Sobre Rebuscamientos.

Sobre Rebuscamientos.

«Había mandarinas como bolas de fuego, manzanas llenas de lozanía con tintes de rosa; peras amarillas tan suaves como la seda; uvas blancas con reflejos de plata y un gran racimo de rojas, tan intensas que parecían moradas. Éstas las había comprado para que entonaran con la nueva alfombra del comedor. Sí, tal vez pareciera algo absurdo y rebuscado, pero no era otra la razón de haberlas elegido. En la frutería había pensado: “Tengo que llevarme un racimo de uvas rojas para que en la mesa haya algo que recuerde la alfombra”. Y en aquel momento esta idea le pareció muy razonable».

Felicidad, Katherine Mansfield.

Sobre Fumadas.

Sobre Fumadas.

«“He soñado con pájaros esta noche”, pensaba Linda. ¿Qué era? Lo había olvidado. Pero lo extraño en esta vida de los objetos, era lo que hacían. Escuchaban, parecían inflarse con un regocijo misterioso e importante; se dilataban y entonces Linda les sentía sonreír. Pero no era para ella sola esa sonrisa astuta, misteriosa; miembros de una sociedad secreta, ellos sonreían entre sí. A veces, cuando se había dormido durante el día, se despertaba sin poder levantar un dedo, ni aun volver los ojos a derecha e izquierda, porque ellos estaban allí. Otras veces, si ella salía de una habitación dejándola vacía, sabía que al ruido del portazo ellos la ocuparían. Y había momentos, por ejemplo, durante la noche, cuando ella subía, dejando abajo a todo el mundo, en que apenas le era posible escaparse de ellos. Entonces no podía apresurarse, no podía tararear una música. Si trataba de decir de la manera más desenvuelta: “¿dónde estará ese dedal viejo?”, ellos no se equivocaban, ellos conocían su miedo, ellos veían cómo volvía la cabeza al pasar delante del espejo. Linda sentía siempre que ellos querían algo de ella y sabía que si se abandonaba y se quedaba tranquila, más que tranquila, silenciosa, inmóvil, ocurriría algo seguramente».

Preludio, Katherine Mansfield.

Sobre Mafufadas.

Sobre Mafufadas.

«—¡Dichoso cartero! ¿Qué puede haberle ocurrido? —exclamó Beatrice— Deja estas cosas por ahí, querido.
—¿Dónde las quieres?
Ella Levantó la cabeza y sonriéndome con su modo suave y burlón, dijo:
—Tonto. En cualquier sitio.
Pero sabía que tal lugar no existía para ella, y habría preferido quedarme durante meses sosteniendo la botella de licor y los pasteles, antes que arriesgarme a producir el más ligero sobresalto a su exquisito sentido del orden».

Veneno, Katherine Mansfield.

Demasiada vida.

Demasiada vida.

• PLUMA INVITADA •

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Katherine Mansfield está considerada junto a Chejov y a Maupassant, la gran artífice del cuento moderno.

La molestia de amar la vida.

Nacida en Nueva Zelanda en 1888, en el seno de una familia rica, en una época en que los códigos victorianos de las buenas costumbres hacían de las mujeres obedientes paridoras, aceptar que se quiere otra cosa, que se es otra cosa, atreverse a decir “no”, equivalía a un destierro afectivo y económico brutal.

Katherine Mansfield era esa niña. La niña incómoda de la familia. Demasiado regordeta para hacer feliz a su madre, demasiado rara para ser la muñeca juiciosa y adorable que todo buen padre victoriano exigía. Sus hermanas suplieron a la perfección el papel de niñas buenas mientras a Katherine, de 14 años, la enviaron a estudiar a Queen’s College en Londres. Tres años después consideraron que la misión estaba cumplida y la devolvieron a casa. Estaban completamente equivocados.

Pero ¿cómo podían imaginar que esa hija díscola y de carácter más bien insoportable sería una de las más grandes cuentistas de todos los tiempos? Porque los 73 cuentos que escribió Katherine Mansfield en su brevísima vida, tan poco leídos hoy, se alzan, como los más brillantes ejemplos literarios del género de la narración corta. Su nombre es más o menos reconocido por los buenos lectores, pero no, la verdad es que casi nadie la lee. Sorprendente.

