Aciagos malditos.

Aciagos malditos.

«Nuestra escuela era pobre, como el pueblo, como nosotros, como la señorita Marta Amaya que allí había llegado, nombrada por el gobernador, hacía dos años, sola, con su sombrero de paja, su falda de tela clara y su maleta de cuero que podía abrirse como un fuelle. Era realmente bonita la señorita Marta. Y a mí siempre me pareció buena. Y ahora, ahora la señorita Marta estaba como muerta, pero no estaba muerta, entre su cama, con la blusa desgarrada y los senos al aire y la falda tirada sobre el piso, y una de las piernas colgando, como un péndulo, del borde del lecho. No debía estar muerta, a pesar de que tenía los ojos cerrados, porque yo veía cómo ondulaba y ondulaba ese pecho desnudo».

-Lección de domingo

Hernando Téllez.

Para sabores, los colores.

Para sabores, los colores.

«Rosario era en cierta manera, implacable. A los 17 años hubiera querido ser ya esposa, madre y probablemente viuda. Llevaba, en lo profundo de su ser, una tremenda urgencia vital. Del colegio donde estudiaba fue preciso extraerla discretamente, pretextando un inaplazable viaje de sus padres a otras provincias del país, para evitar así toda suerte de escándalo: la habían sorprendido besándose apasionadamente con una profesora, cuyas sospechosas costumbres llenaban la crónica secreta del establecimiento. Además, entre los efectos personales de Rosario, la inquisitiva inspección de las directoras encontró cándidos pero ardientes billetes de amor, provenientes de otros sectores femeninos del colegio».

-Rosario dijo que sí

Hernando Téllez.

Minientrada

Siempre por ti, mujer.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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Mujer

Como viento fresco, como suave brisa que acaricia. Piel porcelana. Así mujer, mueves vida y consuelas miradas.
Del cielo al infinito, murmullo celeste acompasado, tenue y cálido.
Brillas como un trueno, y así mismo clamas, poderoso estruendo. Eres todo, quiero que seas todo.
La vida es tuya porque la das, porque eres reina y potentada. Porque te pertenecemos, mujer.
Posees gloria, eres la gloria. Por cada rincón y por cada brillo anidas dicha, contagias. Con una caricia conviertes lava en suave manto, como si de tus manos emergiera poder bendito.
¿Quién eres mujer y quién soy yo para poder siquiera amarte?
Dime, mujer, si te meresco acaso; si tu sabía de amor es lo que pretexto para soñar, para vivir.
Gracia prudente que envuelve paz, como mar en calma, como dicha constante.
Brilla mujer, y en tu brillo eterno quiero contigo ser.

Marco de Mendoza

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Monólogo Retorcido.

Monólogo Retorcido.

«Escribo para distraer mi atención de la espeluznante realidad. Trato de esforzarme en las palabras que elijo, en el estilo de la narración, en su correcta puntuación. En cualquier detalle con el fin de mantener mi mente ocupada en alguna actividad creativa alejada de la rutina diaria».

Desayuno conmigo mismo.

Salvador de la Puente González.

Importante e Impotente.

Importante e Impotente.

«Había aprendido a querer su trabajo, corrigiendo y editando las novelas de otros. Publicando ajeno, se decía. Con los años le había llegado esa serenidad. La de haber descubierto que su creatividad no daba para otra novela y su ambición, menos aún para aguantar la golpiza permanente de los críticos sabatinos. Renunció, pero sin pena. Casi con alivio».

Cita ciegas.

Pedro Ángel Palou.

Sin excusas.

Sin excusas.

«La excusa que se dio a sí mismo para probarlo fue lastimosamente tópica. Algo así como que, llegado a cierto punto, todo creador necesita desarrollar sus facultades parapsicológicas si quiere ir aún más allá. ¡Qué grandes performances habría creado si pudiera leer la mente del público! La retroalimentación perfecta, el bucle divino…»

El performance de la muerte.

José Miguel Sanchez Gomez.