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Participio absoluto.

• MINIFICCIÓN •

Antes del fin del mundo.

Javier Vela

Un meteorito había colisionado contra el planeta tierra sin el menor estrépito. Un par de horas mas tarde, sin embargo, todos los noticiarios profetizaban el Apocalipsis. Miles de botiquines de primeros auxilios fueron ávidamente dispensados. El precio del petróleo marco cifras insólitas. Ana pidió permiso en el trabajo para pasar más tiempo con sus hijos. Stefan y su novio se besaron como si se tratase de la última, de la primera vez. La gente comenzo a salir de casa con un raro calambre de entusiasmo. A veces sonreían. A veces simplemente se sentaban sobre un palmo de césped y esperaban a la salida del sol. Lo que llamamos mundo, lejos de extinguirse, giró sobre sí mismo con renovado ímpetu. El meteorito nunca apareció.

Visión Cataclismo.

Visión Cataclismo.

«Mientras permanecía inmóvil, el cielo que se extendía sobre la casa empezó a aullar. Se produjo un sonido desgarrador, como si dos manos gigantes hubiesen desgarrado por la costura veinte mil kilómetros de tela negra. Montag se sintió partido en dos. Le pareció que su pecho se hundía y se desgarraba. Las bombas cohetes siguieron pasando, pasando, una, dos, una dos, seis de ellas, nueve de ellas, doce de ellas, una y una y otra y otra lanzaron sus aullidos por él. Montag abrió la boca y dejó que el chillido penetrara y volviera a salir entre sus dientes descubiertos. La casa se estremeció El encendedor se apagó en sus manos.
Las dos pequeñas lunas desaparecieron. Montag sintió que su mano se precipitaba hacia el teléfono.
Los cohetes habían desaparecido. Montag sintió que sus labios se movían, rozaban el micrófono del aparato telefónico.
—Hospital de urgencia.
Un susurro terrible.
Montag sintió que las estrellas habían sido pulverizadas por el sonido de los negros reactores, y que, por la mañana, la tierra estaría cubierta con su polvo, como si se tratara de una extraña nieve. Aquél fue el absurdo pensamiento que se le ocurrió mientras se estremecía en la oscuridad, mientras sus labios seguían moviéndose».

-Fahrenheit 451

Ray Bradbury.

Pensamiento futuro.

Pensamiento futuro.

«El sol había seguido su curso y las mil ventanas del Ministerio de la Verdad, en las que ya no reverberaba la luz, parecían los tétricos huecos de una fortaleza. Winston sintió angustia ante aquella masa piramidal. Era demasiado fuerte para ser asaltada. Ni siquiera un millar de bombascohete podrían abatirla. Volvió a preguntarse para quién escribía el Diario. ¿Para el pasado, para el futuro, para una época imaginaria? Frente a él no veía la muerte, sino algo peor: el aniquilamiento absoluto. El Diario quedaría reducido a cenizas y a él lo vaporizarían. Sólo la Policía del Pensamiento leería lo que él hubiera escrito antes de hacer que esas líneas desaparecieran incluso de la memoria. ¿Cómo iba usted a apelar a la posteridad cuando ni una sola huella suya, ni siquiera una palabra garrapateada en un papel iba a sobrevivir físicamente?

En la telepantalla sonaron las catorce. Winston tenía que marchar dentro de diez minutos. Debía reanudar el trabajo a las catorce y treinta. Qué curioso: las campanadas de la hora lo reanimaron. Era como un fantasma solitario diciendo una verdad que nadie oiría nunca. De todos modos, mientras Winston pronunciara esa verdad, la continuidad no se rompía. La herencia humana no se continuaba porque uno se hiciera oír sino por el hecho de permanecer cuerdo. Volvió a la mesa, mojó en tinta su pluma y escribió:

Para el futuro o para el pasado, para la época en que se pueda pensar libremente, en que los hombres sean distintos unos de otros y no vivan solitarios… Para cuando la verdad exista y lo que se haya hecho no pueda ser deshecho:

Desde esta época de uniformidad, de este tiempo de soledad, la Edad del Gran Hermano, la época del doblepensar… ¡muchas felicidades!»

-1984
George Orwell.
El uso del futuro.

El uso del futuro.

«Rojo es la última cura para todo»
OP Freulers

«El reloj del pasillo del piso de abajo da las nueve. Aprieto las manos contra los costados de mis muslos, tomo aliento, camino por el pasillo y bajo las escaleras silenciosamente. Serena Joy aún debe de estar en la casa donde tuvo lugar el Nacimiento; eso se llama tener suerte, porque él no pudo haberlo previsto. En días como este, las esposas haraganean durante horas, ayudando a abrir los regalos, chismorreando, emborrachándose. Tienen que hacer algo para disipar su envidia.

Retrocedo por el pasillo del piso de abajo, paso junto a la puerta de la cocina y camino hasta la puerta siguiente, la suya. Espero afuera, sintiéndome como una criatura que ha sido llamada al despacho del director de la escuela. ¿Qué es lo que he hecho mal?

