Giménez.

Giménez.

«Los hombres amplificaron una cultura melancólica utilizando las antenas nada mas que para difundir sus fantasías de grandeza, y las mujeres se llamaron a un silencio planetario que no era sino reverso del monólogo incesante dirigido a su hombre interior».

Conversaciones del testículo parásito.

Maximiliano E. Giménez.

Tenorio.

Tenorio.

«Esa mañana Lupe notó que el pene de su novio estaba más hinchado que de costumbre. No lo notó a simple vista sino que no consiguió abrir la boca lo suficiente como para que sus dientes no rozaran dolorosamente el glande».

Majestuoso dios púrpura.

Ariel S. Tenorio.

Entrada Doble.¹

Entrada Doble.¹

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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AFORISMOS


«Todo lo malo lo asociamos con el color negro. Hasta el beso negro sabe a culo.».


Lo pude haber leído en el baño de una cantina.

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CONOZCA(ME) MÁS

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Qué bello cuando me amas así, / y muerdes cada parte de mí. / Qué bellos son tus celos de hombre, / que sientes cada vez que me voy. 🎼🎵🎶

Que bello, La Sonora Dinamita.

Prosa Poética

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¹ Sin Albur.

Hermenéutica del piropo bestial.

Hermenéutica del piropo bestial.

• PLUMA INVITADA •

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La metáfora (definición) consiste en trasladar un sentido directo a otro figurado por una comparación sobreentendida.

Lo que atrae a los perros.

Uno de los piropos más bestiales de que tengo noticias lo repetía, en el colegio donde estudié, el loco Valbuena (quien antes de la graduación decidió sumarse a un grupo paramilitar): «Dime dónde cagas para ir a revolcarme». Era esa la forma de elogiar la esteatopigia de un culo inenarrable (de cuya dueña sería mejor no acordarme).

Vivo en una casa con dos mascotas ancianas. Una vez al mes, cuando su ama las baña y las acicala con champú recamier, y las peina, y las saca a pasear, las perritas esperan el momento del descuido para revolcarse justo en el sitio donde percibieron un ligero olor a mortecino, o donde reposan las boñigas de un caballo.

Los mulos que empujan los vehículos de tracto animal (transporte usual de recicladores en este pueblo con ínfulas de llegar a ser ciudad) al no ser alimentados con pasto y heno, sino con sobras de comida humana, expulsan un estiércol fétido, concentrado en acidez y similar al de los porcinos, más que de pollinos.

Creo que fue en un libro de David Mamet donde leí que lo que atrae a los perros para revolcarse en la inmundicia es un instinto de supervivencia atávico, heredado del tiempo en que eran salvajes: los perros, asegura Mamet, se revolcaban sobre los restos de animal muerto para camuflar su olor y despistar a los depredadores. Hace años leí, en un reportaje sobre técnicas de camuflaje de drogas implementadas por el genio delictivo de Pablo Escobar, que el capo incluyó mierda de tigre para frotar a los embarques de cocaína. Al embadurnar con mierda de carnicero los cargamentos que saldrían por el aeropuerto internacional, lograba despistar a los perros antinarcóticos. Estos, entrenados para detectar droga con el olfato, al percibir los rastros de tigre, empezaban a llorar, de miedo, se apartaban lo más lejos posible del carnicero, olvidándose así de la droga que volaba directo de Colombia a una fosa nasal en Estados Unidos.

«Dime dónde cagas para ir a revolcarme» es, parece, un instinto atávico, y no un elogio del culo.

Stanislaus Bhor.

Minientrada

Nada es lo que parece.

• MINIFICCIÓN •

Stalker.

Camilo Montecinos

Romeo ha previsto cada detalle y movimiento. Sabe que Julieta se asoma al balcón por las
tardes, justo a las siete, y que lo hace porque no resiste la soledad (a esa hora no hay nadie en casa). Sabe que al regresar a su alcoba, Julieta deja abierta la ventana.
Romeo sabe, además, que en esa calle solitaria, los vecinos más cercanos regresan después de las nueve de la noche. Sabe que es muy fácil trepar hasta la habitación, que nadie escuchará los gritos, y que es muy probable que nunca se sepa lo que entre ellos está por suceder.