En el barco que la llevaría desde la lejana Wellington a Inglaterra, en mayo de 1908, escribió en su diario, con esa ilusión de los veinte años y la certeza de una vida entera por delante, lo siguiente: “Aquí va un pequeño sumario de lo que necesito: poder, dinero y libertad. Es una doctrina inútil e insípida el que el amor sea lo único que existe en el mundo, pero una que se mete a martillazos en la cabeza de las mujeres, de generación en generación, y que nos estorba cruelmente. Tenemos que zafarnos de esa pesadilla… Así, llegará la oportunidad de felicidad y libertad”.

Pero la felicidad es esquiva cuando se tiene que inventar sin tener modelos. Un año más tarde Katherine Mansfield, con apenas 21 años, ya había tenido varios amoríos, y al saberse embarazada, se casó de repente un día y sin previo aviso con su profesor de canto, lo abandonó la misma noche de bodas. Su madre se enteró del embarazo. Atravesó medio mundo y se la llevó a Alemania. Allí la instaló en una pensión y se marchó de vuelta, sin esperar el parto. No lo hubo: tuvo un aborto espontáneo, se enamoró de un escritor polaco en ciernes que le transmitió gonorrea y después, ya otra vez en Londres, tuvo que ser operada de apendicitis y se le extrajo de paso una trompa de Falopio infectada. Sí, todo esto pasó en un solo año. Y mientras tanto, escribía sus primeros cuentos.

En el caos creativo que era su vida de aquel entones, tocó de nuevo la puerta de su marido relámpago. Él, dócil y todo un caballero, la recibió en su casa, leyó sus cuentos, y le sugirió que los llevara a la revista de literatura y política de moda: New Age. El editor, Orage, decidió publicarlos. Para su mala suerte, entre ellos había una versión libre de un cuento de Chejov (cuya obra había leído en Alemania) y el estigma del plagio —descubierto mucho más tarde— la acompañó mucho tiempo.

Ser una escritora publicada en New Age le abrió las puertas de la bohemia literaria. Eran los tiempos del grupo de Bloomsbury, tiempos de modernidad, de proclamación del amor libre, relaciones lésbicas, de ataques a la asfixiante moral victoriana, tiempos de voces feministas, luchas por el voto y por un espacio digno para las mujeres, pero a Mansfield nunca le interesó la militancia.

Orage, el editor de New Age, y su esposa, se conviertieron en amigos muy cercanos, atraídos por su personalidad magnética y extravagante y por su desordenada inteligencia. Fue por esta época que conoció al que sería el amor de su vida: John Middleton Murry. Él editaba una pequeña revista literaria, Rythm. Mansfield comenzó a publicar también en ella, y acabó viviendo con Murry. Pasaron espantosas penurias económicas, se mudaron de casa tantas veces que es dificil llevar la cuenta, se enfermaron ambos, pasaron una temporada en París pensando que allí la vida sería más barata, y conocieron al joven D.H. Lawrence que acababa de publicar su primera novela. El escritor y su mujer Frieda se volverían íntimos amigos de Mansfield y Murry, y tuvieron una relación intensa y desaforada, con confusos trueques de amantes en los que no todo es claro. Hay quien dice que fue Lawrence quien le transmitió la tuberculosis de la que finalmente Katherine murió, y otros aseguran que Lawrence estaba prendado de Murry. Es muy posible que ambas cosas fueran ciertas. Pero entre tanta niebla, algo bueno sucedió: Mansfield publicó su primer libro de cuentos: En una pensión alemana.

Mansfield tuvo muchos otros amantes. Se fue tras uno de ellos, a Francia, en plena Primera Guerra Mundial. Por supuesto, era prohibido entrar a territorio bélico, pero se las arregló para cruzar la frontera. Una locura típica de su ansioso carácter, que no admitía la idea de futuro.

