El precio del placer.

El precio del placer.

«Durante la comida sin gracia, Aránzuru miraba sol y llovizna en la ventana, oyéndola masticar. Luego supo que no estaba equivocado. Un rápido amor en el borde de la cama. Después la mirada, los ojos sin amparo antes de la súplica húmeda:
—Quiero ir a Ibiza, tengo que ir. Y no tengo dinero. Ay, amor, si pudieras ayudarme.
—¿Ibiza? —preguntó él sabiendo que trampeaba—. Ibiza. Vamos juntos.
—Es que yo… La verdad, tengo un compromiso.
Aránzuru dejó la cama, tanto semen perdido, y fue a sentarse al escritorio.
Desnudos los dos, casi ridículos. Ella empezó a vestirse.
—Siempre fuiste una puta y estuve loco por ti, porque nunca tropecé con una puta tan puta. Dime cuánto quieres o quiere tu nuevo macho. Te hago el cheque».

-Maldita primavera

Juan Carlos Onneti.

Congraciar.

Congraciar.

«Entramos y encendí la luz. Y vio, vimos, en medio de la gran cama, con su colcha blanca de señorita, un gato negro, grande, gordo. Un gato que yo veía por primera vez y que parecía acostumbrado a ronronear allí. Con las patas dobladas bajo el pecho nos miró con ojos curiosos y volvió a cerrarlos. Hasta hoy no sé cómo pudo haber entrado. Sospecho, apenas. Me adelante para acariciarle el lomo y la garganta y entonces ella explotó. Que echara el gato inmundo, que iba a llenar la cama de pulgas. A gritos y pateando el suelo. Le dije que me había hecho feliz encontrar por sorpresa que alguien nos daba la bienvenida. Ella me trató de estúpido y golpeó las manos hasta que el gato corrió hacia la puerta y la sombra del pasillo».

-El gato

Juan Carlos Onneti.

Minientrada

Prueba testifical.

• MINIFICCIÓN •

Eso

Mario Benedetti

Al preso lo interrogaban tres veces por semana para averiguar «quién le había enseñado eso». Él siempre respondía con un digno silencio y entonces el teniente de turno arrimaba a sus testículos la horrenda picana.
Un día el preso tuvo la súbita inspiración de contestar: «Marx. Sí, ahora lo recuerdo, fue Marx.» El teniente, asombrado pero alerta, atinó a preguntar: «Ajá. Y a ese Marx ¿quién se lo enseñó?». El preso, ya en disposición de hacer concesiones, agregó: «No estoy seguro, pero creo que fue Hegel.»
El teniente sonrió, satisfecho, y el preso, tal vez por deformación profesional, alcanzó a pensar: «Ojalá que el viejo no se haya movido de Alemania».

fantástico bajel.

fantástico bajel.

«Por los lentos ríos amazónicos navega un barco fantasma, en misteriosos tratos con la sombra, pues siempre se lo ha encontrado de noche. Está extrañamente iluminado por luces rojas, tal si en su interior hubiese un incendio. Está extrañamente equipado de mesas que son en realidad enormes tortugas, de hamacas que son grandes anacondas, de bateles que son caimanes gigantescos. Sus tripulantes son bufeos vueltos hombres. A tales peces obesos, llamados también delfines, nadie los pesca y menos los come. En Europa, el delfín es plato de reyes. En la selva amazónica, se los puede ver nadar en fila, por decenas, en ríos y lagunas, apareciendo y desapareciendo uno tras otro, tan rítmica como plácidamente, junto a las canoas de los pescadores. Ninguno osaría arponear a un bufeo, porque es pez mágico. De noche vuélvese hombre y en la ciudad de Iquitos ha concurrido alguna vez a los bailes, requebrando y enamorando a las hermosas».

-El barco fantasma

Ciro Alegría.

Peligrosa melodía.

Peligrosa melodía.

«Para los indios cocamas, la ‘madre’ de la lupuna, el ser que habita dicho árbol, es una mujer blanca, rubia y singularmente hermosa. En las noches de luna, ella sube por el corazón del árbol hasta lo alto de la copa, sale a dejarse iluminar por la luz esplendente y canta. Sobre el océano vegetal que forman las copas de los árboles, la hermosa derrama su voz clara y alta, singularmente melodiosa, llenando la solemne amplitud de la selva. Los hombres y los animales que la escuchan, quedan como hechizados. El mismo bosque puede aquietar sus ramas para oírla».

-La sirena del bosque

Ciro Alegría.

Rastro sinuoso.

Rastro sinuoso.

«Perro echó a correr hacia el monte, con la cola gacha, como perseguido por la tralla del mayoral, contrariando su propio sentido de la orientación. Perro olía a hembra. Su hocico seguía una estela sinuosa que a veces volvía sobre sí misma, abandonaba el sendero, se intensificaba en las espinas de un aromo, se perdía en las hojas demasiado agriadas por la fermentación, y renacía, con inesperada fuerza, sobre un poco de tierra recién barrida por una cola. De pronto, Perro se desvió de la pista invisible, del hilo que se torcía y destorcía, para arrojarse sobre un hurón. Con dos sacudidas que sonaron a castañuela en un guante, le quebró la columna vertebral, arrojándolo contra un tronco. Perro se detuvo de súbito, dejando una pata en suspenso. Unos ladridos, muy lejanos, descendían de la montaña».

