Causa y efecto.

Causa y efecto.

• MINIFICCIÓN •

Hilos

Adrián Pérez

Se ovilla sobre las baldosas frías y comienza a temblar. Cuando abre los ojos se da cuenta de que su mano ya no cuenta dedos, sino una maraña deforme y roja que poco a poco va carcomiendo el brazo, la clavicula, la columna, el coxis. Todo él se desmorona. Lejos de allí, en un lugar remoto, alguien a empezado a tirar el hilo.

Acoplamientos.

Acoplamientos.

«La crueldad cómica empezó a fundirse en la sombra real de la carne: —¿No vas a hablar, Lupe? Por eso me gustas. Sabes para lo que sirves. ¿Te das cuenta que nunca has pronunciado una sola palabra desde que te conocí y te invité al cuarto y me seguiste sin decir nada? ¡Que idioteces dirás, Lupe, que tu inteligencia te vulevw muda! Así, así, cuero divino, pedazo de piel nerviosa, ¡qué ojos más brillantes tienes!, diosa de piedra blanda, ideal, nunca me distraigas nunca me estorbes…
El brillo lejano y sonriente de los ojos se reunió al fin con un mal oculto que la falsa crueldad exterior impedía ver: —Crei que eras reteinocente. Todos dicen que eres medio boba. —Claro que soy inocente, Alejandro. ¿Hay algo más corrupto que la inocencia?»

-Fortuna lo ha querido

Carlos Fuentes.

Dos por uno.

Dos por uno.

«Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo que hacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Este no dijo nada, pero a la mañama siguiente se habia suicidado».

-El otro Yo

Mario Benedetti.

Juego maestro.

Juego maestro.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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Cómplices

Camino trémulo; pensando, considerando si acaso volver o mejor huir. La obscuridad de la madrugada nubla mi vista, mi raciocinio incluso. Las manos llenas de sangre gotean el piso azulejado, lo tiñen, y yo en desconcierto no decido qué hacer. Se escuchan voces, voces que no distingo, ni quiero. A lo lejos, una luz escapa entre los árboles, el viento alterado se lo permite. ¿Es acaso un atisbo de que la naturaleza reclama mis actos? Mis manos frías me recuerdan que llevo la sangre inocente embarrada como claro ejemplo de esta conjugación entre mi padre y yo. Ambos somos culpables y el sol que intentará asomarse en unas horas será testigo de cada gota derramada. El cuchillo cruel y desafiante membró sus vidas, y peor aún, fui yo con ahínco, quien blandio el arma bajo sus cuellos palpitantes.
Pero es tarde ya. Se ha consumado. El padre me ha ordenado seguir y yo, casi como un fiel palurdo, he obedecido. El sol ya viene, no hay tiempo a reclamos, miedos, ni arrepentimientos; debo seguir. Miro a mi padre quién ya se lava las manos. ¡Pilatos estaría orgulloso, padre! Pues lo hace con enjundia y garbo, casi como un galeno apresto al bisturí. Yo en cambio, aún tiemblo un poco, de miedo, de arrepentimiento, de no sé qué, pero tiemblo.
Las voces están cerca, se oye la turba. ¡Vienen aquí!, ¡lo saben!, ¡saben lo que hemos hecho! Mi padre grita que limpie, que limpie todo ya, que la gente estará aquí pronto y debe encontrar todo limpio, inmaculado; sin rastro de nuestra faena. Miro pasmado pero acudo a la orden. Mi corazón entra en paro o eso creo sentir. Lavo mis manos una y otra y otra vez. No sé cuántas, hasta que mi piel queda añejada por la lejía y el agua. El sol se asoma y de pronto, se oye un grito «¡Don Juan!» Es mi padre a quien llaman, ese grito es para él, quizá no saben que estoy yo aquí, puedo huir o quedarme. Pero al fin he sido cómplice, y valeroso debo enfrentar como me enseño mi padre. Mamá sale desde el fondo y me alivio, ¡ella nos salvará, siempre nos salva! Sigue de largo y saluda a papá. Son cómplices sin duda. No hay nada que hacer. Me deshago del mandil ensangrentado que llevo puesto y una vez que quiero correr, la luz que entra por la doble puerta me ciega, es tarde ya, muy tarde. Papá ha abierto la pollería y debemos atender. La venta de pollo fresco, nunca es un negocio fácil.

Marco de Mendoza

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Esperanza y candor.

Esperanza y candor.