Esa locura, esa hipersensibilidad, ese arrebatamiento, ese exceso de libertad, su propensión a la mentira y la intensidad, su deseo sexual nunca domesticado, irritaron profundamente a muchos de quienes la conocieron. Les caía mal. Pero tarde o temprano, todos se inclinaron ante su talento, incluida la tremenda snob que era Virginia Woolf. Cuando la conoció, Woolf dijo que “apestaba como un zorrillo”, pero luego no sólo admitió que la quiso a su manera, sino que afirmó que era la única escritora de cuya escritura sentía celos. De hecho, prologó la publicación póstuma de sus Diarios, y en ese prólogo afirma: “Los más notables escritores ingleses de relatos cortos están de acuerdo en admitir que Katherine Mansfield era una narradora fuera de concurso. Nadie la ha superado y ningún crítico ha sido capaz de definir cuál era su especial cualidad”.

¿Qué mágica cualidad tienen los cuentos de Katherine Mansfield para haber despertado tanta admiración? Primero, tenía una desconcertante capacidad de observación de los pequeños — casi invisibles— gestos cotidianos que revelan la humanidad, la condición de sus personajes. Y un magnífico oído para los diálogos aparentemente triviales, pero cargados de un significado que actúa como una peligrosa corriente submarina. Muchos de sus cuentos parecen fotografías borrosas, o más bien cuadros impresionistas. Era como si supiera ver el alma en la superficie de las cosas. Sus niños, por ejemplo, son maravillosos. La cruel frivolidad de los adultos con ellos, su capacidad para atrapar en breves frases toda la melancolía de la infancia, hacen de sus narraciones unas miniaturas delicadas, exquisitas. Todo en Mansfield es leve alusión.

Mansfield no se interesó demasiado por Freud, pero logró ser una agudísima psicóloga. Sus personajes masculinos son estupendos: afables y vanidosos a la vez, solícitos y arrogantes, seguros y frágiles, y muchas veces confundidos. Si existe un escritor que se dio a la tarea de nunca explicar nada, sino de contarlo todo, es ella. Y todo ese oxígeno que le da al lector, esa ambigüedad inquietante, ese temblor en el agua, es parte del encanto de su escritura. En 1920 y 1921 Mansfield publicó otros dos libros de cuentos (Felicidad y La fiesta en el jardín) que le dieron un enorme reconocimiento y la catapultaron a la fama. Pero al año siguiente, tras sufrir muchas recaídas, Mansfield decidió ir a curarse a las afueras de París, a una especie de sanatorio de moda, regido por el “maestro” ruso George Gurdieff. Katherine ya estaba muy enferma cuando llegó, con sus pulmones sangrantes destrozados por la tuberculosis. Simplemente, emocionada por la llegada de Murry a visitarla tras tres meses de estadía en condiciones espartanas, subió a toda prisa por las escaleras una noche y tras desmayarse por el esfuerzo, murió.

Dos años antes de morir, en mayo de 1921, había escrito en su diario: “Es una molestia infernal amar la vida como la amo. Parece que la amo más en vez de amarla menos a medida que pasa el tiempo. Nunca se convierte para mí en un hábito…, siempre me maravilla. Espero ser capaz de permanecer en ella el tiempo suficiente como para escribir algo verdaderamente bueno.” Hubo algo de justicia poética: en su breve, desatada e intensa vida, tuvo tiempo para ello.

Marianne Ponsford.

Shine bright like a diamond.

Shine bright like a diamond.

🅲🅾🅻🅴🅲🅲🅸🅾🅽 🅰🅼🅰🆁🅴🅻🅾

𝕷𝖆 𝖑𝖚𝖟 𝖉𝖊𝖑 𝖆𝖒𝖔𝖗 𝖓𝖔 𝖘𝖊 𝖕𝖚𝖊𝖉𝖊 𝖊𝖝𝖙𝖎𝖓𝖌𝖚𝖎𝖗 𝖉𝖊𝖑 𝖈𝖔𝖗𝖆𝖟ó𝖓 𝖓𝖎 𝖉𝖊𝖑 𝖆𝖑𝖒𝖆, 𝖕𝖔𝖗𝖖𝖚𝖊 𝖑𝖆 𝖑𝖚𝖟 𝖊𝖘 𝖊𝖙𝖊𝖗𝖓𝖆.

«El problema con el “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, es que hay personas que no se quieren ni tantito».

