Lo que subraya el desierto.

Lo que subraya el desierto.

«Fue entonces cuando Baegert pudo ver con claridad que él era guaycura. Que el temor por él experimentado ante ese mundo nuevo lo disimulaba muy bien el asombro y sus vaivenes expresivos, entre la crítica implacablemente religiosa y el regodeo imagínico de tonalidades poéticas. Que su estatura intelectual y su vanidad europea le habían impedido verse reflejado en los modelos indígenas: corría también descalzo entre los cerros, comía una hierba aquí u otra más allá, no podía armar un breve discurso, era ágrafo, estaba lleno de temores a los caballos y a los rifles de los soldados del presidio, era mentiroso, piojoso, desentendido de sus hijos, polígamo, etc… ¡Qué espejo tan primitivo y tan moderno!».

Charcos de polvo lunar,
Raúl Antonio Cota.


RECOMENDACIÓN DEL BLOG


Don alegría.

Don alegría.

«Poco importaba que no fuera domingo ni primavera. Igual me sentía dispuesto a que algo extraordinario me purificase. En realidad, son pocos los días en que uno puede sentirse anticipadamente alegre, alegre sin ruedas de café ni cantos nauseabundos a la madrugada, ni esa pegajosa, inconsciente tontería que antes y después nos parece imposible; alegre de veras, es decir, casi triste».

-Hoy y la alegría 

Mario Benedetti.

Simpatía.

Simpatía.

«Continuaron el paseo y se pararon como siempre a mirar tras las ventanas de la escuela de arte. Siempre disfrutaba viendo a aquellos jóvenes interpretando sus papeles. El calor de la primavera ya se notaba, y el monitor abrió el ventanal de par en par. Al ver la cara de admiración de Jan lo invitó a formar parte de su grupo de teatro. Jan asintió con la cabeza y se volvió a sentir la persona más feliz del mundo».

-Un deseo

Aurora Tárrega Valdez.

Como una llamarada.

Como una llamarada.

«—¡Qué cansancio! —dijo, a tiempo que echaba hacia atrás todo su cuerpo. De inmediato, al extenderse en el suelo, se precisó la curva de los senos, la línea del vientre, el arco de las caderas. La miré al rostro. Y en los ojos, en la boca descubrí no sé qué terrible y misteriosa corresponden­cia con la llamarada interior que me estaba quemando los riñones, que me hacía temblar las manos, que me sofocaba el aliento, que me hacía trepidar el corazón. Y entonces caí sobre ella sin decirle nada, y sin que ella dijera nada, como una ciega fuerza y con una urgencia vital en qué me parecía probar un secreto rencor y una suprema alegría».

-Debajo de las estrellas

Hernando Téllez.

Kajal kuxlejal.¹

Kajal kuxlejal.¹

«¡Qué alrededor tan inmenso! Una llanura sin rebaños donde el único animal que trisca es el viento. Y cómodo se encabrita a veces y derriba los pájaros que han venido a posarse tímidamente en su grupa. Y cómodo relincha. ¡Con qué libertad! ¡Con qué brío!
Ahora me doy cuenta de que la voz que estado escuchando desde que nací es ésta. Y ésta la compañía de todas mis horas. Lo había visto ya, en invierno, venir armado de largos y agudos cuchillos y traspasar nuestra carne acongojada de frío. Lo he visto en verano, perezoso, amarillo de polen, acercarse con un gusto de miel silvestre entre los labios. Y anochece dando alaridos de furia. Y se remansa al mediodía, cuando el reloj de Cabildo da las doce. Y toca las puertas y derriba los floreros y revuelve los papeles del escritorio y hace travesuras con los vestidos de las muchachas. Pero nunca, hasta hoy, había yo venido a la casa de su albedrío. Y me quedo aquí, con los ojos bajos porque (la nana me lo ha dicho) es así como el respeto mira lo que es grande.
—Pero qué tonta eres. Te distraes en el momento en que gana el papalote de tu hermano».

Balún Canán, Rosario Castellanos.

¹Tzeltal, para vivir en lo alto.

