Minientrada

Así, nada más.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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En breve…

Son presagios los adagios y en ellos la verdad es cautelosa. Se dicen con frecuencia por ahí y aunque con mucha astucia poco se les antela. Son morales, son sinceros; son el cielo acometido y corto que palmea la bola de la vida. Son presagios que conocen cuán tortuoso o claro es el vivir. Son sencillos, tan comunes y tan sabios que su rusticidad se torna auténtica.
Son la túnica del tiempo, son el deponer de sus acciones. Ni rebuscamiento, ni artificio; son lo que son y nada más.

Marco de Mendoza

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Presagios por venir.

Presagios por venir.

«La gitana le decía que dejase obrar a las mujeres. Dos mujeres, una conocida y una desconocida, se lo disputaban y se vigilaban entre sí. Sus rivales estaban ya derrotados desde el principio. Una carta estaba volando hacia él. Una enfermedad cambiaría su suerte. A la suerte, además, basta con interrogarla para que se apresure. En ese mismo momento estaban contando una suma que le estaba destinada y una mujer soñaba con sus besos».

-La gitana

Cesare Pavese.

Por un augurio más.

Por un augurio más.

«—Me alquilo para soñar. En realidad, era su único oficio. Había sido la tercera de los once hijos de un próspero tendero del antiguo Caldas, y desde que aprendió a hablar instauró en la casa la buena costumbre de contar los sueños en ayunas, que es la hora en que se conservan más puras sus virtudes premonitorias. A los siete años soñó que uno de sus hermanos era arrastrado por un torrente. La madre, por pura superstición religiosa, le prohibió al niño lo que más le gustaba, que era bañarse en la quebrada. Pero Frau Frida tenía ya un sistema propio de vaticinos.
—Lo que ese sueño significa —dijo— no es que se vaya a ahogar, sino que no debe comer dulces».

-Me alquilo para soñar (Doce cuentos peregrinos)

Gabriel García Márquez.

A priori.

A priori.

• MINIFICCIÓN •

REUNIÓN LABORAL

MARCO DE MENDOZA

Gonzalo esperaba el autobús impaciente. Había caminado demasiado y estaba agotado, fastidiado. La gente a su alrededor lo miraba sin decir nada. Ya no quería seguir, así que bajo la maleta que llevaba al hombro y sacó primero una parte; luego, con dificultad sacó otra parte. Cada vez más gente lo miraba y encerraba en un circulo. Chacoteaba, como recordando. Empezó a temblar, sus movimientos torpes luego lo hicieron notar que la sangre recorría sus brazos, fría y espesa. Haber destazado a su jefe luego del altercado en aquella junta laboral e intentar llevarlo a cualquier otra parte metido en una maleta a las 3:00 de la tarde, en medio del periférico, le estaba resultando mala idea.
—¡Gonzalo, despierta! —Le gritaba su mujer mientras lo agitaba levemente en la cama—
—Es llamada de tu jefe.
La pesadilla de Gonzalo, recién comenzaba.