Mi presencia aquí es ilegal. Nosotras tenemos prohibido estar a solas con los Comandantes. Nuestra misión es la de procrear: no somos concubinas, ni geishas, ni cortesanas. Por el contrario, han hecho todo lo posible para apartarnos de esa categoría. No debe existir la diversión con respecto a nosotras, no hay lugar para que florezcan deseos ocultos; no se pueden conseguir favores especiales, ni por parte de ellos ni por parte nuestra, no hay ninguna base en la que pueda asentarse el amor. Somos matrices de dos piernas, eso es todo: somos vasos sagrados, cálices ambulantes».

-El cuento de la criada.

Margaret Atwood.

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A eso que llamas futuro.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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Pasamos gran parte de nuestro tiempo preocupados por el futuro. Pensando cómo, quiénes, por qué y de qué modo llegaremos hasta ahí.
Nostradamus lo sentenció de manera clara y precisa:
«El hombre no alcanza nunca sobre la tierra el descanso absoluto, el fin de todas las luchas, la paz en todas las preocupaciones».
Y de todas, seguramente es esta su más acertada predicción; no sólo por el hecho de que fuera un gran profeta, más bien pareciera que esto vino del ‘ser y hacer’ cotidiano del hombre.
Hace unos días que circula en redes la noticia sobre un asteroide que impactará la tierra, dejando a este tercer planeta, completamente desolado. Lo cierto es que de ser así, no tendríamos oportunidad alguna de sobrevivir, ¡ni las cucarachas vaya! Me preocupa igual que no sabríamos por fin quíen mató a Colosio, o si Juan Gabriel en verdad está vivo, peor aún, ya no recibiría diariamente esa llamada a las 8:00 puntual, pidiéndome cambiar la red telefónica con que me comunico.
Y es que al final, todo se reduce a eso: la comunicación. Qué y cómo lo decimos, determina en mucho el teje y maneje de la información.
Se lee: «Peligroso asteroide impactará la tierra el próximo 3 de octubre».
—”¡Coño Micky!” Una noticia así hiperventila a cualquiera. Sin embargo, deberíamos estar acostumbrados. No es la primera vez que el fin del mundo es vaticinado por sabe quién. Pero ¿cómo hacemos para creernos estos cuentos?
¿Qué nivel intelectual ronda a quien toma por cierta una noticia así, sin fundamento, sólo porque se viralizó en las redes sociales? Aunque al final es comprensible, el FT3 (si, así se llama. Porque imagino que no tenías ni idea) tiene las mismas posibilidades de impactar la tierra que tú o yo de ganarnos la lotería: 1 entre 11 millones. Y no es que sea pesimista, en verdad me gustaría que ese asteroide nos impactara, bueno sí, también que tú o yo ganaramos la lotería, pero ambas cosas son en verdad improbables. Ese tal FT3 no tiene posibilidades ni de rozar siquiera la corteza terrestre, 0,0000092% de probabilidad, dicen los que sí estudiaron. Las mismas probabilidades de que yo deje de ponerle filtros a mis fotos.
Al final, ni los Mayas, ni Nostradamus, ni Baba Vanga lo tuvieron claro, y no va a ser un cuerpo rocoso orbitando a mas de 420,000 km de la tierra, quien venga a decirnos cuando dejar de bailar pega’o. Y si lo va a hacer pues —«… ¡que lo haga ya, ya se tardó. O sea, no se avisa, se hace! ¿Me entendiste?»
Así que por ahora ‘ya mejor siéntese señora’, y deje de preocuparse del futuro, porque al presente, le hacemos mucha falta.
Como siempre dice mi madre: «Preocuparse por el futuro, es una perdida de tiempo».

Marco Mendoza.

Opus Magnum 2018
Agostino Arrivabene

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Retour.

• MINIFICCIÓN •

El eterno retorno.

Collin de Plancy

Dos alemanes que en una taberna hablaban del gran Año Platónico, en el cual todas las cosas volverían a su primer estado, quisieron persuadir al dueño del lugar, que los escuchaba atentamente, de que no había nada más cierto que ese retorno cíclico, «de tal modo —decían— que dentro de los dieciséis mil años estaremos los dos bebiendo aquí, a la misma hora, bajo la misma luz, en este mismo cuarto», y luego le pidieron que les diera crédito hasta entonces. El tabernero les respondió que estaba muy de acuerdo en ello; «pero —añadió—, puesto que hace dieciséis mil años que, día a día, hora tras hora, estáis bebiendo aquí, y os habéis ido sin pagar, cubrid vuestra deuda pasada y os daré crédito en el presente».

Hay algo maldito en la tierra.

Hay algo maldito en la tierra.

«Era ya un profesor. Resistiendo penurias, con los pantalones remendados en las sentaderas y con el intestino acostumbrado a no pedir imposibles, había terminado sus estudios en la Escuela Normal. Y su título no era un simple cartón que se quedara colgado en una pared de su alcoba. Entre los andamiajes de su psicología, aquel título era como un puntual de circunspección, que enderezaba todas sus intenciones de muchacho limpio. Intenciones, muchas intenciones que a la luz del sol, le convertían el cerebro en algo así como un colmenar; y que por las noches, cuando paseaba solo, le llenaban el pecho como de luciérnagas».

Patada sublime.

Jorge Ferretis.