Sbuki’laltel sti’iki.¹

Sbuki’laltel sti’iki.¹

«—Mira lo que me están haciendo a mí.
Y alzándose el tzec, la nana muestra una llaga rosada, tierna, que le desfigura la rodilla.
Yo la miro con los ojos grandes de sorpresa.
—No digas nada, niña. Me vine de Chactajal para que no me siguieran. Pero su maleficio alcanza lejos.
¿Por qué te hacen daño?
—Porque he sido crianza de tu casa. Porque quiero a tus padres y a Mario y a ti.
—¿Es malo querernos?
—Es malo querer a los que mandan, a los que poseen.
Así dice la ley».

Balún Canán, Rosario Castellanos.

¹Tzeltal, el incisivo dolor que inflingen sus palabras.

Delirio bestial.

Delirio bestial.

«Interrumpió su lectura una conmoción en la casa, como si hubiera caído un objeto pesado. El lector soltó el libro, salió corriendo de la habitación y subió velozmente las escaleras que conducían al dormitorio de Fleming. Intentó abrirla puerta pero, contrariando sus instrucciones, estaba cerrada. Empujó con el hombro con tal fuerza que ésta cedió. En el suelo, junto a la cama en desorden, vestido con su camisón, yacía Fleming moribundo.
El médico levantó la cabeza de éste del suelo y observó una herida en la garganta.
—Debería haber pensado en esto —dijo, suponiendo que se había suicidado.
Cuando el hombre murió, el examen detallado reveló las señales inequívocas de unos colmillos de animal profundamente hundidos en la vena yugular.
Pero allí no había habido animal alguno».

-La alucinación de Staley Fleming

Ambrose Birce.

Rapaz.

Rapaz.

«Y entonces se aproximó por detrás a una de esas formas rampantes, y después, con un ágil movimiento, se le sentó a horcajadas. El hombre se desplomó sobre el pecho, recuperó el equilibrio, furiosamente, hizo caer redondo al niño como hubiera podido hacerlo un potrillo salvaje y después volvió hacia él un rostro al que le faltaba la mandíbula inferior; de los dientes superiores a la garganta, se abría un gran hueco rojo franjeado de pedazos de carne colgante y de esquirlas de hueso. La saliente monstruosa de la nariz, la falta de mentón, los ojos montaraces, daban al herido el aspecto de un gran pájaro rapaz con el cuello y el pecho enrojecidos por la sangre de su presa. El hombre se incorporó sobre las rodillas. El niño se puso de pie. El hombre lo amenazó con el puño. El niño, por fin aterrorizado, corrió hasta un árbol próximo, se guareció detrás del tronco, y después encaró la situación con mayor seriedad. Y la siniestra multitud continuaba arrastrándose, lenta, dolorosa, en una lúgubre pantomima, bajando la pendiente como un hormigueo de escarabajos negros, sin hacer jamás el menor ruido, en un silencio profundo, absoluto».

-Chickamauga

Ambrose Bierce.

Bestia.

Bestia.

«Debió de ocurrir todo en unos pocos segundos, durante los cuales Morgan adoptó todas las posturas posibles del obstinado luchador que es derrotado por un peso y una fuerza superiores. Yo sólo le veía a él y no siempre con claridad. Durante el incidente soltaba gritos y profería maldiciones acompañadas de unos rugidos furiosos como nunca antes había oído salir de la garganta de un hombre o de una bestia. Permanecí en pie por un momento sin saber qué hacer, hasta que decidí tirar la escopeta y correr en ayuda de mi amigo. Creí que estaba sufriendo un ataque o una especie de colapso. Antes de llegar a su lado, le vi caer y quedar inerte. Los ruidos habían cesado, pero volví a ver, con un sentimiento de terror como jamás había experimentado. Sólo cuando hube alcanzado los primeros árboles, aparté la vista de aquel insólito fenómeno y miré a mi compañero. Estaba muerto».

-El engendro maldito

Ambrose Bierce.

Escudriñar.

Escudriñar.

• MINIFICCIÓN •

En Rusia.

Cecil B. Demille

Se nos dijo que más allá, en el seno de las montañas, en un lugar conocido como Valle de Svanetia, residía una tribu, descendiente de una hueste de cruzados extraviados, que aún usaban corazas y armas con inscripciones en latín. Aquella gente hablaba una lengua que no comprendía nadie más que ellos, y practicaba una religión mixta de paganismo, cristianismo e islamismo.