Trasvasar el alma.

Trasvasar el alma.

«Tenía entre los brazos el cadáver de mi hermana Asunción, mi hermana Asunción como había sido cuando su belleza me detenía en mitad de los juegos para sonreírle; mi hermana Asunción con sus ojos oscuros, sus manos blancas, sus labios finos que mojaron mis lágrimas.
A Bernarda nadie la vio más. En su cuarto, en el cuarto de Asunción descubrí que la imagen de la Virgen María había sido atravesada con siete alfileres. Debajo de la almohada, en el lecho, encontré unas hojas de aruera, el árbol de las brujas del litoral.
Meses más tarde, le pedí a mi tía que me regalara la alfombra azul. Quizás pensó que desearía guardarla, en memoria de la que había muerto allí. Encendí una gran hoguera en el patio de la casa. Largos años me persiguió el recuerdo de la forma encrespada, cuando se erguía y retorcían los flecos en medio de las llamas crepitantes, rugiendo como un animal de presa que se quema vivo».

-𝐋𝐚 𝐡𝐞𝐜𝐡𝐢𝐳𝐚𝐝𝐚

𝐌𝐚𝐧𝐮𝐞𝐥 𝐌𝐮𝐣𝐢𝐜𝐚 𝐋𝐚𝐢𝐧𝐞𝐳

Coligado maldito.

Coligado maldito.

«A la madrugada, arrastró a la niña a la cueva y se burló de su horror, de su desconsuelo. Después, aprovechando que había quedado como inerte, de tan desesperada, la hizo suya sobre el lecho de hojas de eucalipto. Bebió sus lágrimas amargas, la devoró de besos, usó de los pobres artificios que conocía, para provocar el canturreo gutural que trastornaba sus sentidos y recobrar a la mujer exhausta que ayer, ayer no más, rodaba sobre esa tierra fría en brazos del monstruo. Ella se dejaba hacer, ausente. Nada sentía, sino el asco de una respiración jadeante y de un sudor que le empapaba las mejillas. Su mano tanteaba en la sombra, buscando la mano quebrada de su amante muerta».

-𝐑𝐢𝐯𝐚𝐥

𝐌𝐚𝐧𝐮𝐞𝐥 𝐌𝐮𝐣𝐢𝐜𝐚 𝐋𝐚𝐢𝐧𝐞𝐳

¿En qué momento nos apartamos de la gente realmente importante de nuestras vidas?

¿En qué momento nos apartamos de la gente realmente importante de nuestras vidas?

«Un lugar amado por cierto: la parte inferior de mi cama adonde Miguel y yo nos escondíamos a jugar, cómplices y ajenos a la mirada de mis hermanos y de sus hermanas. Al principio se trataba de juegos inofensivos (contarnos historias de terror, pegar estampas en el álbum de estrellas de la televisión que coleccionábamos); después, esos otros juegos de la piel tan comunes en las historias privadas de las familias, que más allá de los tabúes y las prohibiciones tienen su origen en la pureza: dos cuerpos nuevos que se tocan y se descubren y se reconocen. Es que desde el principio de los tiempos, el placer siempre ha comenzado por el tacto. La piel que se incendia y cuyo goce es el más profundo de los saberes. Un saber que no nos abandonará jamás: aún puede quitarme el aliento el recuerdo de su miembro sonriendo en la comisura de mis nalgas».

Un deseo realizaro,
Ana Clavel.

A la sombra del amante.

A la sombra del amante.

«Afuera, en el pasillo, alguien respiraba, no era posible oírlo, pero estaba ahí, y su pecho agitado subía y bajaba al mismo ritmo que el mío: eso nos igualaba, acortaba cualquier distancia. De pie a la orilla de la cama levanté los brazos anhelantes y cerré los ojos. Ahora sabía quién estaba del otro lado de la puerta. No caminé para abrirla; cuando puse la mano en la perilla no había dado un paso. Tampoco lo di hacia él, simplemente nos encontramos, del otro lado de la puerta. En la oscuridad era imposible mirarlo, pero tampoco hacía falta, sentía su piel muy cerca de la mía. Nos quedamos frente a frente, como dos ciegos que pretenden mirarse a los ojos. Luego puso sus manos en mi espalda y se estremeció. Lentamente me atrajo hacia él y me envolvió en su gran ansiedad refrenada. Me empezó a besar, primero apenas, como distraído, y luego su beso se fue haciendo uno solo. Lo abracé con todas mis fuerzas, y fue entonces cuando sentí contra mis brazos y en mis manos latir los flancos, estremecerse la espalda. En medio de aquel beso único en mi soledad, de aquel vértigo blando, mis dedos tantearon el torso como árbol, y aquel cuerpo joven me pareció un río fluyendo igualmente secreto bajo el sol dorado y en la ceguera de la noche. Y pronuncié el nombre sagrado».

