Dime la verdad.

Dime la verdad.

«A veces ella llora cuando está junto a él y le dice que lo que teme, que lo que más teme, es que esa historia de amor no acabe, que se interrumpa cuando él se marche, si es que algún día se marcha, y no se acabe como debería acabarse, cuando los dos mueran y con ellos muera su memoria de lo que hicieron y de lo que amaron».

La cosecha.

Patricio Pron.

Juegan con mi voluntad.

Juegan con mi voluntad.

«Una vez le habías dicho, cuando aún eras un niño: «¿No crees que debería haber una escuela para quienes son como yo?». «¿Quiénes?» preguntó ella, y tú respondiste: «Los desesperados, los aburridos, los que están enfermos, los que no tienen nada, los que no son comprendidos»».

Tu madre bajo la nevada sin mirar atrás.

Patricio Pron.

Lugares intangibles.

Lugares intangibles.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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«Los colores sirven para distinguir las cosas sin tener que tocarlas».

La noche ajena, Enrique Serna.

La inspiración puede ser muchas cosas, menos constante. Las más de las veces, cuando acudimos a ella, nos evade, y entonces recurrimos a herramientas, rituales o lugares para tomar un soplo que nos conecte con la fuente de la creatividad, cualquier cosa con tal de escapar a la sequedad y el letargo que produce.

Los lugares para inspirarse pueden ser tan variados como los productos de la inspiración; los hay físicos, reales o intangibles, y sus posibles combinaciones. Un lugar real e intangible para inspirarse puede ser un espacio en la red, que es a donde quiero llegar. Hace algún tiempo encontré un lugar al que acudí frecuentemente en busca de inspiración, y llegaremos ahí.

Claro que el lugar embona o no embona con el que busca inspiración, es decir, no a todos nos inspira lo mismo. Yo descubrí que, desde siempre, he sido adepto al color; de mis sentidos, puedo decir que la vista es el que más me socorre a la hora de inspirarme, y más que la forma, el espacio y todas las cualidades que se pueden percibir con este sentido, es el color la que más me satisface. Todos, me encantan todos los colores, no podría prescindir de ninguno, es más me encantaría poder ampliar el espectro y ser capaz de ver más de ellos… Imaginen un espacio en blanco y en el centro una cigarra perfecta pintada de Amarillo Omega, el de los m&m’s, sorban un soplo. Nada deja volar tanto la imaginación como un color malpuesto. Así me atraen los colores sólidos y estridentes, los que parece que han de sobrevivirlo todo: rojo, azul, amarillo, morado, verde, naranja; mi santo grial sería encontrar un mundo con más color, las cosas pintadas del más inusual de los colores, un mundo que responda sólo al color, justo mis mundos germinan así…

Comparto un espacio que me ha inspirado y que me ha hecho expandir mis horizontes:

https://instagram.com/ayellowmark

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• CAMARITA, ¿ESTÁS AHÍ? •

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Minientrada

El perifoneo de nuestra gran ciudad.

• PLUMA INVITADA •

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Los sonidos de hoy.

Con la prensa, el advenimiento del Internet y sus consecuencias, podríamos pensar que el pregón está agonizando, pero sólo ha cambiado sus códigos, adaptándose para seguir existiendo: el claqueo rítmico del caballo, burro o mulita famélicos que jalaban un pequeño remolque retacado de colchones viejos y dos ropavejeros, ha sido sustituido –no totalmente– por una camioneta con una bocina que repite una grabación que, más que pregón, parece un lamento fúnebre: «Se compran colchones, tambores, refrigeradores, estufas, lavadoras, microondas o algo de fierro viejo que vendaaaaa…».

Si bien ya no escuchamos al tortero que en su bicicleta anuncia su mercancía: «Hay tortas, tortitas; qué sabrosas son las tortas», como lo representó Buñuel en Los Olvidados (1950), hoy todavía rueda el triciclo que con una voz aguda y nasal anuncia a través de una bocina: «Hay tamales oaxaqueños, tamales calientitos; pida sus ricos tamales oaxaqueños. Acérquese y pida sus ricos ramales oaxaqueños…», al infinito.

El «indio con las tentadoras canastas de frutas», como escribió Salvador Novo en sus crónicas, dio paso a la camioneta en la que, con el mismo recurso de la bocina, una mujer va improvisando: «Naranja dulce, naranja fresca…». El potente silbato que produce el vapor del carrito camotero anuncia la vendimia de plátanos y camotes; la bocina del automóvil antiguo, el pan dulce, y el taciturno silbato que recuerda la llegada del tren que sólo escuchan los habitantes de las colonias del norte de la ciudad y un poco las del centro cuando todo está callado.

Así, un sábado y desde nuestra cama podemos escuchar «el gaaas» a todo pulmón; de vez en vez –y con menos frecuencia– al afilador que recorre con su boca sopladora las notas más graves y las más altas de una flauta de pan para que cuchillos y tijeras sean afilados. Y a propósito de flautas de pan, cómo olvidar al organillero que pide dinero a los transeúntes a cambio de hacer su gran caja musical.

