El precio del placer.

El precio del placer.

«Durante la comida sin gracia, Aránzuru miraba sol y llovizna en la ventana, oyéndola masticar. Luego supo que no estaba equivocado. Un rápido amor en el borde de la cama. Después la mirada, los ojos sin amparo antes de la súplica húmeda:
—Quiero ir a Ibiza, tengo que ir. Y no tengo dinero. Ay, amor, si pudieras ayudarme.
—¿Ibiza? —preguntó él sabiendo que trampeaba—. Ibiza. Vamos juntos.
—Es que yo… La verdad, tengo un compromiso.
Aránzuru dejó la cama, tanto semen perdido, y fue a sentarse al escritorio.
Desnudos los dos, casi ridículos. Ella empezó a vestirse.
—Siempre fuiste una puta y estuve loco por ti, porque nunca tropecé con una puta tan puta. Dime cuánto quieres o quiere tu nuevo macho. Te hago el cheque».

-Maldita primavera

Juan Carlos Onneti.

Congraciar.

Congraciar.

«Entramos y encendí la luz. Y vio, vimos, en medio de la gran cama, con su colcha blanca de señorita, un gato negro, grande, gordo. Un gato que yo veía por primera vez y que parecía acostumbrado a ronronear allí. Con las patas dobladas bajo el pecho nos miró con ojos curiosos y volvió a cerrarlos. Hasta hoy no sé cómo pudo haber entrado. Sospecho, apenas. Me adelante para acariciarle el lomo y la garganta y entonces ella explotó. Que echara el gato inmundo, que iba a llenar la cama de pulgas. A gritos y pateando el suelo. Le dije que me había hecho feliz encontrar por sorpresa que alguien nos daba la bienvenida. Ella me trató de estúpido y golpeó las manos hasta que el gato corrió hacia la puerta y la sombra del pasillo».

-El gato

Juan Carlos Onneti.

Cuando lo poderoso es la atracción.

Cuando lo poderoso es la atracción.

«Saad detuvo el coche frente al árbol y vio la gran maleta negra, vio que la persona que le sonrió tenía una cabeza de mujer, joven, extraordinariamente hermosa, un suéter rojo que cubría el pecho sin la menor sospecha de senos; un pecho liso de varón; pantalones negros que no insinuaban el bulto del sexo. Hombre, mujer, efebo, hermafrodita, Saad lo necesitó de pronto, con fuerza y jadeando. Necesitó que subiera al coche, necesitó de aquello con miedo, empezó a creer que lo había estado esperando desde la primera juventud y casi llegó a creer que necesitaría la presencia o cercanía de Ello —el corte de pelo era masculino y no había pintura en la cara— hasta el resto de sus días».

-Jabón

Juan Carlos Onneti.

El instante que no espera.

El instante que no espera.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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No aguardes

No aguardes. No temas, ni huyas.
Esperar es el peor de los talentos.
Esperar no abona, mitiga.
No aguardes. La vida tiene un tiempo, no espera, no tolera, caduca.
Si temes, pierdes. Nadie espera perder.
Así que avanza, el tiempo no es un buen tipo y cobra caro la desventura del temor.
No aguardes, la zozobra carcome y destruye impulsos que alimentarían tus fuerzas.
Avanza, construye. Ataca muros y forma torres poderosas desde donde venturoso brilles.
No aguardes. Florece límpido, y glorioso avanza. Es el tiempo, es este el momento. Aguardar conmisera inútilmente la estadía en este mundo, en este plano que no tolera la espera, porque esperar causa olvido.
No aguardes, ve por todo; sin temor tómalo, haz que lo valga, haz que tu sueño y tu encanto medren como miel de vida.
No temas, no aguardes. Tómalo y brilla. Temerle a la vida destruye y tu naciste poderosamente grande, por ello no aguardes, es el tiempo. El temor se vence luchando. Cómete al mundo, todo. No desesperes, no esperes, ¡lucha y vive!

Marco de Mendoza.

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Hideous.

Hideous.

«Unos huesos le atraparon la pierna. Secos y mojados a un mismo tiempo. Estiró el miembro derecho y miró a la esqueleto. Tenía una larguísima cabellera café con leche, enredada como una madeja en el cráneo y un par de húmeros, de iliacos, de fémures a punto de deshacerse. Y lloraba. Sin ruidos, sólo con agua sal que le salía de las cuencas aparentemente vacías».

La esqueleto.

Paola Esteban.

Immaculate.

Immaculate.

«El cura la examinó minuciosamente, sin descubrir en su cuerpo ninguna señal del demonio. Al domingo siguiente la condujeron a la iglesia y allí no manifestó signo alguno de inquietud, aparte de gemir cuando la humedecieron con agua bendita. Pero no retrocedió lo más mínimo ante la imagen de la cruz y, cuando pasó sus manos por sobre las sagradas llagas y las desgarraduras de las espinas, pareció apenada».

La salvaje.

Marcel Schwob.

Sassy.

Sassy.

«Por el color del cielo supo que quedaban solo segundos de luz, así que prescindió de preámbulos. Fue hacia ella, la abrazó sin dulzura y la tumbó de espaldas sobre la arena, de acuerdo a un modo de comportarse que le llegaba de muy lejos, de más allá de la memoria. Un último rayo de sol, ya muy tenue, se confundió con la mirada dorada que ella clavaba en los ojos del hombre que la poseía, y, antes de evanescerse, le atravesó limpiamente el rostro como dicen que hace siempre el sol con los duendes».

La duende.

Rafael Sender.