Alfredo Beltrán León. ✒️

Venus en Capricornio ♀️♑

Que se haga la luz… Sparkle, sparkle, sparkle…

Venus: Deseo, Atracción, Atención, todo junto; es la manera en la que vibramos para atraer lo que necesitamos para nuestro aprendizaje, y ahora que está transitando la Casa de Capricornio potencializa nuestro trabajo (a nivel Conciencia y Energía) de una manera extraordinaria; todo nuestro potencial puede ser explotado.

El tránsito de los planetas personales (Mercurio, Venus y Marte) en los meses anteriores nos fue despertando la conciencia, ubicándonos; si fuimos sensibles a esta influencia hemos sido capaces de identificar todo aquello –situaciones, personas, creencias– que no nos gratifica; un momento trascendental, pues a partir de esa identificación de lugares donde no se reconoce nuestro valor, es que podemos avanzar a cubrir nuestras necesidades de manera efectiva.

Y justo ahí llega la pregunta trascendental (y olvídate de los otros): ¿Te has sido infiel a ti mismo?

La pregunta es un tanto retórica y para la reflexión. Aunque los ejemplos siempre vienen bien… Todos conocemos, ya sea de manera cercana o porque nos gustan mucho las comedias románticas, a esta chica atractiva, hermosa, radiante y además exquisitamente alta, que por azares del destino o por decisión concienzuda, se lía o se alía, a un varón de estatura promedio o baja, pero como nuestra civilización y nuestra época están llenas de heteronormas, pues van haciendo mella sobre el resplandor de la chica: “usa tacón bajo” o “no uses tacones muy altos”, “evita piezas que alarguen tu figura” y un largo etcétera, ya sea por programación basura y bombardeo ajeno, o el colmo, porque su pareja se lo pide, la chica de este ejemplo, empieza a ajustar su brillo con tal de estar a la par de su compañero, en algo tan esencial como lo es lo físico (y eso sin meternos en temas de sueldos, preferencias, creencias, terreno emocional). Justo hace unos días acabo de ver un reel, titulado algo así cómo: Si tu novio es más bajito que tu… “Cómo tomarte selfies para no parecer más alta que tu pareja”. Pregunta Suprema: ¿Cómo por qué tendría yo que ajustar lo que soy para estar a la par de alguien más? Mi brillo debería ser suficiente para complementar a la persona que está conmigo, no más (ser lo que no eres), no menos (negar lo que eres), justo lo que eres, ser quien eres… Y el ejemplo lo podemos extrapolar a muchas otras áreas. ¿Cuántas veces hemos antepuesto nuestras necesidades a las de otros, de todo?

La Recomendación Suprema para este Venus catalizador y catártico transitando la casa de la cabra con cola de pez es: No ajustes tu brillo para no opacar a otros, brilla con toda tu intensidad.

Que los brillos ajenos se ajusten como puedan, crecer o no, es una tarea individual, personal, y que requiere el esfuerzo del individuo, no de que otros sean condescendientes o ajusten su brillo, no me vayan a opacar… #paz

Buenos augurios para los signos de fuego (Sagitario, Leo y Aries), esta energía venusina-capricorniana les traerá estabilidad en sus relaciones, si buscan comprometerse es ahora, este halo bendecirá su vínculo; y para mejorar el combo su fortaleza económica se verá robustecida.

Mención especial para nuestros nativos de Capricornio, si la Venus de Botticelli o cualquier otra, está visitando tu casa, imposible que no te vistas de gala, y con eso me refiero a tu encanto y tu sex appeal. Ése será tu glamour de esta temporada. Algo así como en la película Practical Magic, cuando Gillian Owens (Nicole Kidman), después de un larga ausencia regresa al pueblo: “That´s right. I´m back! Hang on to your husbands, girls!”.1 Pues así para ti Capricornio, tan serio, rígido y pragmático como eres, si entras en comunión con esta energía del Lucero de la Mañana, con un agitar de caderas como el de Nicole o una de tus sonrisas, estarás hechizando a más de uno, o unos, o una, o unas o unes…

Entonces el amor propio debe tomar su medida justa. Olvida todo lo que te han enseñado, arma tus propias reglas, la existencia es muy cortita, que el juego de la vida sea tu propio juego. Recuerden hacer conciencia, vibrar, y ahora, brillar con supremacía.

Brilla con toda tu intensidad.

