«Y nunca más habló ni una palabra, con nadie. Tampoco nosotros hablábamos de él. Sólo se pensaba en él. No, de nuestro padre no podíamos olvidarnos; y si, en algunos momentos, hacíamos como que olvidábamos, era sólo para despertar de nuevo, de repente, con su recuerdo, al paso de otros sobresaltos».
«Tenía entre los brazos el cadáver de mi hermana Asunción, mi hermana Asunción como había sido cuando su belleza me detenía en mitad de los juegos para sonreírle; mi hermana Asunción con sus ojos oscuros, sus manos blancas, sus labios finos que mojaron mis lágrimas. A Bernarda nadie la vio más. En su cuarto, en el cuarto de Asunción descubrí que la imagen de la Virgen María había sido atravesada con siete alfileres. Debajo de la almohada, en el lecho, encontré unas hojas de aruera, el árbol de las brujas del litoral. Meses más tarde, le pedí a mi tía que me regalara la alfombra azul. Quizás pensó que desearía guardarla, en memoria de la que había muerto allí. Encendí una gran hoguera en el patio de la casa. Largos años me persiguió el recuerdo de la forma encrespada, cuando se erguía y retorcían los flecos en medio de las llamas crepitantes, rugiendo como un animal de presa que se quema vivo».
«—Creo que les gusta demasiado la cerveza o los cochinos refrescos de ahora. El puro alcohol no las perjudica. La cosa es, compadre, que en estos últimos tiempos se me descomponen todas. Que si el estómago, que si el hígado, que si los reumas, que si la barriga, que el corazón y las fatigas… A Galdeano cada día de su santo le regalan una muchacha los de su tierra de Jalisco. Añade alguna que otra de su hacienda pulquera. Nemesio es más parco, la legítima no las admite en casa; los hijos sí. Lleva bautizados veintiuno. Galdeano ha perdido la cuenta. Pero desde hace algún tiempo muchas están enfermas. —En nuestro tiempo las medicinas eran baratas. Ahora es un desmadre. Beben pulque. Callan. Galdeano vino a hablar de lo que le tiene a pecho».
«En aquel tiempo Hildegarde era una mujer de treinta y cinco años, con un hijo, Roscoe, de catorce. En los primeros días de su matrimonio Benjamín había sentido adoración por ella. Pero, con los años su cabellera color miel se volvió castaña, vulgar, y el esmalte azul de sus ojos adquirió el aspecto de la loza barata. Además, y por encima de todo, Hildegarde había ido moderando sus costumbres, demasiado plácida, demasiado satisfecha, demasiado anémica en sus manifestaciones de entusiasmo: sus gustos eran demasiado sobrios. Cuando eran novios ella era la que arrastraba a Benjamín a bailes y cenas; pero ahora era al contrario. Hildegarde lo acompañaba siempre en sociedad, pero sin entusiasmo, consumida ya por esa sempiterna inercia que da miedo y que viene a vivir un día con nosotros y se queda a nuestro lado hasta el final».
‘La María’ fue hoy al botox, dice que la vejez no tiene porque llegarle ahora, ni nunca. Ella está acostumbrada al que fuere su rostro lozano, ese que aún mira en el espejo como si fuese una fotografía; no se ha dado cuenta que ya no tiene 26. El médico se ha negado a otra cirugía, y por ello se mete botox como cocktail margarita en fiesta de ocación. Ayer la vi. Ya no es ella, por ello sé que no se ha dado cuenta. Se ha puesto su vestido rojo, ese que parece se ha untado con mantequilla. De brillante satin carmesí y obsceno escote, Los tacones ambar son tan altos, que miedo tengo se rompa un pie, porque a sus 86, ella aún sigue pensando que tiene 26.