Lo que subraya el desierto.

Lo que subraya el desierto.

«Fue entonces cuando Baegert pudo ver con claridad que él era guaycura. Que el temor por él experimentado ante ese mundo nuevo lo disimulaba muy bien el asombro y sus vaivenes expresivos, entre la crítica implacablemente religiosa y el regodeo imagínico de tonalidades poéticas. Que su estatura intelectual y su vanidad europea le habían impedido verse reflejado en los modelos indígenas: corría también descalzo entre los cerros, comía una hierba aquí u otra más allá, no podía armar un breve discurso, era ágrafo, estaba lleno de temores a los caballos y a los rifles de los soldados del presidio, era mentiroso, piojoso, desentendido de sus hijos, polígamo, etc… ¡Qué espejo tan primitivo y tan moderno!».

Charcos de polvo lunar,
Raúl Antonio Cota.


RECOMENDACIÓN DEL BLOG


Escuchar a la arena.

Escuchar a la arena.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

🍸

SE DICE QUE… 💭

«Cuando en medio del desierto escuches a un grano de arena narrar la historia de cada grano de arena, sabrás que al fin te has convertido en un oído infinito».

⚜ El desierto

Edmond Jabès

… 💭

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RECOMENDACIÓN DEL BLOG


Sobre robos.

Sobre robos.

XIV

•La ley de Herodes. Jorge Ibargüengoitia.
•Esta flor. Katherine Mansfield.
•Casa tomada. Julio Cortázar.
•El almohadón de plumas. Horacio Quiroga.
•Macario. Juan Rulfo.
•Tocayos. José Donoso.
•El otro yo. Mario Benedetti.
•Magia. Katherine Anne Porter.
•Mejor que arder. Clarice Lispector.
•Flores para Marjorie. Eudora Welty.
•Debajo de las estrellas. Hernando Téllez.
•Matar a un niño. Stig Dagerman.
•El aliento del cielo. Carson McCullers.
•La primera herida. F. Scott Fitzgerald.
•El mentiroso. Elena Garro.
•Un par de medias de seda. Kate Chopin.
•Dios ve la verdad, pero no la dice cuando quiere. Doris Lessing.
•Profesor miseria. Truman Capote.
•La voluntad de ser feliz. Thomas Mann.
•El cuento envenenado. Rosario Ferré.

Recuerdo a la felicidad.

Recuerdo a la felicidad.

• MINIFICCIÓN •

Los masoquistas

Ana María Shua

Un pabellón entero está dedicado a esos sujetos melancólicos y generosos, los masoquistas. Cuentan allí con una serie de habitaciones en las que el sufrimiento se gradúa de acuerdo con lo doloroso de los estímulos. Si en las primeras habitaciones son mujeres las que inflingen los castigos, en la sexta se los invita a copular con un cocodrilo y en la octava con el recuerdo de la felicidad perdida.

Programación feliz.

Programación feliz.

«El secreto de la felicidad es tener gustos sencillos y una mente compleja, el problema es que a menudo la mente es sencilla y los gustos son complejos»

Fernando Savater.


She’s lost control again
Yves de Camps
Only love will tear us apart
Yves Decamps
We are allergic to happiness
Yves Decamps

Don alegría.

Don alegría.

«Poco importaba que no fuera domingo ni primavera. Igual me sentía dispuesto a que algo extraordinario me purificase. En realidad, son pocos los días en que uno puede sentirse anticipadamente alegre, alegre sin ruedas de café ni cantos nauseabundos a la madrugada, ni esa pegajosa, inconsciente tontería que antes y después nos parece imposible; alegre de veras, es decir, casi triste».

-Hoy y la alegría 

Mario Benedetti.

Simpatía.

Simpatía.

«Continuaron el paseo y se pararon como siempre a mirar tras las ventanas de la escuela de arte. Siempre disfrutaba viendo a aquellos jóvenes interpretando sus papeles. El calor de la primavera ya se notaba, y el monitor abrió el ventanal de par en par. Al ver la cara de admiración de Jan lo invitó a formar parte de su grupo de teatro. Jan asintió con la cabeza y se volvió a sentir la persona más feliz del mundo».

-Un deseo

Aurora Tárrega Valdez.

Como una llamarada.

Como una llamarada.

«—¡Qué cansancio! —dijo, a tiempo que echaba hacia atrás todo su cuerpo. De inmediato, al extenderse en el suelo, se precisó la curva de los senos, la línea del vientre, el arco de las caderas. La miré al rostro. Y en los ojos, en la boca descubrí no sé qué terrible y misteriosa corresponden­cia con la llamarada interior que me estaba quemando los riñones, que me hacía temblar las manos, que me sofocaba el aliento, que me hacía trepidar el corazón. Y entonces caí sobre ella sin decirle nada, y sin que ella dijera nada, como una ciega fuerza y con una urgencia vital en qué me parecía probar un secreto rencor y una suprema alegría».

-Debajo de las estrellas

Hernando Téllez.