Fredd Biel. 🃏


1Sí, es correcto. ¡He regresado! ¡Agarren a sus maridos, señoras!

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7 placeres capitales.

7 placeres capitales.

«Si las acciones humanas pueden ser nobles, vergonzosas o indiferentes,
lo mismo ocurre con los placeres correspondientes. Hay placeres que derivan de actividades nobles, y otros de vergonzoso origen».
Aristóteles

El placer de hacer.

El placer de hacer.

«Veía a Gianni desesperado por decirme algo que o era muy embarazoso o era muy extraordinario. Entonces ocurrió, sacó del bolsillo una cajetilla de cigarros y dentro de ella extrajo una bolsita de tela.
—¿Quieres? —me preguntó.
—¿Qué cosa?
—Algo que ayuda a oír el jazz…
—Mariguana.
Yo debí saltar en mi asiento, porque me dijo, sonriendo otra vez con su sonrisa sana:
—No te asustes, que no mata.
—No me asusta —Ya la he fumado, mentí.
—¿De veras? ¿Y qué efecto produce?
—A mí me dio mareos y vómitos.
—Pues no has fumado mariguana, porque la mariguana ni da mareos ni vómitos. Es exactamente como la bebida, sólo que no hay despertar malo al día siguiente. ¿De veras que no quieres?
—No —me mantuve ahí.
—Bueno, ¿entonces no te importa que yo la fume?
—No —le dije, muy blasé—. No me importa.
En realidad estaba muerto de miedo.
—Puedes fumarla —le dije.
Lo encendió y comenzó a fumar. Yo no sentía olor ni nada por el estilo. Puede ser que hubiera sido el miedo o la sorpresa, porque insistí, muy ingenuamente, en preguntarle:
—¿Es mariguana de veras?
Me miró. Se sonrió con su sonrisa doblada. Me dijo, simplemente:
—Mi nombre es Gianni, no Zanni.
Zanni, en italiano, quiere decir bufón, cómico, payaso».

-Jazz

Guillermo Cabrera Infante.

El placer de sentir.

El placer de sentir.

«—Me gusta tu pelo —dijo—. —Siempre me ha gustado el pelo muy negro. Me gustan las cosas negras.
Se acercó a mí y me pasó una mano por el pelo. Súbitamente, se agachó y me besó. Besaba rudamente y sentía el alambre apretarse contra mis labios, después contra mis dientes y mi lengua.
La sujeté firmemente por la cintura con un brazo y traté de acariciarle los senos, pero ella me apartó la mano.
Había hablado a través de mis labios y en su voz no había enojo, sólo firmeza. Finalmente, dejó de besarme y se quedó frente a mí, de pie. Antes de que yo comprobara con mi mano si tenía los labios pintados, sentí un golpe chasqueante en mi cara y un calor me sofocó la cabeza. Cuando me di cuenta que me abofeteaba, ya lo había hecho dos o tres veces. Tenía ambas mejillas ardiendo y una lágrima saltó de mi ojo derecho».

-Un nido de gorriones en un toldo

Guillermo Cabrera Infante.

El placer de ser.

El placer de ser.

Había entrado en el convento por imposición de la familia: querían verla amparada en el seno de Dios. Obedeció.
Pero empezó a cansarse de vivir sólo entre mujeres. Mujeres, mujeres, mujeres. Escogió a una amiga como confidente. Le dijo que no aguantaba más. La amiga le aconsejó: —Mortifica el cuerpo.
Comenzó a dormir en la losa fría. Y se fustigaba con el cilicio. De nada servía. Le daban fuertes gripes, quedaba toda arañada. Un día, a la hora del almuerzo, empezó a llorar. No le explicó la razón a nadie. Ni ella sabía por qué lloraba. Y de ahí en adelante vivía llorando. A pesar de comer poco, engordaba. Y tenía ojeras moradas. Su voz, cuando cantaba en la iglesia, era de contralto.
Se confesó con el padre. Él le mandó que siguiera mortificándose. Ella continuó.
Hasta que le dijo al padre en el confesionario:
—¡No aguanto más, juro que ya no aguanto más! Él le dijo meditativo: —Es mejor no casarse. Pero es mejor casarse que arder.

-Mejor que arder

Clarice Lispector.