• MINIFICCIÓN •

Idilio

Mario Benedetti

La noche en que colocan a Osvaldo (tres años recién cumplidos) por primera vez frente a un televisor (se exhibe un drama británico de hondas resonancias), queda hipnotizado, la boca entreabierta, los ojos redondos de estupor.
La madre lo ve tan entregado al sortilegio de las imágenes que se va tranquilamente a la cocina. Allí, mientras friega ollas y sartenes, se olvida del niño. Horas más tarde se acuerda, pero piensa: «Se habrá dormido.» Se seca las manos y va a buscarlo al living.
La pantalla está vacía, pero Osvaldo se mantiene en la misma postura y con igual mirada extática.
«Vamos. A dormir», conmina la madre.
«No», dice Osvaldo con determinación.
«Ah, no. ¿Se puede saber por qué?»
«Estoy esperando.»
«¿A quién?»
«A ella.»
Y señaló el televisor.
«Ah. ¿Quién es ella?»
«Ella.»
Y Osvaldo vuelve a señalar la pantalla. Luego sonríe, candoroso, esperanzado, exultante.
«Me dijo: querido.»

Por mis huevos.

Por mis huevos.

«—¡Mamá, mamá, no mates a la gallina, ha puesto un huevo!, ¡ella quiere nuestro bien!Todos corrieron de nuevo a la cocina y enmudecidos rodearon a la joven parturienta. Entibiando a su hijo, no estaba ni suave ni arisca, ni alegre ni triste, no era nada, solamente una gallina. Lo que no sugería ningún sentimiento especial. El padre, la madre, la hija, hacía ya bastante tiempo que la miraban, sin experimentar ningún sentimiento determinado. Nunca nadie acarició la cabeza de la gallina. El padre, por fin, decidió con cierta brusquedad:
—¡Si mandas matar a esta gallina, nunca más volveré a comer gallina en mi vida!
—¡Y yo tampoco! —juró la niña con ardor.
La madre, cansada, se encogió de hombros».

-Una gallina

Clarice Lispector.

Pequeña quimera.

Pequeña quimera.

«Fue así, pues, como el explorador descubrió, de pie y a sus pies, la cosa humana más pequeña que existe. Su corazón latió porque ni siquiera una esmeralda es cosa tan rara. Ni las enseñanzas de los sabios de la India son tan raras. Ni el hombre más rico de la tierra ha puesto los ojos sobre tan extraña gracia. Allí estaba una mujer que ni la glotonería del más fino sueño jamás habría podido imaginar. Fue entonces cuando el explorador dijo tímidamente y con una delicadeza de sentimientos de los que su esposa jamás lo hubiera creído capaz:
—Tú eres Pequeña Flor».

-La mujer más pequeña del mundo.

Clarice Lispector.

Recuerdos del alma mía.

Recuerdos del alma mía.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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Testigo Presencial