-Los fugitivos

Alejo Carpentier.

Monolitos.

Monolitos.

«Enemigos o no, los pueblos respetaban al anciano Amaliwak por su sapiencia, su entendimiento de todo y su buen consejo, los años vividos en este mundo, su poder de haber alzado, allá arriba en la cresta de aquella montaña, tres monolitos de piedra que todos, cuando tronaba, llamaban los Tambores de Amaliwak. No era Amaliwak un dios cabal; pero era un hombre que sabía; que sabía de muchas cosas cuyo conocimiento era negado al común de los mortales: que acaso dialogara, alguna vez, con la Gran-Serpiente-Generadora, que, acostada sobre los montes, había engendrado los dioses terribles que rigen el destino de los hombres, dándoles el Bien con el hermoso pico del tucán, semejante al Arco Iris, y el Mal, con la serpiente coral, cuya cabeza diminuta y fina ocultaba el más terrible de los venenos».

-Los advertidos

Alejo Carpentier.

Hola, Dios…

Hola, Dios…

«Entonces ocurrió el gran milagro: una luz purísima se hizo en torno del ascensor; una fuerza desconocida movió la jaula maltrecha, que empezó a subir lentamente, ante los brazos petrificados de los asaltantes. El ascensor abandonó el hall, mientras los hombres se replegaban hacia la entrada, llenos de un inexplicable temor. El ascensor subía, subía, cada vez más luminoso, cada vez más ligero… 40… 41… 55… 56… 50… Domenico no sufría. Una sensación de desgano invadía sus miembros. Mil lámparas de arco giraban ante sus ojos. Una orquesta de saxofones barítonos cantaba el arcaico aleluya. Los guijarros que lo habían derribado se habían vuelto frascos de perfumes a la moda… 64… 65… Al llegar a lo alto del edificio, el techo se abrió silenciosamente, y el ascensor se elevó majestuosamente en el cielo clarísimo, llevado por cuatro ángeles de alas largas, vestidos con camisas de seda y pantalones de franela crema».

-El milagro del ascensor.

Alejo Carpentier.

Faena canina.

Faena canina.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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Embeleco

Pedrito salió esa mañana en dirección a la escuela. Todos los días pasaba por aquella casona custodiada por un imponente doberman de ojos vivaces y firmes orejas. De lejos, miraba como el can lo seguía con la mirada, sin perderlo ni un instante hasta que inevitablemente, desaparecía al doblar la esquina. Todos los días, Pedro repetía la misma faena, cada día más cerca del enorme zaguán, como con la intención de finalmente, familiarizar con el animal.
Pronto, aunque con temor aún, el muy párvulo estaba ya frente al mamífero aquel, quien apresurado, olfateaba el rededor.
Pedro sonrió, estiró la mano, pero salió corriendo. El perro, sin embargo, se quedó ahí sin moverse, fijando la mirada en la criatura que no paraba de correr. Al día siguiente, Pedrito repitió la acción, ésta vez, sin correr. El doberman no hiso nada, ni siquiera pareció olfatear; se quedó echado muy cerca, pero alerta. Pedro por fin le acarició la cabeza y sonrió satisfecho. La escena se repitió por varios días hasta que, luego de muchas intentonas, ambos ganaran confianza. Pedro ya consideraba a aquel animal su nuevo «mejor amigo». Un día se dió cuenta que aquel enorme zaguán nunca estaba cerrado; empujó con fuerza y se coló por una orilla.
Sonreía emocionado, mientras el perro se mantenía alerta y en igual emoción. Jugaron, corrieron alrededor del patio hasta que Pedro cayó rendido, no podía dar un paso más; nunca había corrido tanto. Ese día era muy noche ya.
En desesperacion, la madre de Pedro describe su ropa y señas particulares a un oficial de policia. Hace 2 días que llora su desaparición.
En tanto «Butcher», lenguetea sus afilados colmillos y limpia grácilmente sus bigotes luego de zanjar el embrollo. Da la vuelta y avanza rechoncho alrededor del patio hasta el zaguán. Listo y atento, para una nueva cría.

Marco de Mendoza.

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Vástagos lumen.

Vástagos lumen.

«Las familias numerosas pueden satisfacer todas sus demandas de electricidad instalando un Baby H.P. en cada uno de sus vástagos, y hasta realizar un pequeño y lucrativo negocio, trasmitiendo a los vecinos un poco de la energía sobrante. En los grandes edificios de departamentos pueden suplirse satisfactoriamente las fallas del servicio público, enlazando todos los depósitos familiares.
El Baby H.P. no causa ningún trastorno físico ni psíquico en los niños, porque no cohíbe ni trastorna sus movimientos. Por el contrario, algunos médicos opinan que contribuye al desarrollo armonioso de su cuerpo».

-Baby H.P.

Juan José Arreola.