Lo que subraya el desierto.

Lo que subraya el desierto.

«Fue entonces cuando Baegert pudo ver con claridad que él era guaycura. Que el temor por él experimentado ante ese mundo nuevo lo disimulaba muy bien el asombro y sus vaivenes expresivos, entre la crítica implacablemente religiosa y el regodeo imagínico de tonalidades poéticas. Que su estatura intelectual y su vanidad europea le habían impedido verse reflejado en los modelos indígenas: corría también descalzo entre los cerros, comía una hierba aquí u otra más allá, no podía armar un breve discurso, era ágrafo, estaba lleno de temores a los caballos y a los rifles de los soldados del presidio, era mentiroso, piojoso, desentendido de sus hijos, polígamo, etc… ¡Qué espejo tan primitivo y tan moderno!».

Charcos de polvo lunar,
Raúl Antonio Cota.


RECOMENDACIÓN DEL BLOG


El uso del futuro.

El uso del futuro.

«Rojo es la última cura para todo»
OP Freulers

«El reloj del pasillo del piso de abajo da las nueve. Aprieto las manos contra los costados de mis muslos, tomo aliento, camino por el pasillo y bajo las escaleras silenciosamente. Serena Joy aún debe de estar en la casa donde tuvo lugar el Nacimiento; eso se llama tener suerte, porque él no pudo haberlo previsto. En días como este, las esposas haraganean durante horas, ayudando a abrir los regalos, chismorreando, emborrachándose. Tienen que hacer algo para disipar su envidia.

Retrocedo por el pasillo del piso de abajo, paso junto a la puerta de la cocina y camino hasta la puerta siguiente, la suya. Espero afuera, sintiéndome como una criatura que ha sido llamada al despacho del director de la escuela. ¿Qué es lo que he hecho mal?

Mi presencia aquí es ilegal. Nosotras tenemos prohibido estar a solas con los Comandantes. Nuestra misión es la de procrear: no somos concubinas, ni geishas, ni cortesanas. Por el contrario, han hecho todo lo posible para apartarnos de esa categoría. No debe existir la diversión con respecto a nosotras, no hay lugar para que florezcan deseos ocultos; no se pueden conseguir favores especiales, ni por parte de ellos ni por parte nuestra, no hay ninguna base en la que pueda asentarse el amor. Somos matrices de dos piernas, eso es todo: somos vasos sagrados, cálices ambulantes».

-El cuento de la criada.

Margaret Atwood.