Nina Paz y Soto.

Bravata.

Bravata.

• MINIFICCIÓN •

IMPACIENCIA

FERNANDO MORANTE

Era nuestro sueño, estar siempre juntos. No separarnos jamás. Sin embargo he de decirte que desde que paso aquello, tu actitud me disgusta. La veo del todo inconveniente y algo indecorosa. Sin ir más lejos, la semana pasada rompiste los frenos de mi coche, hace dos días echaste lejía en mi botella de agua y hoy has aflojado los tornillos de la barandilla del balcón. Es cierto, te prometí estar siempre juntos, pero yo no tengo la culpa de que tú fallecieras primero. No seas impaciente.

Psique vaivén.

Psique vaivén.

«No pinto lo que veo, sino lo que vi.»

Edvard Munch
1863-1944

Melancolía
1894-96
Edvard Munch
«Sin Miedo y la enfermedad, nunca podría haber logrado todo lo que tengo.»
Ansiedad
1894
Edvard Munch
“Me hallaba al borde de la locura. No faltó mucho.»
Desesperación
(El grito)
1893
Edvard Munch
«A menudo me despertaba en la noche y miraba ampliamente la sala, ¿estoy en el infierno?»
Desperado.

Desperado.

«—A ver: ¡Trabajo! ¡Trabajo! ¿Pero qué ofrece usted a cambio?
El hombre suplicante era todo ojos.
¡Mi tiempo! ¡El sudor de mi frente!
—No es suficiente, eso lo ofrecen todos… a ver qué más ofrece.
El hombre en busca de trabajo temblaba como un pequeño pájaro en medio de la nieve, pero sacó fuerzas de su necesidad y adoptando un gesto de dignidad, respondió:
—Tengo dos pulmones, puedo ofrecer uno a quien me dé trabajo.
—Bueno… eso ya es otra cosa… a ver, estudiaremos su caso… ahora a esperar la carta, la recibirá en breve, y apártese que hay mucha gente a la que debo atender. ¡Que pase el siguiente!
Este tipo de cosas hizo que las oficinas de empleo pronto se convirtieran en un lugar insalubre. Densas nubes de moscardones merodeaban constantemente entre las bolsas en las que se guardaban visceras, ojos, piernas… de todos aquellos que buscaban trabajo».

-Oficina de empleo
Julia Otxoa.

Jindama.

Jindama.

«Cuando mi corazón dejo de martillear, me dije con firmeza que no había de qué asustarse.
Volvieron a llamar a la puerta, atravesé la habitación con firmes zancadas y la abrí.
Envuelto por el resplandor del crepúsculo, un hombre alto me miraba con aspecto malvado y un destornillador en la mano. No soy un hombre valiente. Me di la vuelta, grité y salí corriendo.
Meterme corriendo a la casa era la mayor estupidez, porque la única salida de aquella tumba subterránea, era la puerta principal.
Cerré de un portazo la puerta de la cocina y me apoyé contra ella. Todavía gritando. Luego mi mente sembrada de pánico reparó en que me encontraba bajo la luz del sol que provenía de la claraboya tubular.
De un pronto me aleje de la puerta y salte sobre una silla, me lancé a la claraboya y comencé a trepar hacía la salida. Me sentí vagamente esperanzado. Empecé a pedir ayuda a gritos. Debajo de mi, el hombre del destornillador gritaba.
Y luego vino la guinda al horror. Dos manos me agarraron los tobillos y empezaron a tirar de ellos. Estaba perfectamente atascado y no era fácil moverme, pero descendía poco a poco. Apreté las paredes de la claraboya con los codos y seguí gritando.
No era un hombre feliz. La tan temida resignación emergió en mí y dejé de pelear. Esperé a que me atravezara con el destornillador…
—Qué coño está pasando? —empezó Bucko, y luego, tras recordar que estaba fuera de toda duda la existencia de conductas extrañas en Coober Pedy, renunció a esperar una respuesta.
Señaló al hombre del destornilador —Este es Bob (dijo Bucko). Ha venido a arreglar el calentador».

-Muerte blanca
Kenneth Cook.

Rabiar.

Rabiar.

«Lina sueña con amaneceres verdes y noches estrelladas. Pero, a las ocho de la mañana, a las ocho en punto, el viejo del segundo piso comienza a lanzar, desde su ventana, colillas encendidas y exabruptos. A esta hora se oye el gato desperezarse con un agónico maullar y en la cocina empieza el trajín de cacerolas y pucheros.
Por eso, hoy, después de que Paco se fuera al trabajo, cinco minutos antes de las ocho de la mañana, cinco minutos antes de caer la primera colilla encendida en ese pequeño patio estrecho y sombrío, Lina desconectó la cuarteada goma naranja de la cocina y ha arrastrado, ella que es tan poquita cosa, el tanque de gas hasta la oscura chimenea, después ha abierto la espita para que salga el gas y por fin, abrazando a la nena contra su pecho, corre por la calle sin mirar atrás».

-El patio.
Concha Ballinas.