Rapaz.

Rapaz.

«Y entonces se aproximó por detrás a una de esas formas rampantes, y después, con un ágil movimiento, se le sentó a horcajadas. El hombre se desplomó sobre el pecho, recuperó el equilibrio, furiosamente, hizo caer redondo al niño como hubiera podido hacerlo un potrillo salvaje y después volvió hacia él un rostro al que le faltaba la mandíbula inferior; de los dientes superiores a la garganta, se abría un gran hueco rojo franjeado de pedazos de carne colgante y de esquirlas de hueso. La saliente monstruosa de la nariz, la falta de mentón, los ojos montaraces, daban al herido el aspecto de un gran pájaro rapaz con el cuello y el pecho enrojecidos por la sangre de su presa. El hombre se incorporó sobre las rodillas. El niño se puso de pie. El hombre lo amenazó con el puño. El niño, por fin aterrorizado, corrió hasta un árbol próximo, se guareció detrás del tronco, y después encaró la situación con mayor seriedad. Y la siniestra multitud continuaba arrastrándose, lenta, dolorosa, en una lúgubre pantomima, bajando la pendiente como un hormigueo de escarabajos negros, sin hacer jamás el menor ruido, en un silencio profundo, absoluto».

-Chickamauga

Ambrose Bierce.

Bestia.

Bestia.

«Debió de ocurrir todo en unos pocos segundos, durante los cuales Morgan adoptó todas las posturas posibles del obstinado luchador que es derrotado por un peso y una fuerza superiores. Yo sólo le veía a él y no siempre con claridad. Durante el incidente soltaba gritos y profería maldiciones acompañadas de unos rugidos furiosos como nunca antes había oído salir de la garganta de un hombre o de una bestia. Permanecí en pie por un momento sin saber qué hacer, hasta que decidí tirar la escopeta y correr en ayuda de mi amigo. Creí que estaba sufriendo un ataque o una especie de colapso. Antes de llegar a su lado, le vi caer y quedar inerte. Los ruidos habían cesado, pero volví a ver, con un sentimiento de terror como jamás había experimentado. Sólo cuando hube alcanzado los primeros árboles, aparté la vista de aquel insólito fenómeno y miré a mi compañero. Estaba muerto».

-El engendro maldito

Ambrose Bierce.

¿Quiénes somos?

¿Quiénes somos?

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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Demonios

[…] Alonso bajo las cortinas con fuerza y cierta molestia. La luz intensa de fuera, irradió la habitación en que Luzmaría había estado recluida por días. Sus ojos sintieron la presión de esa luz, su piel el calor y su sangre comenzó a hervir.

—Ya no estarás más aquí —dijo Alonso con un tono enérgico— ¡Basta de contemplaciones!

Luz, que aún no lograba abrir bien los ojos, se limitó a meter la cabeza bajo la almohada y respirar peligrosamente.

—No vas a chantajearme con tus molestias María

—¿Alguna vez has sentido que el cuerpo te arde, que la sangre dentro de ti se vuelve lava ardiente y te quema, te quema tanto que pareces un volcán a punto de explotar?

No, lo dudo, Alonso. ¿Y sabes por qué lo dudo?

Porque cuando uno se quema por dentro y no hay nadie que sacie esa locura, uno preferiría arder, arder por siempre y quemar todo consigo. Y tú no lo entiendes, tú solo quieres que me levante, que salga de esta habitación y que allá afuera, queme a todos con mi fuego maldito, como un monstruo. Tú quieres que sea el monstruo que tú no te atreves a ser. Y eso, te convierte en más demonio que a mí […]

Marco de Mendoza

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Sensibilidad bestial.

Sensibilidad bestial.

°CITARTE°

«Por qué se vanagloria el hombre de una sensibilidad superior a la de las bestias?

Esto tan solo nos convierte en seres mas dependientes. Si nuestros impulsos se limitaran al hambre, la sed y el deseo, podríamos ser prácticamente libres. pero nos conmovemos por el viento que sopla, una palabra cualquiera o la imagen que esa palabra despierte».

* Frankenstein o el moderno Prometeo / Mary Shelley *

📚🔖

Escudriñar.

Escudriñar.

• MINIFICCIÓN •

En Rusia.

Cecil B. Demille

Se nos dijo que más allá, en el seno de las montañas, en un lugar conocido como Valle de Svanetia, residía una tribu, descendiente de una hueste de cruzados extraviados, que aún usaban corazas y armas con inscripciones en latín. Aquella gente hablaba una lengua que no comprendía nadie más que ellos, y practicaba una religión mixta de paganismo, cristianismo e islamismo.

¡Qué delicia la gente pensante!

¡Qué delicia la gente pensante!

«Y Filipp tuvo un sueño. Vio cómo todo había cambiado: la tierra era la misma, las casas las mismas, el portón el mismo y, sin embargo, la gente completamente distinta. ¡Todos eran muy sabios! No había ningún tonto, y por las calles andaban franceses y más franceses. Hasta el propio acudir reflexionaba de este modo: “Debo confesar que no me siento nada satisfecho del clima. Voy a consultar el termómetro”. Mientras esto decía sostenía un grueso libro entre las manos».

Un portero inteligente, Antón Chéjov.

¡No se puede poseer la belleza!

¡No se puede poseer la belleza!

«Era una belleza de mariposa a la cual tan bien le queda el vals, el revoloteo por el jardín, la risa, la alegría, y la que no concuerda con una idea seria, ni con la tristeza, ni con la paz; y bastaría, al parecer, que un fuerte viento corriera por el andén o que cayera una lluvia para que el frágil cuerpo se marchitara de golpe y su caprichosa belleza se expulsara como el polvillo de las flores».

Las bellas, Antón Chéjov.

¡Cómo si fuera Lotería Mexicana!

¡Cómo si fuera Lotería Mexicana!

«Todos, a excepción de Sonia y Aliocha, cantan los números por turno. Cómodo éstos se repiten con frecuencia, los hay que llevan apodos: así, el siete se nombra ‘el gancho’; el once, ‘los patitos’; el noventa, ‘el abuelo’, etcétera. El juego sigue con viveza.
—¡El treinta y dos! —exclama Gricha, metiendo la mano en el sombrero de su padre, donde están los pequeños cilindros amarillos—. ¡Dieciocho!… ¡El gancho! ¡El veintiocho!».

Entre chiquillos, Antón Chéjov.