Era una tarde soleada la de aquel abril. Por la ventana, cálidas luces sesgaban el horno en la cocina donde una charola con galletas de mantequilla aromatiza hasta la calle trasera, al tiempo que avisa a los vecinos que preparen café; mamá horneaba esas galletas que envolvían y enamoraban al paladar, al alma misma.
La brisa de la tarde invitaba la lluvia y con ello, sabíamos que la premura era mayor; las galletas debían estar listas y empacadas cuanto antes. Mamá terminaba de envolver las últimas galletas, mientras que yo, alistaba una pequeña caja de cartón azul y blanco donde con perfección lustrosa, acomodaba algunos utencilios de papelería que salía a vender junto con las galletas que preparaba mi madre.
Así, bajo la amenaza de lluvia y con dos cajas, una cada quien, salimos a la oportunidad. Nuestra aventura.
Luego de varias calles andadas y casi todo vendido, nos restaban solo 2 paquetes de galletas, había sido un buen día para mamá. Aunque mi papelería se había vendido poco, yo igual estaba feliz. Mamá hacia un esfuerzo enorme para tener listas sus galletas, y os juro que eran deliciosas.
Llegamos a un edificio de departamentos, que desde ya, se miraba lúgubre y desconocido. Me adelante para entrar pero mamá se detuvo un instante, como pensativa, —¿habría presentido algo en ese momento?, no lo sé, nunca se lo he preguntado. Entramos y no había éxito. «hoy no, gracias» era casi la respuesta inmediata. Salvo una chica que nos compró dos portaminas y una libretita de apuntes. Yo sonreí y mamá me marañó el cabello sonriéndome más. —¡Vamos hasta arriba, mamá, ahí nos comprarán! —le dije emocionado—, mientras corría sobre aquellos escalones insulsos, sin recubrir. Mamá me alentó con su mano, cansada ya del andar impetuoso de aquel día. Llamé a la última puerta y un ladrido seco atendió primero el llamado, luego, rechinando se abrió aquella entrada. Una mujer de gesto malhumorado y cansado me miró sin decir nada. Le sonreí y le ofrecí galletas, las últimas.
No sé, no recuerdo, o no quiero recordar exactamente cómo pasé de una sonrisa entusiasta a ése rostro de horror y llanto. Mamá me tiró con brusquedad y un grito ahogado, mientras los colmillos embrutecidos de aquel animal se clavaban en la pierna derecha de mamá. Gritaba asustado, yo era un párvulo de 7 años apenas, ¿qué podía hacer frente a la ferocidad de un animal de ese tamaño? Muerto de miedo, jalé con ahínco la pata de ese perro sucio y maldito, pero mamá me gritó que no, que corriera, que me fuera rápido. Miré a mamá, luego, miré a la mujer que sólo musitaba «Ya, ‘Chapo’, ya, suelta» como si eso fuera a funcionar, a servir de algo.
Corrí, corrí tan rápido y grité mucho que alguien nos ayudara. Un hombre salió de algún otro apartamento y me detuvo intrigado, sorprendido. Yo seguía gritando ahogado en un llanto inexorable. Cuando corrimos de vuelta, mamá bajaba apresurada, como podía y muerta de miedo y dolor, apenas y podía dar un paso. En sus ojos vi la agonía de su dolor. Aquel hombre luego nos ayudó a llegar a casa.
Ocho, seis, cuatro y otros ocho puntos, más un sin fin de cardenales, raspones y rasguños fue el saldo de aquella venta de galletas. Perdí mi caja azul y blanca, no sé dónde quedó, no quise volver, ni me importaba.
Por la noche papá volvió del trabajo y al ver a mamá, gritó furioso, lleno de una ira que yo no conocía. Hizo preguntas a mamá y volvimos a llorar, era inevitable, ese miedo persiste. Él, salió al jardín y tomó el machete que usaba para arreglar el césped, del auto sacó una franela, la enredó en su mano y se fue. Yo no entendía, pero mamá le suplicaba que no saliera, que por favor no, NO.
Papá volvió minutos después, yo estaba en mí habitación sin poder dormir. A la mañana siguiente, desde el comedor pude ver sobre el césped aquel machete tintado de rojo. Corrí al baño para devolver el cereal que apenas y había probado.
Seguro pensarán que papá era más un cavernícola que un ser pensante porque incluso yo lo llegué a determinar así. Pero él estaba defendiendo a su familia, a su modo y con una furia y desesperación que poco entiende de razones y cordura. Sé que luego, en frío, papá supo que no fue lo mejor. Y no, nunca agredimos, ni tentamos la tranquilidad de aquel perro. Ese animal era así, traicionero, contencioso; a veces de buenas, a veces mortal. Eso dijeron los vecinos a papá cuando como animal justiciero, acudió aquella noche.
No me gustan los perros y no sé si algún día tendré afinidad por ellos.
Hoy, 25 años después, mamá preparó galletas y eso me invita a recordar, no me apetece probarlas, pero hay varios nietos que terminarán con ellas mientras yo los miro en el jardín, jugueteando con el perro que papá les regaló.

Marco de Mendoza

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Presagios por venir.

Presagios por venir.

«La gitana le decía que dejase obrar a las mujeres. Dos mujeres, una conocida y una desconocida, se lo disputaban y se vigilaban entre sí. Sus rivales estaban ya derrotados desde el principio. Una carta estaba volando hacia él. Una enfermedad cambiaría su suerte. A la suerte, además, basta con interrogarla para que se apresure. En ese mismo momento estaban contando una suma que le estaba destinada y una mujer soñaba con sus besos».

-La gitana

Cesare Pavese.

Nomás nos queda esta noche.

Nomás nos queda esta noche.

«La colina estaba al fondo de las calles, oscurecida y acercada por la sombra creciente. Vi alféizares bajo la lluvia y portales que había visto siempre al sol. Todo estaba fresco y próximo, y verdaderamente esta vez mi ciudad estaba desierta. Crucé muchas plazas. Cuando regresé, enamorado y pensando en las calles del día siguiente, encontré el cuarto vacío, y así estuvo hasta la noche. Me acerqué entonces a la ventana. Todavía estuvimos juntos muchos días, mientras duró la estación, pero ambos sabíamos que todo acabaría al entrar el otoño. Y así fue, en efecto».

-El verano

Cesare Pavese.