Arbitrio y tortura.

Arbitrio y tortura.

«No pude reprimir un grito de horror cuando lo vi por primera vez. Era lúgubre, siniestro. Con grandes ojos amarillentos, casi redondos y sin parpadeo, que parecían penetrar através de las cosas y de las personas.
Mi vida desdichada se convirtió en un infierno. La misma noche de su llegada supliqué a mi marido que no me condenara a la tortura de su compañía. No podía resistirlo; me inspiraba desconfianza y horror. ‘Es completamente inofensivo —dijo mi marido mirándome con marcada inditerencía—. Te acostumbrarás a su compañía y si no lo consigues…’ No hubo manera de convencerlo de que se lo llevara. Se quedó en nuestra casa».

-El huésped

Amparo Dávila.

Desconciertos.

Desconciertos.

«Abatido, desconcertado, tomó el tranvía de regreso. Con aquel infortunado encuentro su habitual inseguridad había crecido a tal punto que no sabía ya si era un hombre o una sombra. Se metió en un bar, pero no en aquel adonde acostumbraba tomar la copa con los amigos, sino en otro donde no lo conocieran. No quería hablar con nadie. Necesitaba estar solo, encontrarse. Bebió varias copas pero no pudo olvidar el encuentro. Su mujer lo esperaba para cenar igual que siempre. No probó bocado. La sensación de ansiedad y de vacio le había llegado al estómago. Aquella noche no pudo acercarse a su mujer, cuando ella se acosto a su lado, ni las siguientes. No podía engañarla. Sentía remordirnientos, disgusto de sí mismo. Quizás a esa misma hora él estaba poseyendo a la hermosa rubia…»

-Final de una lucha

Amparo Dávila.

Crimen gourmet.

Crimen gourmet.

«No morían pronto. Su agonía se prolongaba interminablemente. Yo pasaba todo ese tiempo encerrado en mi cuarto con la almohada sobre la cabeza, pero aún así los oía. Cuando despertaba a media noche, volvía a escucharlos. Nunca supe si estaban vivos o si sus gritos se habían quedado dentro de mí, en mi cabeza, en mis oídos, fuera y dentro, martillando, desgarrando todo mi ser.
A veces veía cientos de pequeños ojos pegados al cristal goteante de las ventanas. Cientos de ojos redondos y negros. Ojos brillantes, húmedos de llanto, que imploraban misericordia. Pero no había misericordia en aquella casa. Nadie se conmovía ante aquella crueldad. Sus ojos y sus gritos me seguían, y me siguen aún, a todas partes».

-Alta cocina

Amparo Dávila.

Minientrada

Si tú no estás aquí.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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VUELVE

