Minientrada

Lucir.

• MINIFICCIÓN •

Primero conozca Europa.

Jorge Mejía Prieto

Por fin, gracias a las facilidades de crédito, lograría realizar su viejo anhelo: visitar las grandes ciudades de aquel continente, que había llegado a querer a través de sus sueños y de la reiterada lectura de folletos turísticos. Lleno de emoción partió. Durante 40 días recorrió minuciosamente las urbes amadas donde, según explicaban los folletos, se armonizaban los vestigios de un glorioso pasado con las excelencias de la era contemporánea.
Cuando regresó, andaba eufórico. A todos les hablaba de las remotas y brillantes ciudades, colmadas de grandes edificios, vastos jardines, museos y obras de arte, que con devoción infinita había visitado. Y no ocultaba a los más comprensivos que le dolía vivir en esta opaca ciudad, colmada de grandes edificios, vastos jardines, museos y obras de arte, donde había tenido la desgracia de nacer.

Malagueña.

Malagueña.

«Allá en Juchipila a todos mis parientes y a mí nos decían mecos hijos de ésta, mecos hijos de la otra. Eso dejé de oírlo hasta que ingrese en la cárcel. Y de allí salí bien instruído; pero no se me borra el pasado ni el mundo de humillaje en que viví junto con mis hermanos, mis padres y mis abuelos. Tengo plena seguridad de que si algún día regreso a Juchipila me volverán a llamar meco. Así que necesito un documento probatorio para restregárselos en la cara y acusarlos de difamación si vuelven con sus “jijeces”».

El descubridor.

Juan Rulfo.

Endilgamiento.

Endilgamiento.

«Aquella mañana ella quiso ir al camposanto. Como siempre solía preguntar a Crispín, el no nacido, si estaba de acuerdo, lo hizo: “Crispín, le dijo, ¿te parece bien que vayamos? Te prometo que no lloraré. Sólo no sentaremos un ratito a platicar con tu padre y después volveremos; nos servirá a los dos ¿quieres?” Luego, tratando de adivinar en qué lugar podía tener sus manitas aquel hijo suyo: “Te llevaré de la mano todo el tiempo.” Esto le dijo».

La vida no es muy seria en sus cosas.

Juan Rulfo.

Minientrada

Divergente.

• MINIFICCIÓN •

Candela

María Pámpanas Rivero

—Sí, papá, pero, ¿y esa?
Cada muñeca era exacta a la anterior. En el largo del pelo, en la ropa, en la mueca del rostro.
—Papá, ¿y esa? Preguntó de nuevo Candela con los ojos vivos, curiosos—
—Está rota, cariño. No es tan bonita como las demás.
Candela examinó la muñeca descartada por su padre. Era más pequeña que las otras, estaba descalza y la camiseta que cubría su cuerpo, nada tenía que ver con los vestidos de sus inertes compañeras.
Su padre cogió las tres muñecas restantes.
—Papá, ¿entonces, yo estoy rota? —preguntó Candela mientras su padre cerraba la tapa del contenedor—.

Falaz.

Falaz.

«Mi vida toda es como la veo ahora, se dijo Marina una vez más al sentir las caricias de Marco Antonio.
Se acostaron sobre el charco de pétalos desparramados por el polvo como si se acostaran sobre su propia sangre, se revolcaron hasta el amanecer entre las llamas crujientes de la trinitaria como entre serpentinas fulminantes del año nuevo chino, ella le enroscó al cuello las lenguas de papel de seda púrpura de los capullos para divertirlo, para demostrarle cómo era que se hacía el amor en el mundo antes de que él lo convirtiera en un paraíso de nieve de yeso, en un mar que se podía pulir de orilla a orilla en estepas de lapizlázuli.
Esa misma noche la casa de Marco Antonio ardió misteriosamente y no fue hasta varios días después que los encontraron, enterrados debajo de los escombros del patio, amortajados por las trinitarias y sepultados debajo del polvo, crucificados de espinas, florecidos de edemas purpúreos por todo el cuerpo».

-Marina y el león

Rosario Ferré.