no querer algo, terminas atrayéndolo. ¡Cuidado! Busca que tu Mood Stalker esté enfocado en el objetivo correcto.
¿Cómo andaremos de sueño? Sueña. Y sueña en grande. En este período el mundo onírico estará rendido a tus pies. Vas a estar soñando con madres, de a madres; así que pon atención a todos esos símbolos que se dejan entrever, analízalos y usa esa información a tu favor, y recuerda el objetivo supremo: Despertar Conciencia.
Vuelve a pedirme que lo empuje. Esta vez desde la azotea. Este maldito niño me tiene frito con el gusto que le ha cogido a restregarme que es inmortal. Y yo no gano para sustos, vivo con miedo. Salimos a pasear y se tira debajo de un camión. Nos vamos al parque de atracciones y se lanza desde la noria mientras saluda al resto de los usuarios. En el campo se come todas las setas venenosas que se encuentra.
Le he amenazado con dejar de ser su amigo si continua con esa actitud irresponsable.
Me dice que si lo hago se declara en huelga de hambre.
«El miedo es un absurdo, una locura. Pero nos mantiene alertas. Nos mantiene vivos».
MAMS
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«Moco era un garabato seco, de nariz caída y ojos fuera de la cara. Había sido músico y adivino y espiritista en alguna parte. Él fue quien metió aquella fiebre en todos. Comenzó a hablar de fuerzas secretas y señales en la manigua, y todos tambaleábamos. Amiana lo tenía para eso, para opiar a la gente y divinizar a Amiana. La isla, decía, había surgido para sostener a Amiana; los espíritus le traían hombres para que se sirviera de ellos, y lo guardaban para que nadie pudiera tocarlo. Amiana quería a Moco por esto. Nosotros sabíamos, algunos, que Moco no había sido nunca espiritista, que en su cabeza había otra cosa. Había sido violinista en un teatro al aire libre, y nada más. Ahora vivía por la manigua, oculto en los matorrales, y en cuevas que hacía en el suelo, hablando con los espíritus, decía a Amiana. A veces adivinaba cosas. Tenía una vista muy aguda y fingía veinte caras, y averiguaba. Sabía algo de astronomía y había adivinado el ciclón. Era el sacerdote de la isla. —¡Voy a adormecer a la gente! —decía a Amiana».
«Poco a poco fue renaciendo la confianza en nosotros. A la luz de un claro que se abría en torno suyo vi su rostro desencajado, y sus ojos abiertos, terriblemente abiertos, me aterrorizaron. Pensé que algo semejante le ocurriría a él respecto de mí. Cuando quise hablar, mi voz se hiló en una especie de suspiro, como si un escape interior me impidiera hacer presión en la garganta. Alargué la mano tímidamente, para cerciorarme de si el hombre que tenía delante era realmente un ser vivo, o un cadáver de varios días, como el que habíamos hallado cierta vez en el corte. Mi compañero movió ligeramente la cabeza y entonces vi que su boca se rasgaba sobre una fila de dientes de un blancor poco más intenso que el de la piel. Se pasó el anverso de la mano por la frente, ató —así— las rodillas con los brazos, y dijo, en tono triste y resignado: —Hola, hermano».
«Yo no sé lo qué sentiría mi madre realmente. Ni unos ni otros nos habían hecho mucho daño, salvo por lo que se llevaban los alzados. Por otro lado, mis hermanos estaban con éstos, que cada vez eran más numerosos. Nadie sabía cuántos eran. Pero sabíamos que eran cada vez más bravos. Todavía pedían, no robaban, pero ya ustedes saben lo que es pedir con escopeta. ¿Quién iba a negarles nada? Y menos que nada, un buche de café, que a nadie se le niega. Así llegamos a la aparición de aquellos cinco. Cada uno traía un arma: rifles, unos más cortos, otros más largos, salvo uno, el jefe, que traía una ametralladora de mano y una barba más tupida que la de los otros. No subían del pueblo ni bajaban de las lomas. Venían de otra parte y, al parecer, huyendo. Sabíamos que la candela se iba animando por allí».