Estío,
Inés Arredondo.

Hombre apurado por pasar a otra cosa.

Hombre apurado por pasar a otra cosa.

«Ni la corte, abundante en doncellas bellas, Ni el campo, ni la ciudad,
Ni los reinos aledaños
A donde hubo que ir a buscar
Pudieron ofrecer mujer semejante.
La infanta únicamente era más hermosa
Y poseía ciertos tiernos encantos
Que la difunta no tenía.
El mismo rey lo había advertido
Y, ardiendo de amor extremo,
Locamente se dio cuenta
De que por esta razón tenía que con ella casarse.
Incluso encontró un charlatán
Dispuesto a proponer el caso.
Pero la joven y triste princesa
Al oír hablar de semejante amor
Se lamentaba y lloraba noche y día».

Piel de asno,
Charles Perrault.

Sobre vivir el amor…

Sobre vivir el amor…

AFORISMOS


«Cualquier forma de amor que encuentres, vívelo. Libre o no libre, casado o soltero, heterosexual u homosexual, son aspectos que varían de cada persona. Hay quienes son más expansivos, capaces de varios amores. No creo que exista una única respuesta para todo el mundo».


Incesto: diario no expurgado 1932-1934
Anaïs Nin

Nadie se ve si no lo han visto.

Nadie se ve si no lo han visto.

«Como no pueden otra cosa y se pasan la vida escuchando lo que ocurre en el mundo exterior, los escorpiones se dan entre sí los más diversos nombres: amor mío, maldito seas, te quiero con toda el alma, por qué llegaste tan tarde, estoy muy sola, cuándo terminará esta vida, déjame, no sabría decirte si te quiero. Palabras que oyen desde el fondo de los ladrillos, desde la podredumbre seca y violenta, entre las vigas de algún hotelucho, o desde los fríos tubos de hierro de un excusado oloroso a creolina. Porque ellos, repetimos, no saben que se llaman escorpiones o alacranes. No lo saben. Y así, sin saberlo, se sienten requeridos por alguien en las tinieblas, entre besos húmedos o pobres centavos que suenan sobre una mesa desnuda, y salen entonces para ser muertos y para que se hable de ellos en los lavaderos donde las mujeres reprenden a los niños, y los niños de pecho devoran a sus madres apenas sin sentirlo».

El sino de los escorpiones,
José Revueltas.

Escorpiones I

Escorpiones I

«Entre convulsiones, Oigres se levantó. Ya no parecía el mismo, sus ojos se habían enrojecido y su piel palidecía en tonos grisáceos. Jadeaba. Su cuerpo se había transformado para siempre y ya no dominaba su mente. Una enorme cola de alacrán le surgió de la espalda y para cuando el Rey Dios quiso reaccionar, el aguijón le había atravesado el peto de la armadura y el veneno circulaba por todo su cuerpo. El cuerpo y la armadura se desplomaron soltando a la mujer.

—Soy la reina de los escorpiones —le susurró acercándose a su oído—. Tú destruiste mi pueblo, destruiste una raza, y yo he creado una nueva para ti —fueron las últimas palabras de venganza que oyó antes de morir».

La reina de los escorpiones,
Sergio García.

Hechos fortuitos generan teorías erróneas.

Hechos fortuitos generan teorías erróneas.

«Me armé de valor, fingí no advertir el escorpión que aún se debatía en mi plato, lo comí distraídamente junto con el huevo y hasta pasé la corteza de un pan para no dejar ni una pizca de huevo y escorpión. No resultó tan repugnante como temía. Un poquito ácido tal vez, pero esta sensación puede deberse a que aún yo no tenía el paladar acostumbrado a la ingestión de escorpiones. Con el último bocado, sonreí, satisfecho. Después pensé que la quitina del escorpión, más dura de lo que yo hubiera deseado, podría caerme indigesta, y con delicadeza, para no ofender al resto de los escorpiones, bebí un vaso de sal de frutas».

Para defenderse de los escorpiones,
Fernando Sorrentino.