Hoy me he levantado más temprano que de costumbre. Me cepille los dientes como todos los días y sí, dejé el tubo de la pasta dental aplastado, como destripado, sí, ¿y qué? Fuí a orinar y no levanté el asiento, es más, dejé unas gotas como de lluvia, para amenizar el momento. Me he dado una ducha y al terminar, no he secado el baño. ¡Qué mas da! No he llevado sandalias y no me sequé los pies, he caminado así hasta la habitación, nuestra habitación. La toalla húmeda se ha quedado sobre la cama. Me he puesto mucha colonia y dejé el frasco sobre la mesa del televisor. Sí, seguro ahí habrá luego una terrible mancha, ¿y qué? Tomé un poco de café y no he limpiado la cafetera; apenas y saqué el filtro goteante. Se derramó un poco sobre tus revistas. Ya, ya, que han sido solo unas cuantas gotas. Me he llevado la taza al coche y luego se ha quedado allí por días.
He llegado a la oficina, saludo y todos me miran, apenas responden el saludo. No soy yo, son ellos. Locos deben estar. Es hora de la comida y una sopa instantánea es lo de hoy, para qué buscar más. No me la he terminado, tiro el envase de poliestireno y regreso a la oficina. Me pierdo en montones de papeles, números, balances, reportes; escucho entre voces mentar mi nombre, no atiendo, no tengo tiempo, no quiero. Es tarde, la oficina se ha quedado vacía y yo no pienso volver a casa, no. Es viernes, hoy iré a tomar unos tragos y llegaré tarde, muy tarde. Son cerca de las 3:00 a.m. cuando aparco el coche, las luces en casa no están encendidas. Al entrar, la penumbra que me recibe me lleva a tirar ese feo jarrón que te regalo tu madre. Aviento el saco sobre los restos como para ocultar mi delito. Me tiro en el sofá. —¿Quién mueve el maldito sillón? —grito como si alguien fuera a responderme— son las copas de más lo que me tiene malamente mareado. Es sábado, un estupor asqueante me levanta y corro en dirección al baño, me resbalo, maldigo. Mi estómago expulsa odio, resentimiento, el higado y hasta mis riñones. Incluso me acordé de dios, de tu dios. Camino a la cocina por un café, urgente. —¡La cafetera esta sucia! —Grito, nuevamente como si alguien pudiera escucharme—. Lanzo de un golpe la cafetera, se derrama sobre tus revistas. Exhalo brutamente, gemiqueo, me rompo, lloro. Todo lo he hecho con la intención de que me mires de nuevo. Con la esperanza de que me des un golpe en el brazo por destripar el dentífrico. Que te quejes hasta la histeria porque he dejado el baño escurrido y la toalla tirada en medio de la cama. Por qué no vienes y me sirves el café, me das un poco para llevar en tu termo favorito y me despides con un beso mientras lees tu revista cultural, esa en la que siempre me decías que te gustaría escribir. He comido una de esas sopas de porquería que tanto odias y no lo sabes, no puedo decirtelo aún con la conciencia de tu reprimenda. Me he alcoholizado hasta tarde y he conducido así mientras mis ojos buscaban su órbita común. Llegué a casa, he roto tu jarrón y torpemente he intenado cubrir el crimen; aunque sé que eso no te enfadaría, más bien te haría sonreír maliciosamente. Todo eso y ¿dónde estás tú, dónde carajos estás? Todos en la oficina me miran con angustia, pero igual que tú, no dicen nada. ¿Por qué no vienes, por qué no estás aquí de nuevo como antes? Con tus locuras que me hacian sonreír como un tonto, con tus miedos para protegerte, con esas dudas que terminabas resolviendo tú misma mientras yo te miraba enamorado. ¿Por qué no estás? O no, más bien, ¿por qué te fuiste? ¿Por qué ese maldito te aparto de mi? He querido buscarlo pero sé que tú no querrías eso. Al final podría matarme; pero es que es eso lo que yo quiero, morir. Las lágrimas no se me terminan y me están ahogando. Me levanto y tomo las llaves del auto. Es necesario, iré a buscarte, salgo de casa; afuera hay un viento gélido, me hiela el rostro. Los ojos me arden y se me nubla la vista, aprieto los dientes con desesperación. Conduzco con un pulso acelerado. Las lágrimas me brotan incesantes y mi corazón te busca. Algo me dice que volveré a verte muy pronto. La carretera húmeda me dificulta el avance, acelero. No puedo esperar más, han sido 2 meses sin ti y ya no puedo más. Sé que tú también lo deseas, que tú también me esperas. Acelero más, aún más, más.
De pronto, ese viento gélido ya no lo siento. Ahora es calor, un calor que me sube por la piernas. ¿Qué es esto que me corre por el rostro? Estoy mareado, no veo nada. No, espera, te veo a ti, vienes por mi. Lo sabía. Te acercas, estás hermosa. Tu sonrisa me vuelve loco. Ya no siento ni frío, ni calor; ya nada me duele. ¡Tu cabello, mira tu cabello, ha vuelto! El maldito cáncer ya no puede hacerte daño y yo, yo estoy de vuelta contigo amor. No te vayas, te prometo que repondré aquel horroroso jarrón chino, pero por favor, que ya nada te aparte de mi.

Marco de Mendoza

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